PEÑA "LA SOLEÁ DE TRIANA"
Parece que fue ayer y ya han pasado 35 años de aquella creación mágica de una de las reuniones flamencas más emblématicas, no sólo de Triana sino de Sevilla. El 30 de Diciembre de 1975 se ponía en marcha la "Peña Flamenca La Soleá", en la calle Alfarería nº 70.
Yo me manejaba entonces en la ciudad a base de pedalear en una bicicleta que me prestaron y, despúes, en una BH que pude comprar con muchísimas fatigas. Cuando salía de mi trabajo en la Plaza del Duque, me pegaba un paseíto hasta la calle Torres, número 18, pequeñísima y casi recién inaugurada Peña "Torres-Macarena", para aprender de la gran humanidad de Juan Campos -creador y presidente- y de todos los que por allí pasaban: Eduardo el de la Malena, El Chocolate, El Pesca, Alfonsito Campoy, Pepe Carrasco, los hermanos Centeno, Pies de Plomo, La Tomasa, su hijo José, El Chozas, Isidoro Carmona, Pedro Bacán, El Colorao, Filigrana, José Romero, Juan Antonio Chacón, El Cabrero... Tan pequeña era la peña que la copa de rigor había que tomarla en una taberna antigua pegada a la entidad: la de Antonio Carvajal "El Jilandés". Un buen día, alguien me dijo allí que había en Triana un macareno, protésico dental, que era un gran aficionado y que vivía en la calle Alfarería, es decir, a muy pocos metros de mi casa. Aquella misma tarde, a lomos de mi bici, me fui para allá, me presenté a él, nos tomamos algunas cervezas, nos caímos perfectamente bien y... allí empezó todo.
Paco Parejo, que ese es el nombre de mi amigo, tenía un bar muy famoso por sus "pringás" en la esquina de Procurador con Alfarería, "El rincón trianero", y en los bajos de su taller protésico un local amplio vacío, con un salón donde se pondría la barra y un cuarto exacto al fondo para la liturgia del cante. Nos animamos uno a otro, lo comentamos con nuestros amigos aficionados de Villanueva del Ariscal, donde él tenía también una casa: Manuel Márquez "El Zapatero", Salvador Muñiz, Manolito Blas y Antonio "El Aceitero", y decidimos darle forma a aquello. Una de las cosas principales es que no sería una peña al uso, es decir, con socios, con cuotas, con presidente, etc. Aquello sería una reunión de amigos cabales. Si había 30 sillas en el cuarto para el cante, aquellos que se sentaban primero las cogían, si el 31 era el mismo rey, se quedaba de pie. Y así fue para bien de todos. Después de los cantes espontáneos, se ponía mosto y vino del Aljarafe, aceitunas, rabanitos, papelones de pescao frito y cada cual entregaba lo que podía para pagar el costo. Eran unas noches deliciosas.
En la carpeta que conservo en mi archivo de "La Soleá" guardo esta reseña, firmada por José Luis Ortiz Nuevo cuando escribía en "Informaciones de Andalucía", fechada el 31 de Diciembre de 1975, correspondiente a la inauguración de la Peña. No tiene desperdicio: "LA PEÑA SOLEÁ DE TRIANA HA ECHADO ANDAR. En el día de ayer, y en cuartito y en Triana, fue el Cante. Nos habíamos reunido para comenzar las actividades de la peña flamenca "Soleá de Triana", y el motivo exacto, aparte del cante omnipresente, fue homenajear a una hermosa y joven bailaora: Carmen Albéniz. Para ello, entre retratos de artistas y de fiestas, con el rumor preciso de la guitarra de Manolo Carmona, la afición atenta, el mosto, las aceitunas verdes y gordas, el pescaíto frito..., se convocó al cante con toda la naturalidad necesaria: "Señores, vamos a escuchar...", y escuchamos a Márquez "El Zapatero" y a Antonio "El Arenero" subir las empinadas cuestas de la soleá trianera, meciendo primero en los iniciales tercios, para subir luego y jugar por los admirables tonos de esa soleá primitiva, modelo de sobriedad y grito, cuna de muchos hermanos soleaeros que siguieron en el tiempo. Y al final, con la misma ceremoniosa sensillez, tuvimos el honor -grande y sentido- de entregar a Carmen Albéniz la estatuilla de cerámica, obra de un viejo y sabio artesano trianero, con la que los amigos de la "Soleá de Triana" quisieron testimoniarle su admiración y afecto".
Lo importante de todo es que había cante de verdad y amistad. La reunión semanal se hacía en jueves, y por ese le pusimos a estos actos, para los que siempre nos buscábamos una figura del flamenco a homenajear, "Los jueves del Zurraque", regalándole a los artistas una preciosa escultura en barro de las manos de un viejo artista trianero llamado Francisco Ceballos.
Por allí pasaron todos los artistas del presente flamenco y muchos del pasado. Los jueves no se cabía en "La Soleá". Haciendo memoria rápida, sin buscar en mis archivos, fueron muchas las veces que estuvo allí Antonio Mairena, su hermano Manolo, Fosforito, Lebrijano, Diego Clavel, "El Pescaílla", José Romero -que hasta dio un concierto de piano flamenco-, Curro Malena, Antonio Suárez, Chiquetete, Naranjito, Luis Caballero, Matilde Coral y su marido Rafael "El Negro", Carmen Albéniz, Pepa Montes, María Oliveros, Ricardo Miño, El Turronero, Pepe Vela -que era como el guitarrista oficial-, José de la Tomasa, El Cabrero, Luis de Córdoba, Pedro Bacán, El Beni, Juan Habichuela, El Funi, El Niño de la Calzá, Juan Valderrama..., y hasta incluso Pepe Marchena, cuando ya se le notaba en la cara su pronta muerte. A todos estos, evidentemente, había que sumarle los aficionados y cantaores de Villanueva y Triana: Manolo Cánovas, El Teoro, El Quino, El Niño del Túnel, El Cinco Reales, Emilio Abadía, El Sordillo, El Arenero, El Teta, Enrique El Carnicero", El Mesa, Manolo Oliver, El Sopera, El Pompa, Sabino, Antoñito Fuentes... El que cantaba -y todos querían hacerlo- sabía muy bien que no cobraba. Aquello no eran recitales, sino espontáneos y entrañables apuntes de todos los cantes, lucha abierta de ecos y soníos, amigable duelo de voces.
Recuerdo cómo nos movíamos mi compadre Paco y yo para que nada fallase. La prensa no fallaba porque ya escribía yo en el diario "Nueva Andalucía" y me llevaba muy bien con todos los medios, que muy pocas veces faltaban: Miguel Acal, Paco Herrera, Ortiz Nuevo, Montoya, José Luis Vega, Francisco Millán, Pepe Sollo. El vino no podía fallar con tan buenos amigos vinateros de Villanueva. La estatuílla íbamos a buscarla personalmente al cuartillo inmundo de Ceballos en la calle Antillano Campos; la peana en un cuchitril pegado a El Cachorro, donde tenía un taller un tornero amigo; la placa para la peana, controlada; el pescaíto se compraba sobre la marcha en la freiduría de la calle Castilla; y el cante..., sobraba, había para organizar diez festivales de la mejor calidad.
Allí había un ambiente de amigos-amigos. Nadie era el dueño, nadie era socio, nadie tenía un compromiso o una obligación, sólo la del respeto: que era sagrado. A lo largo de algunas páginas, iremos desgranando cuánto dio de sí "La Soleá de Triana", gracias a la generosidad de un macareno como Paco Parejo Ramírez que puso su local a disposición de los amantes del Flamenco y la Cultura. Seguiremos.