viernes, 22 de enero de 2010

TRIANA PUNTO Y APARTE: CORRAL DE SARGUEROS



Vuelve uno a la infancia como si la vida fuese un álbum al que hemos ido pegando, día tras día, conversaciones, fotos, y memorias, olores, carreras y caídas, bautizos y muertes, bodas y desamores. Vuelve uno a los sitios para signarlos de nuevo, para nombrarlos con la misma candidez, para intentar resucitarlos en un milagro imposible. Quizás, quién sabe, para buscar a una madre que entonces era joven; para apretarse a los brazos paternos; para acariciar las manos venerables del abuelo o para intentar, en engañosa pirueta, atarse otra vez al cordón umbilical de la nacencia. Y vuelve uno a la añoranza con tremenda alegría, queriéndose asir de nuevo a la vida comunal de hambres y miserias, donde sólo el Amor, como un maná bíblico, caía sobre todos los problemas, sobre todas las personas y sobre los tristes fogones.

Era mi corral Paraíso de comunicación y de vivencias compartidas, cuando rejerbían las perolas de huesos rancios y de duras habas y todo sabía a gloria bendita ante la incertidumbre de aquella frase cotidiana: "Y mañana, Dios dirá". Paraíso de fiestas con las torrijas de la Cuaresma, con las tortitas y pestiños de la Navidad campanillera, con el mosto del cercano Aljarafe en la fiesta de la Inmaculada, con las anchoas y aceitunas de bodas y bautizos, y con el chocolate pobre -¡pero qué bien hecho!- de aquellas comuniones de trajes alquilados que apestaban al mágico incienso de las bolas de alcanfor... Y el Paraíso más esperado de todos: el de la Cruz de Mayo, clavada como una banderilla de gloria en el ruedo del patio. Alrededor de aquella cruz de papel de seda y claveles, los niños reíamos como niños, los hombres bebían como hombres y, prestidigitadores con los dedos, liaban un cuarterón verde de Tabacalera en menos tiempo que tardaba en santigüarse un cura loco. Y las viejas -¡ay, aquellas abuelas casi octogenarias del corral!- que alzaban sus brazos como haciendo giraldas de sus obesos cuerpos, cincelando la gracia, el genio y el donaire al ritmo de unas sevillanas cantadas por el coro festivo de una vecindad a la que el cuerpo le pedía ganas de juerga: -Mi novio es cartujano, mi arma,/ pintor de loza,/ que pinta palangas, mi arma,/ color de rosa..., o bailando, sin parecer que pesaban las carnes, los tanguillos verdes y picarones: -A una cuarta del ombligo/ tengo un letrero que dice:/ hasta aquí me llegó el pito/ en mil novecientos quince,/ ¡ay, qué tiempos más bonitos!...

En la inmensa humildad de mi corral, cada espacio era un mundo, pero el mundo era de todos. Recuerdo a mi abuelo -quizás, junto a mi padre, el único letrado del recinto-, escribiendo cartas de amor a esos novios que estaban ausentes por sus deberes militares, mientras la novia, sin pensarlo, con el fuego y la emoción en los ojos y en los labios, iba dictándole, sin el menor rubor, los más íntimos deseos. Recuerdo, como si ayer fuera, el olor especial a clavo, canela y miel, anticipadores de la Semana Santa; el otro olor, intenso, aceite y cáustica, de la fabricación esmerada y casera de los jabones verdes; el que dejaban las tersas sábanas, mil veces remendadas, planchadas con esmero, a espliego y lavanda; la rabiosa tufarada a Zotal de los servicios comunes... Los olores de la infancia jamás se van de los recuerdos. Todos, siempre por algo, nos dejaron sus huellas marcadas en la memoria: el del carbón, el de la leña, el del petróleo dando vida al candil, el del alcohol de cientos de arañazos, el de la cera al apagarse la vela del dormitorio, el de los cuerpos acurrucados en la angostura de la estancia...

Pero, tal vez, de todos el más bendito era el que traía la Primavera en sus alforjas, cuando una hermosa floresta cubría los esconchaos de la miseria. Jazmines sensitivos y albahacas, damas de noche y rosales, y azahares de los íntimos naranjos, impregnaban de fragancias el entorno, y gitanillas y geranios se desangraban sobre las cales de este mínimo reino en rojos y granates, blancos, salmones y lilas, reventones y pintaos, sencillos y dobles, en vidrieras de pétalos fragantes que tenían su nacencia terrenal en la humildad insigne de unas mojosas latas inservibles.

Cuando llego a Triana, siempre hay tres sitios que reclaman mis primeros pasos por el terruño: la capillita del Carmen, la iglesia de Santa Ana, y esa añorada esquina que forma Torrijos con Pelay Correa, allí donde se alzaba el mundo de mis mejores vivencias infantiles, de mis más entrañables recuerdos y de los más sentidos besos. Creí morir cuando la mano de la especulación tiraba aquel viejo roble de mi nacencia donde vivieron mis abuelos, mis padres y mis tíos, donde mis primos y yo dimos el primer latido a la vida y, nuestro abuelo Ramón, el último. Con la tala injusta de mi corral, se me murieron muchas cosas, muchos perfiles, muchas palabras siempre recordadas...

Si se pudieran apresar los tiempos gratos, como aquellas libélulas o zapateros que hacíamos prisioneros de nuestro bosque veraniego de cañas, no hay duda de que mi corral estaría el primero en mi botín, buque insignia de aquellos años idos, vino de la mejor añada, el sorbo más exquisito de cuantos a probar me ha ofrecido la vida. Daría muchas cosas por volver al terruño, a la plaza comunal de mis primeras sensaciones, al coso entrañable de mis mejores faenas infantiles, allí donde escuché los primeros sonidos, donde vi la luz primera, donde comenzaron mis primeros y torpes pasos a una vida que ha ido pasando demasiado rápida. Pasó mi corral también, como pasan las cosas, como pasamos los hombres por ella: casi rozando, casi de puntillas, casi sin poder tocar hasta su infinito los tiempos hermosos, y escasos, que fabrica la gloria.
Corral de calle Torrijos,
quién se pudiera volver
a tu vientre, como un niño
que nunca quiso crecer.
¡Ay, quién volviera a nacer
contigo, atrasando el tiempo,
para ser niño otra vez!

LA GUASA FINA DE SEVILLA: DESCUENTO A LOS TRIANEROS

Ayer, tras la presentación del cartel de la Bienal en el ayuntamiento sevillano, me fui con mi querido amigo Ángel Vela -hermano en tantas cosas- a tomar unas cervezas y unas tapas en esas tabernas de tanta solera y sabor que aún existen en el centro de la ciudad.
Tras la obligada visita a Trifón, me descubrió un lugar, en la calle Gamazo, que yo nunca había visitado: Casa Moreno, uno de esos locales -cuyos inventores fueron los montañeses- con atrio de tienda de comestibles de calidad y rebotica de barra alargada repleta de excelentes tertulias, pero sin los gritos estentóreos de los comunes bares.
Las tapas de chacina, quesos y patés, todas exquisitas, pero aún más esmerado y extraordinario el trato del camarero: sabiendo estar, dando la conversación justa y siempre pendiente de cualquier indicación de la variopinta clientela.
Al parecer, según me dijo, me conocía de cuando yo vivía en la calle Alfarería y él, con bastante menos edad que yo, frecuentaba el mismo bar: El Ronquillo, frente a frente de mi casa. Cuando le pedí la factura, que de seguro tenía que ser bastante más amplia, me la entregó tal como aquí la enseño a mis amigos: "Descuento a trianeros". Es la guasa fina de Sevilla que jamás debería perderse, y más en estos tiempos donde es tan difícil sacarle los "Buenos días" hasta al vecino de al lado, al menos en esta Córdoba donde vivo, en la que parece que hablar cuesta dinero.

