
No es cierto que la memoria herida sea la peor y más infeliz de las memorias. Me niego a creerlo, quizás porque supe mucho de zarzas, de espinas, aguijones y lágrimas en el más virginal memorial de mis días.
Casi no me di cuenta de cuándo llegué a ese lugar al que llamaban El Turruñuelo, compuesto de tres calles fantasmagóricas a las que aún no había llegado el invento sublime de Edison; calles que, más que trianeras por absorción del gran arrabal, parecían decorados del Far-West para que rodara Edwin S. Porter a la banda de Bill Doolin.
Tres calles, tres, cual el guarismo de los tres arcángeles, como las eternas trilogías de la religión y el toreo, como las carabelas del marinero Colón. Así mis calles sustituían en este terruño entre huertas a los santos Gabriel, Rafael y Miguel; al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; a Gitanillo, Manolete y Arruza; a la Pinta, la Niña y la Santa María..., pero sin luces de esplendores, con la dureza de la más dura de las miserias, con las ratas más grandes del mundo, con el hedor de la peor de las pobrezas, con la carencia de los más mínimos servicios higiénicos. No tenían ni nombre, y se llamaban A, B y C, hasta que a algún culto preboste, a inicio de los 50, se le ocurrió rotularlas con el de personajes ilustres que aún permanecen en su nomenclátor: el del jurista y poeta sevillano Cristóbal Mosquera de Figueroa, el del teólogo y escritor, también paisano, Juan de Pineda, y el gran vidriero de la Catedral Arnao de Flandes.
En el 69 de Juan de Pineda (antes calle B) viví hasta 1957, pero ignoro desde cuándo, no me di cuenta nunca de ese transvase de mi cava gitana a la barriada de la nececesidad, la miseria y el hambre. Sin duda alguna, esta falta de memoria se deba, aparte de a la edad, a que casi siempre seguí viviendo en mi corral de siempre al amparo de mi tía Conchita y del abrazo fuerte de mi abuelo, o en la calle Pureza al calor mimoso de mi abuela paterna. Para este olvido, un dolor hubo de por medio que nadie quería contarme, hasta que la vida, con su cruel realidad, me lo quiso poner frente a mis ojos.
Sí es cierto que fue en El Turruñuelo donde abrí por primera vez los ojos a la responsabilidad. En aquel trozo de mi vida descubrí la miguilla y el colegio público; aprendí a convivir con los niños que tenían lo mismo que yo, es decir, tan poco como yo. En aquellos años, ya tan lejanos, fumé mi primer cigarrillo de matalahúva, aprendí a montar en bicicleta, a tener puntería fiel con los balines, a fabricarme mis primeros y más queridos juegos, a remontar panderos, a comer pan con aceite y a recibir los mamporros de mi padre por alguna que otra travesura. Cada tiempo tenía su juego: la lima por el húmedo septiembre, el trompo en los finales de febrero, la cometa en el verano, la reolina de aserrín, la billarda, la tángana, el yo-yo, las cajillas, los huesos de damascos, los recortables de soldados, el aro... Y tanto aprendí allí que hasta pude sorber, profundamente, el sabor amargo de la muerte: el de mi hermana, una muerte anunciada, y el de mi amigo Cristobalín, al que el mar se tragó la primera vez que pisaba el frescor de sus olas sobre la arena...
Lo de mi hermana fue como un anticipo primero del dolor. Sabía que tenía una hermana, pero que siempre estaba solo. Cuando por ella preguntaba a mis padres y a mis tatas, Ana y Gertrudis, apenas sabían convocarme el Hospital Central como sitio de malos recuerdos. Alguna vez que otra, ante mis llantos insoportables, me llevaron al recinto, a su cama entre tantas camas, a que le diera un beso. Jamás disfruté de su compañía. Sé que allí, en aquella casa de El Turruñuelo, había movimiento de conversaciones entrecortadas cada día, duermevelas, suspiros y muchas lágrimas que me debían ocultar. Había señas de nudillos sobre los frágiles tabiques: un golpe del vecino, contestado por otro de mis padres, la niña está bien; dos golpes, contestado con otros dos, la niña está regular; tres, cuatro, diez mil golpes de mi padre sobre la pared colindante de Ramona y Eduardo "El tranviario", hablaron, lloraron de desesperación y muerte la madrugada del Jueves Santo de 1955.
Mi padre venía de ver pasar a la Esperanza por el puente, camino de Sevilla, quizás implorándole la que a él le hacía falta, para sentirse fuerte a sus treinta y cuatro años de miseria, con una hija que se le moría entre sus brazos, entre sus guiños y entre sus gratas mentiras. De tanto esperar de su Esperanza, cuando llegó a nuestra cama, ancorada en su misma habitación matrimonial, el beso que le dio a mi hermana Pepi se le tuvo que helar por las entrañas, y sus ojos, de tanto verdor esperanzado, de seguro que se le convirtieron en carbones encendidos de rabia e impotencia. Me separaron de ella y alguien me trasladó con urgencia a casa de mis tatas, que vivían frente. Quisieron hacerme olvidar aquel círculo yerto entre mis brazos, los inacabables abrazos entre llantos de mis padres y las caras de los muchos vecinos que, casi encueros, llegaban a mi casa para poner fin, con un largo y sentido lamento, a la tragedia que habían mamado desde hace años.
Al día siguiente, muy a la fuerza, cuando llegaba la hora en la que debía aparecer "La Sopera", aquel carro blanco con urna de cristales tirado por caballos percherones, me llevaron con Victoriano "El Jorobao", muy amigo de mi padre, que tenía hogar y taberna en la misma calle, frente a la desembocadura de Arnao de Flandes. Me querían distraer con golosinas, con mimos y caricias, pero en un gesto de valentía me escapé, eché a correr hacia mi casa cuando contemplé aquel carro parado en ella, atravesé todas las barreras y me colé de rondón en el dormitorio para darle un beso a mi hermana. Con su vestidito celeste y sus bucles dorados, parecía una muñequita de porcelana...
Cuando hoy día paso por allí, muy de tarde en tarde, se me agolpan los recuerdos y me lloro por dentro pensando que un día de hace 56 años yo andaba por allí con baby de crudillo y botas de goma; que por allí jugaba a la piola, al trompo, al escondite, a los caballos..., y que en esa misma calle, un Viernes Santo de 1955, yo eché a correr como una gacela para encontrarme por vez primera con la muerte.
Dios quiso que fuese allí, en El Turruñuelo.