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domingo, 25 de octubre de 2015

DESDE MI TORRE: UN AUTÉNTICO COCINILLA POR FUERZA (II)



Otro día experimenté con el pollo al ajillo. Hay muchas recetas por ahí, y todas ricas. Yo lo hago a mi aire tras los consejos de algunos amigos cocinillas. Escojo los muslitos o los jamoncitos de pollo, les quito la piel pacientemente hasta dejarlos perfectamente limpios, los pongo bajo el grifo, los seco un poco en papel absorbente y los coloco sobre una bandeja. Sal y pimienta negra molida.

Mientras va salpimentándose, corto varios ajos en laminas finas, y unos tres, aproximadamente, los dejo enteros. Frío en una sartén una rebanada de pan y los aparto. En un mortero de madera machaco el pan y los ajos enteros, añadiendo una cucharadita de nuez moscada, una de finas hiervas y un poco de romero. Cuando el perol está caliente, añado un pelín de cebolla muy triturada y el ajo laminado hasta que quede dorado sin quemarse. A continuación añado los muslitos y los voy dorando lentamente, dándoles vueltas con una cuchara de palo. Seguidamente, con un punto más fuerte de calor, una copa de fino, media de brandy y un tercio de Pedro Ximénez. Cuando elimina los vapores, bajo el fuego a temperatura media y los acompaño con un vaso de caldo de pollo. Cuando notamos con el tenedor que están tiernos, sólo hay que añadirles abundante perejil fresco y dejar reposar. Una delicia.

viernes, 23 de octubre de 2015

DESDE MI TORRE: UN AUTÉNTICO COCINILLA POR FUERZA (I)


Cuando falleció mi Lola el 30 de enero de 2012, no sólo me quedé sin ella -que fue algo terrible- sino que me tuve que tirar a la calle a comer, literalmente, porque yo no sabía ni encender la vitrocerámica. Mal comía en los bares cercanos: unas tapas y vuelta a casa. Pero siempre he sido muy terco, una de las posibles virtudes con la que Dios me dotó. Y me eché a mí mismo el pulso de tener que aprender y hacerlo bien. "San Google" me enseñó mucho. Todo está en sus páginas. Tomé los manuales de la vitro y comencé a ensayar cómo se encendía, como se apagaba, qué potencia de calor tenía cada punto, y qué sartenes, ollas y cacerolas eran las más adecuadas para hacer guisos o cualquier otro tema.

Poco a poco, fui cogiéndole el gusto a la cosa: hacer huevos duros y saber freírlos con calidad, rellenarlos, gratinarlos..., cosas sencillitas. Viendo mis primeros y humildes éxitos culinarios, me atrevía ya a ir a los mercados de la ciudad y a los supermercados de las grandes superficies para comprar productos e intentar hacer platos más elaborados. Machacando el yunque un día y otro día, casi me echo a llorar en la cena de fin de año cuando vino mi hijo Emilio y su mujer, y otra pareja compañera. Tenía miedo, pero preguntando a unos y a otros -tienen fama los hombres cordobeses de cocinar muy bien-, les cociné una merluza a la vasca de la que todavía se acuerdan. Eso me animó para soltarme, para esmerarme aunque sólo fuese para mí. Y de ahí salté a la palestra familiar para incorporar algunos de mis platos a esas comidas generales que celebramos de vez en cuando en Valencina, en casa de mi hija Myriam.

Todo puede lograrse con algo de interés. Y yo, que ya he perdido el interés por tantas cosas, me he sentido totalmente feliz convirtiéndome en un "cocinilla" a la fuerza. No soy un amante de la gastronomía y como menos que un pajarillo nuevo. Por eso me siento feliz, muy feliz, de que los que prueban mis guisos y mis especialidades -que ya las tengo-, me digan a cambio: ¡Ay, qué rico, qué maravilla...!

El plato de la ilustración es un bacalao al estilo de mi amigo-hermano Juan Peña. Un plato que se prepara en veinte minutos y al que sólo hay que echarle amor, como él dice: un sofrito bien hecho, un poco de tomate triturado sobre el sofrito, unos buenos lomos desalados el día antes y sellados por la freidora, una lata pequeña de guisantes, una buena copa de brandy -yo normalmente lo adobo con "Centenario"- y a fuego medio. Cuando aquello ya dice que está dispuesto, la guinda la pone dos o tres cucharadas de tomate frito de lata y fresco perejil bien picado. ¡Y a comer!

Hoy, después de no saber nada de nada durante tantos años, disfruto cocinando, haciendo potajes con una suculenta "pringá", lentejas, chícharos, gazpachos de diversos sabores, croquetas a mi estilo -que son una delicia-; bacalao con leche y pasas, espinacas con garbanzos al estilo trianero, espárragaos esparragaos..., todo lo que se me ponga por delante. Y si tengo dudas que me asaltan, como las que me ofrece el atún, llamadas a los amigos o recurrir a "San Google". Todo es cuestión de paciencia y amor. Y elegir, por supuesto, los mejores productos del mercado. Al final, lo barato sale caro.