TIEMPO DE SAETAS: XXXIX CONCURSO DE MAIRENA DEL ALCOR

La Casa del Arte Flamenco Antonio Mairena y la Delegación de Cultura de Mairena del Alcor, con la colaboración de la Fundación Antonio Mairena, han convocado su XXXIX Concurso Nacional de Saetas, que es, sin duda, el más antiguo y prestigioso de España.
Aquellos "blogueros" que estén interesados en participar, deben hacer su inscripción antes del próximo día 8 de febrero.
Para que les envíen las bases completas, los días de las fases previas, cuantía de los premios, etc., deben dirigirse a la Casa de Arte Flamenco Antonio Mairena, Apartado de Correos 41, de Mairena del Alcor (Sevilla), código postal 41510. O bien, enviando un correo electrónico a la siguiente dirección:

TRIANA PUNTO Y APARTE: GABRIEL SÁNCHEZ "GASÁN"

Esta vez, él ha sido el cazador cazado. Por fin lo logré. Se lo merecía. Tras llevar toda su vida sin que se le escape ni un sólo rincón de Triana, ninguna de sus calles, sus celebraciones, sus hombres y mujeres y niños, sus bautizos, comuniones, bodas y lutos, ya era hora de que me tocase a mí rendirle este pequeño homenaje.

No nació en Triana, pero es más trianero que el león del puente que marca el nivel del río. No nació en Triana, pero la ha retratado tantas veces que sus ojos son la mejor guía turística para conocer todos sus perfiles: la historia de anteayer, de ayer y de hoy, y como se cuida, ni fuma ni bebe, la de mañana y la del siglo próximo.

No hace falta que diga el nombre de este murciano nacido en la localidad de Santa Cruz, porque sólo un ciego, o aquellos que aún no se han quitado las legañas, o no salen a la calle por culpa del reúma, no sabrán quién es Gabriel Sánchez Sánchez, más conocido por "Gásan", desde El Patrocinio a Los Remedios, desde la Vega hasta El Altozano. No hay geográfo trianero o foráneo que conozca mejor que él los cuatro puntos cardinales del barrio.

Ya quisieran muchos nativos profesarle al arrabal el amor que él le tiene desde que llegó a nuestras lindes el año 1957, quedándose para siempre. Y ya quisieran muchos -incluído yo- tener esa humanidad que profesa, esa capacidad de trabajo incansable -sin hacerle falta alguna-, esa sonrisa franca a la que no combaten ni soles ni tempestades.

Lo conocí el año 1966, cuando, aprendiz de escaparatista, le montaba su pequeña vitrina de cámaras y carretes "Kodak" y él, a cambio, me invitaba a unos berberechos -que aún recuerdo exquisitos- en el bar Duero, frente a su local. Nuestra amistad se fue conformando con el tiempo, hasta hoy. Por él, como por todos, pueden pasar los años, pero jamás la ilusión. Lo ves alegre, corriendo para que nada se le escape de esa noria siempre girando que es Triana. No hay acontecimiento, por muy humilde que sea, donde no esté presente con su cámara para dejar perpetuado el recuerdo en la futura historia, recuerdos de los que tendrán que beber las futuras generaciones que quieran acercarse a su conocimiento más profundo.

Él, en su gran dadivosidad, cuando yo era un joven de 17 años que todo lo quería aprender, fue el que me enseñó los muchos secretos del revelado fotográfico, las composiciones, las veladuras y los efectos que podían conseguirse; fue el que, pacientemente, me inició a saber manejar aquella cámara "Verlisa" que con tanto sacrificio me había comprado mi padre; y, en su más que demostrada generosidad, Gabriel hasta me regaló una ampliadora para que fuese soltándome en el manejo del mundo fotográfico y con ella los líquidos de revelado, los fijadores, el papel... De lo mucho o lo poco que sé de esta materia él tiene la culpa, él fue mi maestro particular.

En 43 años de amistad, jamás hemos tenido un roce, un comentario salido de tono o una palabra más alta que la otra. Nos queremos en la presencia y en la lejanía, y sabemos que siempre estamos dispuestos el uno para el otro. El 19 de octubre lo ví ahí, subido en una pequeña escalereta para divisar mejor un río humano que subía por San Jacinto protestando contra la peatonalización de esta arteria. No perdí ocasión, esta vez tenía que ser él el auténtico protagonista, el cazador cazado, como decía al inicio de este breve homenaje.

¡"Gasán", el gran "Gasán", el bueno de mi amigo Gabriel!



jueves, 21 de enero de 2010

LA HORA DE LA BIENAL: PRESENTACIÓN DEL CARTEL

Esta mañana cogí mi lanzadera desde Córdoba, y tardé menos desde allí a Santa Justa que desde la estación a la plaza Nueva. Esa maravilla de tren me acercó a mi tierra en sólo 45 minutos, cogí el C-2 nada más llegar a la parada, me dejó en El Prado, tras 40 minutos viendo obras y más obras, a las 11'45 tomé el tranvía, carísimo para tan poco trayecto y bastante más lento que aquel "peligro amarillo" que circulaba por nuestra ciudad hasta finales de la década de los 50..., y lo dicho: tres cuartos de hora cortas desde Córdoba a Sevilla y cincuenta minutos desde Santa Justa al ayuntamiento sevillano, desde donde se sigue diciendo, hasta que nos lo creamos de verdad, que estamos en la época dorada de la movilidad sostenida o de la sostenibilidad de los recursos, o vaya usted a saber.
Ruego el perdón de esta introducción que he creído totalmente necesaria, porque cuando llegué a las puertas edilicias y saludé a algunos artistas que disfrutaban de los primeros rayos de sol, después de varias semanas en crisis, daban justamente las 12 en el reloj de la casa consistorial, la hora del Ángelus, el mediodía justo, como siempre se le ha dicho.
El motivo que me convocaba hoy a mi Ciudad -que espero que algún día la terminen del todo-, era la presentación del cartel de la XVI Bienal de Flamenco que, desde hoy mismo, será la imagen de esta edición , que este año se va a desarrollar del 15 de septiembre al 9 de octubre, y de la que se irán anunciando progresivamente los espectáculos y actividades paralelas.
Para esta ocasión, los estamentos implicados han elegido a cuatro de los más reconocidos artistas graffiteros de nuestro país, o pintores urbanos, como se les suelen también llamar, con gran prestigio internacional en este mundo relativamente nuevo de la expresión pictórica al aire libre. Este colectivo, bastante joven, ha estado formado por Suso33, San, El Niño de las Pinturas y Seleka, cuyo resultado es el que pueden ver en la imagen que abre esta página recién salida del horno.
El Arte de la Pintura, como todas, es totalmente subjetiva en la apreciación, comprensión y posterior comentario. A unos puede gustarle el cartel, y a otros no. A mí, particularmente, que me he dedicado toda la vida al diseño, me gusta como una imágen agradable que puede dar juego en folletos, banderolas y soportes varios. He dicho agradable, y no que el citado cartel tenga el alma de "Un grito pegado a la pared", que debe ser siempre la sustancia de un cartel que se precie. De los graffiteros que se nos anunciaban, yo esperaba pasión, colores vivos, rompimientos con una estética moderna que ya no lo es tanto, una especie de collage donde se retratara en tres brochazos apasionados la emoción, la pena y la alegría del Arte Flamenco, esa valentía, pero llevada a lo más grande de las nuevas vanguardias, como el graffiti, que ya hicieran, en tiempos más regresivos para la contemplación aún aldeana, Saura o Canogar..., y de esto hace ya bastantes años.
Lo mejor del cartel -que conste que siempre hablo a nivel particular- la grafía, moderna, visible y precisa. El cartel: sigo diciendo que me gusta, pero que lo mismo, aparte de la Bienal, puede servir para anunciar una marca de camisetas, el logo de una institución, o para un nuevo diseño de las modernas estampitas de comunión en época de tanto laicismo galopante.
Es una imagen, pero no tan fuerte como para que te obligue a volver la cara, pararte y contemplar su mensaje de cerca. Casi sin duda que sea yo el equivocado después de ver tantas maravillas de estos artistas urbanos en los lienzos libres de las ciudades, en los vagones aparcados de los trenes y en las, hasta que llegaron ellos, frías tapias de algunas barriadas de la marginalidad.
La presentación, prácticamente, corrió a cargo del alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín quien, aunque un poco largo en su exposición, ofreció una gran lección de sevillanía, de apertura y compromiso auténtico con la Bienal, y hasta de economía, pues valoró, con orgullo, todo lo que los visitantes espectadores de estas consolidadas convocatorias -la mayoría de ellos extranjeros: un 66%- dejan como dividendos en Sevilla, aparte de la imagen que se llevan de ella en estos días de auténtico gozo y esplendor por medio de sus hijos artistas, la afabilidad de su gente y sus monumentos.
Recuerdo el ya lejano 1980, cuando Ortiz Nuevo me convocó para que formase parte del Patronato que debería poner en marcha ese "invento" de Bienal, "fantasía" sin fragüar de mi querido amigo Manuel Centeno Fernández que supo enjaretar maravillosamente bien José Luís.
Hoy, como sevillano, me alegro enormemente del nacimiento de esta nueva edición: la XVI. Cómo pasa el tiempo, a qué velocidad. Y me alegro del cartel porque, al fin y al postre, se nos hará familiar, sumamente nuestro y cuando lo veamos, con ese mundo reflejado de colores, aunque muy apastelados, sabremos que allí está la Bienal. Que, como decía la copla: Toíto hasta acostumbrarse,/ cariño le toma el preso/ a las rejas de la cárcel.

PARA UNA TEORÍA DEL DUENDE: FERNANDA DE UTRERA

Ved a esta mujer. Es el grito en carnes vivas de un pueblo que ha sentido muchas veces en sus espaldas el látigo de la indiferencia, la marginación, el desprecio y el odio.

En este grito de Fernanda, tensas sus manos y el rostro dolorido, se condensan todos los gritos de su raza. Es el cante por Soleá, en tercios libertadores, la rebelión de su casta y la voz quejumbrosa que se ha tenido que callar durante siglos sus destierros, condenas y olvidos.

Ved a esta mujer. No es Fernanda. Es el símbolo de toda su estirpe. Hasta ella llegan los duendes de la raíz primigenia; hasta ella se acercan, por los lagos tapiados de sus ojos, los ecos y llantos de un ayer tan próximo que aún le atezan las carnes morenas, le explota la sangre y le hace reafirmar su efigie acordándose de los muertos de sus muertos, aquellos cayos reales que defendieron la vida de futuras generaciones.

Es un grito descompuesto que tiene sabor de siglos y huele a sangre. Es la rabia que, hoy, tiene visos de perpetuas amarguras y agiganta su acompañamiento con el rictus singular de un claro estremecimiento.

Bernardo Pérez captó este eterno momento en 1984. ¿Quién no vibró y se dolió con ella cuando Fernanda, la de Utrera, se llenaba de duendes en una de tantas noches que acudían a su llamada?

miércoles, 20 de enero de 2010

TRIANA PUNTO Y APARTE: CALLE PUREZA


CALLE PUREZA DE AYER
Mis recuerdos de su número 35, donde viví junto a mi abuela los mejores años

A dos pasos de ti llegué a la vida
en un corral de amor, hambre y miseria,
y tu calle, la Larga, fue la arteria
de mi mirada niña y atrevida.

¡Cómo correteé, libre y sin brida,
por las aceras blancas de esa feria
que era mi vida entonces, hoy tan seria,
tan desilusionada y dolorida!

Aún me queda el placer de seguir viendo
aquella casa en la que fui creciendo
como en la encina crece la corteza...

mirándote a lo largo tu hermosura,
al quiebro una Esperanza en tu cintura,
y más pura que nunca tu pureza.


CALLE PUREZA DE HOY
Mi asombro al verla asfaltada, cual si fuera una carretera comarcal.

Blanca eras de cal y de emociones,
calle Larga de mi feliz crianza,
en la que nos cuidaba su Esperanza
de una posguerra llena de aflicciones.

Tan pura eras como tu bello nombre,
y hoy te han puesto la alfombra tan oscura,
tan de alquitrán la piel de tu tersura
que no acierto a pensar que a nadie asombre.

Tú que eras de adoquín adamascada,
de "jalowín" te han puesto enmascarada,
más negra que la cara del Obama.

Esta negrura no hay quien la entienda,
pero nadie protesta de esta horrenda
barbaridad en calle de tal fama.


martes, 19 de enero de 2010

PARA UNA TEORÍA DEL DUENDE: ANTONIO MAIRENA

En esta ocasión, tan se ve a Antonio Mairena embebido en el cante, concentrado en sus raíces y poseso de algo tan lejano, tan sumamente misterioso e incomprensible, que hasta la propia fotografía de hace más de treinta años -original de Domingo Acevedo-, tiene duende, porque ha sabido fijar, a través de la mecánica, las décimas de segundos precisas en las que la expresión de Antonio extrovierte su dolor de quejíos y ayes, rezumando sus adentros quejas imposibles de definir si no es por el vehículo vital del cante.
¿Y qué razón incorpórea sacudiría a Antonio cuando la cámara robó ese momento genial para la historia del recuerdo? ¿Qué extraña sangre zamarrearía al maestro de los alcores para que todo su ser se rebozara en un perfil que se está doliendo por todas sus aristas?
Los ojos, cerrados hacia adentro; los labios, a medio camino entre el grito y la palabra, entre la serenidad de quien se sabe poseído y el rabioso desconsuelo del que se siente solitario en una lucha difícil. Es el clímax total reflejado en un momento vivo, el no va más de ese instante que lacera carnes y eriza vellos. Es la consumación gloriosa de un diálogo imperceptible para nosotros, pero que él ha mantenido con ese otro yo que va por la sangre y desintegra las formas. Es la llamarada del duende, la razón que no tiene cuerpo ni puede explicarse con palabras. Antonio Mairena canta -¿para quién, para él, para los demás?-, pero su cante va enjaretando ríos de sublimes caudales de misterios.


ZAPATOS APASIONADOS (y 3)

Los zapatos de flamenca son simples, sin grandes abalorios de ostentación: piel de vacuno de primera calidad, suelas de cuero cosidas a mano, tirilla, punta ancha por lo general y tacón ancho, pero no muy alto, lo justo para que la bailaora se sienta segura sobre las tablas y se aferre a ellas dejando sus huellas imposibles de imitar. Nada tienen que ver estos zapatos con los que llevaban las mujeres en la Grecia clásica, ni con los muy suntuosos del Medioevo, ni con las botitas cortesanas usadas en el Renacimiento, ni con el estilo rococó de la Portugal del XVII, ni con el zapato veneciano de plataforma. No es el frágil zapato de cristal de Cenicienta, ni el stiletto de vértigo, ni el que diseñara Roger Vivier para la coronación de la reina Elizabeth II. Son sencillos, como la propia bailaora, demasiado sencillos para la grandeza que salen de ellos produciendo escalofrío y emoción. Si acaso, para alegrar la vista, colores puros, como el baile o como la tierra que se ha pisado del barrio de nacencia. Para esta inmensa e intensa liturgia, poco más se necesita que esos zapatos simples que nos llevan a la concentración de la artista para llegar a sentir ese duende del que todos nos hablan, pero que sólo sienten los intérpretes.

Tal vez el duende lo sintió rozando su piel Juana "La Macarrona" cuando, la noche anterior del célebre Concurso de Granada, celebrado en 1922, auspiciado por renombrados intelectuales de la época, tuvo lugar en el hotel Washington Irving, organizada por el poeta malagueño José Carlos de Luna, una cena a la que asistieron don Antonio Chacón -que sería el presidente del Jurado-, Manuel Torre, Faderico García Lorca, Ignacio Zuloaga, Santiago Rusiñol, Andrés Segovia, Federico García Sanchiz, la familia de Manolo Caracol, la propia Juana y Antonia Mercé "La Argentina". Dicen las crónicas que, en un auténtico momento de delirio, "La Macarrona" se arrancó bailando por Alegrías, y cómo lo haría, qué pasión, arte y gracia no le pondría a su baile que la gran Antonia Mercé -reina de todos los escenarios del mundo- se puso literalmente de rodillas ante aquella bailaora y, con auténtica liturgia, la descalzó y le pidió sus zapatos para conservarlos como una verdadera reliquia.

Tendría que existir un museo dedicado, exclusivamente, al zapato flamenco femenino. Sería un espacio cuajado de pasión, de llama, de fiebre, pálpito y entusiasmo. Un museo para acercarse a él apasionadamente, para arder en él con la misma efusión y calor que pusieron sus protagonistas a lo largo de dos siglos, conformando una historia mágica, extraordinariamente viva, que partió de humildes corrales vecinales para ir conquistando, con la fuerza racial de las bailaoras, todos los espacios escénicos y, lo más importante, el corazón de cuantos tuvieron la suerte, en cada época de sus vidas, de gozar, sentir y vivir esos momentos singulares. Si el baile apasiona a los que nos apasiona es por cuanto lleva de nosotros mismos en cada reafirmación de la vida.

Todo aporta a la majestad de la danza: los movimientos oscilantes del cuerpo, el lenguaje de brazos y manos, el vestido, el mantón o mantoncillo, pulseras, flores y collares, pero quien habla y nos deja su sentido -la verdadera lengua del baile- es el zapato, los zapatos acharolados o de raso, que son los que nos convocan a la llamada, al giro, al más genial de los desplantes, los que nos hunden en la tristeza, nos llevan en su compás o nos levantan el cuerpo a llamaradas.

Cuando ya la vida canse a la bailaora de tanto trajinar por medio mundo, qué duda cabe que también estarán cansados esos zapatos que tanta gloria le dieron y tantos aplausos arrancaron. Ella soñará en días lejanos de difíciles inicios, de noches en vela y de triunfos arrogantes, en sus maestras, en sus imitadoras y en la escuela que dejó después de tantos años de ejercicio. Y ellos, pequeños, pero gigantes y resistentes en su trabajo, dormirán en su pequeña caja de cuero el más largo y justo de los sueños, lejos ya de las miradas de aquellos que envidiaron su repiqueteo sobre las tablas, sus colores, vivos o de lutos, y sus tacones, que hacían saltar chispas de la fragüa encendida con el grito del Arte llorando por Seguiriyas: -Qué desgracia, mare,/ hasta en el andá,/ cómo los pasitos que p'alante doy/ se me van p'atrás...

ZAPATOS APASIONADOS (2)

Los zapatos de las bailaoras de flamenco tienen sentido y alma propia, se apasionan desde el corazón y hacen llegar los latidos al de todos los que tienen la suerte de contemplar ese momento único y ciertamente irrepetible. No hay en el flamenco guión exacto ni partitura como en la ópera. Todo es sentimiento y afirmación telúrica. Los zapatos, los que marcan el hálito de la tierra andaluza, están preñados de pasión, son zapatos apasionados para cada estado emocional: la madre Soleá, la Seguiriya y el Martinete, para exponer la hondura de una tierra bautismada por la pena y el sacrificio y marginada de por siempre; el Zapateado, el Garrotín y la Farruca, para el lucimiento de la vitalidad y la técnica, para que, con el movimiento y habilidad del redoble y la percusión, la artista demuestre su fuerza racial: -Zapatéate, gitana,/ zapatéate en el suelo/ si te rompes los zapatos/ yo te compraré otros nuevos; los Tangos, las Alegrías y las Bulerías para el desenfreno, para que todo el potencial del ritmo y del compás se abran, como mascarón de proa, en el mar embravecido de la danza: -Tus zapatitos enlunaraos/ están dejando lunares/ por el sitio en que has bailao...

Zapatos, zapatos, zapatos solemnes con garras de brío y furia en sus puntas y tacones; zapatos granates, rojos, negros, blancos, amarillos -como un parque desmayado en otoño en la figura de Manuela Vargas-, de lunares o de flores para el ritual de la magia: -Que tú tienes los tacones/ más floríos que los claveles/ que cuelgan de los balcones...

Zapatos que, al decir de la copla, deberían ser auríferos como el propio baile: -El zapato que tú tienes/ para salir a bailar/ merecía ser de oro,/ la suela de cordobán...; o rosas, para mejor complementar a la espigada bailaora: -Eres alta y buena moza/ y te falta lo mejor:/ unos zapatitos rosas/ y esos te los compro yo...

Zapatos que pisaron los antiguos cafés cantantes de mediados del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX en Sevilla, Madrid, Málaga, Cádiz o Barcelona: el de Silverio, el Novedades, el de El Burrero, el de la Marina, el de El Gato, El Imparcial, El Turco, La Alegría, Villa Rosa, La Capitana, donde bailaran La Malena, La Argentina, La Macarrona, Pastora Imperio, La Argentinita y su hermana Pilar, Rosario, la racial Carmen Amaya...

Zapatos que, abandonando los cafés, las fiestas, los cuartos de la juerga y los escenarios pueblerinos, abrieron -ya como reyes de la escena- los nobles escenarios del Bolshoi de Moscú, del Covent Garden de Londres, del Teatro Colón de Buenos Aires, del Metropólitan de Nueva York, del Teatro Real de Madrid, del Liceo de Barcelona, teatros de París, Caracas, Brasilia, Perú, Japón o Panamá, que antes habían abierto, solamente, los divos de la ópera y los grandes montajes teatrales.

Zapatos que inspiraron a artistas de todas las especialidades: Falla, Albéniz, Turina, Granados y hasta al ruso Glinka en la música; a pintores como Romero de Torres, Nonell, Anglada Camarasa, Capuletti, Grau Santos, Picasso...; a escultores como Mariano Benlliure, Cañas o Julio Antonio...



lunes, 18 de enero de 2010

ZAPATOS APASIONADOS (1)

Cuando se apagan la gran araña del teatro y las candilejas doradas de los palcos; cuando se alza el telón de boca de rojo terciopelo para la liturgia del baile, la luz débil de un cenital apenas si va descubriendo los perfiles del rostro y las manos de un cantaor, que parecen flotar en el espacio. Negro el fondo. Negra la vestimenta. El espacio vacío -como acertaba Peter Brook- en espera del milagro. Suena el preludio de una guitarra llorando lentamente por Soleá, y nos envuelve, timbrada y rotunda, vieja de siglos, la voz del oficiante: -Zapatitos blancos/ ni son tuyos ni son míos/ de quién son esos zapatos...
Lentamente, como tomando fuerza poco a poco hasta estampar una luna blanquísima sobre la escena, un foco va encendiendo el punto exacto del centro del escenario. Allí, mayestática y solemne, como una diosa soñada del legendario Al-Andalus, la bailaora alza sus largos brazos y los pararrayos de sus dedos en busca de no se sabe qué misterios, sortilegios, esperanzas, dádivas o duendes. Un traje granate, de cinco amplios volantes, semeja desde lejos el esplendor de la llama. Los zapatos, también granates, como el mantoncillo que malabarea entre sus manos, brillan sobre la escena cuando van a iniciar el rito de la salida: planta, punta y tacón para la llamada del ritmo; descenso del antepié para continuar la oleada del baile; paso arrastrado avanzando hacia adelante y, a un golpe seco de la guitarra compañera, en clara connivencia con los tacones, los zapatos girando, como veleta del Arte, bajo el eje vertical del alto cuerpo. Zapatos granates que giran y giran, locos de vientos, como si hubiese un charco de sangre en sus pies, tal como dijo el cronista Pablillos de Valladolid refiriéndose a Juana "La Macarrona".

Todo es pura escultura en movimiento y básica geometría cuando el cuerpo avanza, majestuoso, dibujando arabescos, marcando contorsiones, cigüeñeando con la rodilla derecha encogida mientras la punta del zapato de hematíes mira al suelo para cambiar de pie con la misma habilidad y rapidez con la que nos hacen sus trucos los ilusionistas.

Redoblan sus fuerzas las piernas tensas que dejan entrever con el desplante, tras la soberbia subida de los volantes en izada estampida, unos muslos morenos, torneados, sensuales, cercanos para soñar y lejanos de lascivia. Fuego alto, pira humana entre tercios y compases, entre desafíos donde los pechos de la bailaora son como enhiestas banderillas que se enfrentan, bien cerca, al morlaco del éxito, el aplauso, o la nieve.

Tac-tac-tac-tacatacatá-tacatá..., endiablada torrentera de palmas y tacones marcando los contratiempos. El cantaor redobla las palmas en un ejercicio medido en los que el hueco de la mano izquierda, dispuesto como una concha de mar, recibe de la derecha el golpe rápido, exacto, preciso y sonoro para marcar los tiempos, mientras sube su voz en espiral de gozos elevando los últimos alientos: Quién fuera collar de perlas,/ de tu cintura el llavero,/ de tu zapato la hebilla/ y alfiler de tu pañuelo.

Y la bailaora, ahora el talle encorvado,como queriendo guardarlo en sí mismo, ahora alta, con los brazos al cielo como Giralda de carne, parece que ha entrado en un estado transitorio de locura que irradia a todos los quicios del teatro, mientras suenan rendidos los aplausos. Ella, emocionada, sudorosa, exhausta por el esfuerzo, avanza hacia las candilejas doblando su cintura enjuta, cruza sus manos sobre los hombros, se inclina de nuevo, tira ramos de besos al espacio y agarra de cada una de sus manos al cantaor y al tocaor que le han acompañado para repetir la misma liturgia del sincero agradecimiento. Baja el telón de boca de rojo terciopelo y, tras santigüarse varias veces, camina al camerino, donde su vestidora le ofrece una toalla mientras le baja la larga y apretada cremallera. Ella, aún fatigada, se sienta en la banqueta y de nuevo inicia un rito singular que siempre suele hacer en solitario: se descalza sus zapatos granates, tan sudados como su cuerpo, los coge cariñosamente en su manos, los acerca a sus labios, los besa, les de las gracias y, en una hermosa caja de cuero negro pespunteado, una vez limpios y secos, los acuesta para que descansen hasta la próxima función, el próximo escenario, el próximo país, cuando de nuevo se levante el telón y el cante por Soleá la convoque, una vez más, al ruedo de los miedos: -Cuando sales a bailar/ con tus zapatos de raso/ te pareces a la reina/ cuando sale de palacio...

domingo, 17 de enero de 2010

EL ADIÓS A PEPE HEREDIA MAYA

Hoy hemos recibido la triste noticia de la muerte de un gitano de oro de ley como ha sido, es y será siempre, José Heredia Maya. Toda la gran familia flamenca nos sentimos hoy de luto, porque Pepe, además de ser un excelente poeta, un genial dramaturgo y un profundo ensayista, poseía el tesoro de ser una gran persona, de tener una bondad sin límites y de estar sellado con una gracia socarrona y profunda.
Posiblemente, en nuestra ciudad será un gran desconocido, aunque Sevilla fue la gran privilegiada de asistir, en el "Lope de Vega", con el baile de Mario Maya, al estreno de una obra de hondas raíces: "Camelamos naquerar", que marcó un principio de dignificación del Flamenco, pero, sobre todo, del mundo gitano en el contexto social.

Infatigable idealista -creo que fue el primer gitano profesor de Universidad desde hace treinta y tantos años-, era un hombre cordial, sencillo, humanista, que cifró todos sus actos en la reivindicación de los de su propia raza, tan paralela a tantos hombres de este Sur. Por eso su mensaje nos llegaba tan rápidamente, electrizándonos y haciéndonos meditar en la difícil condición humana.

Escritor no demasiado prolífico por propia exigencia, nos dejó el legado de varias obras de teatro y algunos libros de poemas en los que se refleja la bondad y dignidad de su alma.

De la nacencia en el seno humildísimo de una familia gitana, este granaíno de Albuñuelas llegó a demostrar al mundo más cercano, también al que se escapa de nuestra fronteras, que sólo con el tesón, el trabajo y la fe, se puede llegar a donde uno quiere.

Ahora, esté donde esté, quizás mirando el Albaicín desde arriba, que Pepe, al que llevaremos siempre en la memoria de los gratos recuerdos, descanse en paz, como suele decirse cuando la tristeza no te deja ser más ocurrente.

TRIANA PUNTO Y APARTE: ¿SERÁ POR CARRIL BICI?

Era el año 1926 cuando Sánchez del Pando tomó esta fotografía que hoy viene muy bien para los tiempos de bicimanía que corren. El ciudadano Manuel Pérez -que así nos decía Alfonso Braojos que se llamaba, en el hermoso libro "Triana: Memoria de un siglo"- había venido desde San Juan de Aznalfarache por ese gran carril bici del río para pasar una tarde en la Velá. Para que veamos que la realidad supera a la ficción. Decimos que esto ocurrió en 1926, que no fue anteayer, vamos. Y el dineral que lleva gastado el ayuntamiento haciendo carriles bicis que, al final, están como este: arriados.
El sistema ideado por el bueno de Manuel -y digo bueno porque así lo demuestra su cara, que alguien dijo que es el espejo del alma-, sería digno de copiarlo en nuestros días, máxime cuando nuestro carril bici fluvial es ancho y largo.
Que vives en La Algaba y estudias arquitectura en Reina Mercedes, pues hala, pedaleando y de una puerta a otra, tocando la bocina de debajo de la barra por si ves que viene hacia ti una piragua o girando levemente el timón de dirección. ¿A la feria? pues a la feria, sin problemas, la aparcas en el Náutico y ya está. Este río, bien aprovechado, con sus afluentes más cercanos, sí que le quitaría clientes a ese metro en miniatura que nos han puesto y, además, no serían necesarios muchos de los cercanías que quieren poner. ¿Imaginan cuántas familias desde Alcalá del Río para abajo, o desde Sanlúcar para arriba: Lebrija, Los Palacios, Puebla, Coria y Gelves vendrían a nuestras fiestas patronales, feria y Semana Santa? ¿Cuántos gorrillas fluviales podrían ponerse quitándolos de la lista del paro? ¿Cuánto dinero no ganaría la arrendataria de "Seviciflú" por el alquiler de estas máquinas flotantes? ¿Cuántos y cuántos millones se ahorrarían en obras totalmente innecesarias con el nuevo sistema? ¿Cuántos mosqueos y sustos se evitarían los ciudadanos?
Si este sistema llega a inventarlo un francés o un inglés, ahora estarían llenas de bicis flotantes las aguas del Sena y del Támesis y, por supuesto las del Guadalquivir, porque nosotros siempre copiamos lo que se hace en el extranjero, sea bueno o malo. ¡Que inventen ellos!, dijo Unamuno. Y para una vez que los españoles inventamos algo, desde el municipio más cercano a Sevilla, como es San Juan de Aznalfarache, no sabemos patentarlo. Y es que no tenemos remedio.

MI BREVE HOMENAJE A CURRO ROMERO

Mi buen amigo levantino Ginés Jorquera, gran escritor, dibujante, flamenco y extraordinaria persona, y tan currista como yo, me hizo de memoria estos apuntes de Curro, el 16 de agosto de 1990, en uno de los folios oficiales del Festival Nacional del Cante de las Minas, al que yo asistía como miembro del Jurado. Ni que decir tiene que lo tengo enmarcado con gran cariño, no sólo por venir de sus manos sino por lo que el torero significó para mí desde mi más tierna afición a este Arte, tan en peligro hoy.
Algunos poemillas de los que tiro en mis cajones para un próximo reencuentro con ellos, me los pidió el poeta y gran amigo Antonio Murciano para su antología "Trío de ases, trío de Arte" (Pepe Luis-Curro-Paula), editado el año 2006 por el Aula de Cultura La Venencia, de Santander, con el título "Tríptico currista", que hoy he tenido el deseo de incluir en esta página para aquellos posibles lectores que hayan sentido alguna vez el latigazo de hermosura y estética de este artista.



DESPUÉS DE TOREAR CURRO EN SEVILLA

Torea el Paseo de Colón
bajo el sol de primavera.
Van bajando en sus aceras
manos hasta la cintura:
sin capote, sin muleta...
sólo imitando hermosuras
del coso del Baratillo...

¡Que difícil lo de Curro
y qué sencillo!

Cuando paseó las manos
y las llevó hasta la arena...

Del toro, tierna medida,
cuando pasó la silueta
sin parecer que pasaba
en eternidad completa...

Cuando salió a hacer el quite,
verde y oro su presencia,
y se izó la Maestranza
en señal de reverencia...

Torea el Paseo de Colón
en esta tarde de fiesta,
cuando fiesta y tarde acaban
en romeristas tabernas.


MEDIA VERÓNICA

Media verónica de él
es como si Dios creara
un mundo nuevo otra vez.


CAPOTILLO

Dicen que sale con miedo
y sólo lleva un mantel
por preñar de filigranas,
al aire de sevillanas,
el oro del redondel.

Dicen que sale con miedo.
¿Y quién no
si la muerte está en el ruedo?

Pero él la abaniquea,
la disfraza,
la distrae,
le impone empaque y solera
de Faraón desprendido
y se quedan los tendidos
soñando en su primavera.

Dicen que torea con miedo.
¿Y quién no
si es su muleta un pañuelo?

sábado, 16 de enero de 2010

TRIANA PUNTO Y APARTE: UNAS GOTAS DE HUMOR

Tal como prometí ayer a uno de mis visitantes del blog: C.L.B., hoy, en marcha humorística para que nadie se enfade -como solían hacer Galerín y don Cecilio de Triana, aunque los munícipes se enfadaban mucho, muchísimo-, escribo de esa nueva transformación del puente que le ha llegado a los 33 años de la última. A inicios de la década de los 60, una vez eliminado el tranvía de nuestras calles, lógico era que se eliminaran los raíles por los que caminaba, entre ellos los de este puente (ver mi libro "Sevilla y sus tranvías". Gráficas Tebas. Sevilla 1979).

Ya creíamos que al puente lo iban a dejar tranquilo, pero no. Desde que la Unión Europea da fondos para lo que dicen llamar "sostenibilidad", Sevilla ha hecho un velódromo de sus calles, pasen o no pasen la bicicletas, y un fastidióromo para el peatón. De los 17 metros de ancho en que lo dejó la reforma de Batanero -según decíamos en su breve historia-, de la noche a la mañana se ha quedado en 10. Ignoro si es que ahora las bicicletas, como las antiguas "Vespas" llevan sidecar para merecer tan amplio ancho de manga. En la diáspora en la que me encuentro -creo que ya muy provisionalmente- salgo a diario con mi bicicleta y hago una media diaria mañanera de 20 kilómetros, pero hubiese protestado antes a Rosa Aguilar y ahora a Andrés Ocaña si se le hubiesen ocurrido poner un carril bici alrededor de la Mezquita o junto al barandal de piedra del Puente Romano. Creo que hay sitio para todo, aunque, presumo, que muy poco en algunos de los sesos de nuestros gobernantes. El trianero José Hernández Díaz -catedrático de Arte, mire usted- se cargó casi todos los palacios de Sevilla; mi conocido y gran flamenco, Antonio Alarcón Constant, media Córdoba..., y no hablo de las demás ciudades porque desconozco la barbarie. En Triana se han levantado las voces. ¿Las han escuchado en la plaza Nueva, o en la calle San Jacinto 33, sede de la tenencia de alcaldía? El puente, como decíamos ayer, es Monumento Histórico-Artístico desde 1976. Siempre se ha dicho que el puente era intocable, pero nos han demostrado lo contrario, aquello de donde quise decir digo dije Diego.


BICIMANÍA TRIANERA


Hoy me han puesto un carril en la salita
y me dejan mañana medio baño,
porque este ayuntamiento no es tacaño
cuando te quiere hacer la putadita.

Yo me dejo querer, porque es muy sano
aquello de coger la bicicleta,
aunque es más saludable un par de tetas
y que el alcalde vaya en bici a Elcano.

¡Vuelve Zeppelín, vuelve, que es tu día,
que en Triana no hay coches ni tranvías,
tan sólo bicicletas que la aliente!

No quisiera ser reo del Vaticano,
pero ayer ví al Cachorro, mi paisano,
hacia la Catedral, en bici, por el puente.


BREVE HISTORIA DEL PUENTE DE TRIANA


Muchos nombres tuvo este puente que es el otero singular de los trianeros: Puente Nuevo, Puente de Hierro y Puente de Isabel II, pero a todos les ganó, por el amor del arrabal, el nombre popular del barrio, "guarda y collación de Sevilla": Puente de Triana.

Fue allá en 1830 cuando, por el asistente de la ciudad, don José Manuel Arjona, se inicia el expediente de sustitución del antiguo puente de barcas, muy famoso al decir del escritor costumbrista Serafín Estébanez Calderón, y del que quedan noticias en antiguos grabados. Por él, la hermandad de la O es la primera que pasa hacia Sevilla para hacer estación penitencial en la Catedral. Corren los años -la burocracia hispalense siempre ha dado mucho tiempo al tiempo- y hasta el año 1842 no es cuando se decide el tipo de puente que habrá de sustituirle. Por fin, el año 1845 se adjudican las obras y proyectos a los ingenieros Gustavo Steinacher y Fernando Bernadet, colocándose la primera piedra el día 12 de diciembre del mismo año. En 1849 -al parecer por problemas con el fundidor-, se les rescinde el contrato a los primeros adjudicatarios, haciendóse cargo de las obras, desde esta fecha, el ingeniero Canuto Carroza, que fue el primer proyectista de el faro de Chipiona. Tras 22 años de iniciado el expediente, llegó su inauguración el 23 de febrero de 1852, efectuando las pruebas de consolidación, a principios de dicho año, una batería de artillería atravesándolo a paso de carga. Como dato curioso diremos que en 1851, a punto de estar finalizadas las obras, se formó una comisión para hacer un informe sobre algunos rumores de ruina que afectaban a los aros de fundición y las pilas de sostenimiento. Rumores de ruina que siguieron de boca en boca desde su construcción hasta nuestros días.

El puente se funde en Sevilla. Sus 27.428 piezas de hierro fundido, con un peso de 877.952 kilos, saldrían de la Fundición San Antonio, situada en la calle San Vicente, talleres propiedad de un industrial catalán con miras de futuro, Narciso Bonaplata, promotor principal, junto a don José María de Ibarra, de la creación de la feria de ganados de nuestra ciudad que, con los años, desembocaría en la Feria de Abril sevillana, hoy en orilla trianera. Sumaremos como datos técnicos las descripciones más importantes de su desarrollo: la construcción consta de una luz de puente de 136,5 metros y 162 incluyendo los estribos. Posee una superficie aproximada de 1.829 metros cuadrados y tiene una anchura entre barandas de 13,40 metros. Se apoya sobre cuatro bases de piedra, con dos pilas centrales y dos estribos laterales que sustentan tres bandas de cinco arcos con una longitud de 44 metros, en las que descansa el piso a través de una serie de hermosos anillos tangentes. Desde su construcción está destinado al paso de vehículos y peatones, vigilándose con cautela el paso de vehículos pesados en 1958 y suprimiéndose, en agosto de 1974, toda la circulación rodada, para dar lugar en 1976 a las obras de consolidación y refuerzo, después de haber sido desaprobado, afortunadamente, en noviembre de 1964, un proyecto de nuevo puente, original del ingeniero riojano don Carlos Fernández Casado.

Durante la reforma, concretamente el 13 de abril de 1976, y tras haberse salvado de la piqueta a la que querían someterlo los vanguardistas de siempre, el Puente de Triana recibió la catalogación de Monumento Histórico-Artístico. Fue el ingeniero onubense Juan Batanero el encargado de esta consolidación y restauración, colocando dos vigas longitudinales de tipo cajón, de 140 metros de longitud, con sección de 2,50 por 4,45 metros de altura, ampliándose el ancho de calzada a 17 metros, 3,60 metros más del que tenía el original, quedando los aros que le confieren su singular fisonomía como meros arcos decorativos. La verdad es que, después de 14 meses de obras y más de 125 millones de pesetas, la restauración de Batanero quedó al gusto de casi todos. Por lo menos, la imagen tradicional del puente trianero se había salvado de la piqueta, a la que quisieron someterlo no pocos munícipes de turno.

Por fin, a las 6 de la tarde del día 13 de junio de 1977, se reinaguró el remozado Puente de Triana por el entonces ministro de Obras Públicas, Luis Ortiz, acompañado por el alcalde de la ciudad don Fernando de Parias. Pero el puente es algo más, mucho más que datos técnicos ya que, en sí, no es el sistema de su construcción, las fechas de efemérides convencionales, la elegancia de sus tres arcos o la similitud con el Carrusel parisino, obra de Polonceau y que desapareció en 1931 tras cerca de un siglo de existencia. Lo que el puente significa para Triana es la propia vida. El puente ha sido la espina dorsal de ese arrabal que, desde él, abrió sus vértebras a los más importantes núcleos de sus calles: Orilla del Río, Larga, Esparterías, Rosario, Palomar..., y a las más importantes industrias que dieran nombre y fama a este periplo trianero: navales, reales almonas, alfarerías...

También el puente, por una serie de circunstancias que van impresas en la particularidad de vida de sus habitantes, ha sido el gran testigo sentimental de una Triana que tuvo y gozó de un gran emporio en los pasados siglos. Puente siempre con el susto de sombras de expedientes; puente de las horas negras de los suicidas; puente de la risa frágil de chiquillos en tardes de Domingo de Ramos; puente en fiesta en los días señalaítos de Santiago y Sant'Ana, adornado de banderas, granas, gitanas o republicanas, según las conveniencias del tiempo político; puente por el que pasó la Reina sin corona, doña Victoria Eugenia, llevando, según la común hipérbole arrabalera, un mantón de Manila que le arrastraba; puente de saltos olímpicos y temerarios, en días de Velá, de sus hijos más conocedores del río; puente que tiene como vigía marinera a la Reina del Carmelo y por la que, sin duda, se salvó de la piqueta, tal como dejó reflejado en una seguiriya el cantaor Antonio Suárez:


Al Puente de Triana
no han podío derrumbarlo
porque allí vive la Virgen del Carmen
que jace milagros.

Puente que nos trae y nos lleva a Sevilla, pero que es alma de Triana.

Brazo tendido y largo sobre un río
al que Tartessos dio su luz primera
para abrazar, como una enredadera,
con la Ciudad hermosa al barrio mío.

Te crucé muchas veces con el brío
de una niñez de amor arrabalera,
y mi padre cruzó por tus fronteras
limones agridulces de amorío.

¡Puente de mi nacencia, vista airosa
sobre el pretil de aquel primer gran sueño.
Alta azotea para espejar mi vida.
Horizontal imagen, tan preciosa,
que en ella quiero, y en su afán me empeño,
que me den el adiós de despedida.


(Extracto actualizado y ampliado del artículo que publiqué en el diario "Nueva Andalucía" el 12 de Octubre de 1976)

viernes, 15 de enero de 2010

UNA TRAVESURA QUE SALIÓ MUY BIEN

Tuvo que ser el año 1956, y sí es seguro que en los días previos a la Navidad. Mis padres habían tenido que ir a Madrid a una cuestión médica de mi madre y me dejaron al cuidado de mi abuela paterna, que vivía en la calle Pureza, número 35, asistiendo como ama de llaves a un canónigo, don Miguel Bermudo, quien, aparte de los latines que tuviese que entonar en la Catedral de Sevilla, cantaba flamenco de bien para arriba, no sé si por aquello de su nacencia en Écija.

Pues bien, una buena tarde, acompañado de un primo hermano mío, un año menor que yo, pero más despierto, decidimos irnos al Teatro San Fernando -que yo conocía por asistir alguna vez con mis padres- al enterarnos de que había un espectáculo de no sé qué y a beneficio de tampoco recuerdo qué. Entre la bulla, nuestros dos cuerpos diminutos lograron sortear la entrada y colarnos al colosal recinto. Un teatro cuyo derribo jamás debe perdonarse Sevilla, entre otras atrocidades.

Lo que recuerdo bien es que una una vez empezado el espectáculo, y cuando bajó el telón para un próximo número, con esta guisa de la foto: zapatos Gorila, calcetines altos y una especie de gabardina abotonada hasta el cuello, aproveché el momento y subí las escaleras hasta el escenario y, no sé cómo, pero por supuesto con mucha caradura, o con la inocencia de la edad, comencé a recitar un poema que me habían enseñado cuando más crío: "El ratero balconero", y ante los grandes aplausos del público, que me crecieron como se crecen los toreros ante una buena faena, recuerdo que canté una parodia del célebre "Romance de valentía" que mi padre habría escrito, casi sin duda, para la murga de Manolín, con un estribillo que decía así:

Romance de Rosalía,
dando leña no está manca,
lo mismo pega en Sevilla
que en Soria o en Salamanca.

El teatro -como se dice en el argot de la exageración- se vino abajo y empezaron a caer sobre el escenario cientos de monedas de a gorda, reales, dos reales, pesetas y duros, que sin cortedad alguna me dispuse a recoger metiéndolas en los amplios bolsillos, mientras los aplausos continuaban y yo saludaba cortesmente al público, tal como había visto antes a los artistas. Nadie de la organización me llamó la atención y todo eran felicitaciones. A la mayor brevedad posible, salimos de allí antes de que cayera la noche y se asustara mi abuela; paramos en una pastelería de la calle Reyes Católicos para comernos un pastel a cuenta del gran óbolo y, en la misma cabecera del puente de Triana, en la orilla del paseo de Colón, había unos destartalados puestos que vendían figuritas de barro para el Belén. Creo que mi amor a la navidad y a los belenes me viene de aquella tarde avanzada cuando, con mi primer dinero ganado, compré varias docenas de pastores, ovejas con las patas de alambre y, por supuesto, a san José, María, Jesús, la mula y el buey. ¡Lo que daría yo ahora por haber conservado aquel primer tesoro de mi infancia!
Tras una regañina amable de mi abuela Emilia por habernos pasado de hora, y contándole el secreto con el juramento de que no se tendrían que enterar mis padres, mi primo José Manuel y yo éramos los más felices de la tierra en aquella noche. Lo malo fue cuando, al cabo de unos días, mi padre se presentó con la fotografía de esta página en la mano pidiéndome explicaciones. Yo quería que me tragara el suelo. Poco podía pensar en aquella aventura teatral que un amigo de mi padre, fotógrafo profesional apellidado Vilches -cuyo sello de tutoría todavía se ve claro en el reverso de la imagen-, le entregase a mi progenitor con emoción aquella instantánea y, además, le contase de principio a fin lo que allí ocurrió. Tras mis primeras lágrimas, y después de prometerle que no lo haría más, mi padre, que creo que se sentía orgulloso por dentro de aquella travesura, me abrazó y me dijo con cariño: -Hijo, al menos el dinero podías haberlo guardado para comprar una botellita de aguardiente para esta Navidad.

DESDE LA AUSENCIA

Desde la lejanía cercana en la que me encuentro, Córdoba, el río es una cosa que pasa, tal vez porque ella es hermosamente serrana, o porque bien sabe que el río al que se canta con especial veneración es una especie de acuerdo entre Sevilla-Triana-Sanlúcar. Con esa pena me levanto y acuesto cada día: con la de no ver mi río, compañero al costado de mi vida; con la de no sentir el pálpito de esa Triana anciana que he llevado en mis labios por todos los confines; con las de no pisar a diario la madeja de calles por las que fui creciendo; con la de no estrechar las manos de mi gente ni poder compartir con ellos el pan candeal de los versos.

La privación de ver a mi tierra nativa, de no tener el goce de clavar mis pupilas por todos los rincones que siempre me ampararon, es ser ciego sin serlo. Este desavecindarse de la raíz telúrica es el mal que me duele, cual puñalada seca. Este vacío, deserción obligada, pesa más en mi alma que la traición de un hijo. Esta soledad en la que vivo ahora puede más que el paisaje de la Sierra Morena que adorna mi escritorio. No soy serrano yo, aunque mi mano pueda, a un palmo de distancia, acariciar su lomo de espléndidos verdores y cantar con Machado, el gran profeta, la hermosura de copla que dejó en sus laderas: ¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!

No soy serrano yo, por más que tenga pegada a mi mirada la califal belleza de Medina Azahara, cuya lumbre borraron los siglos con sus vientos. De agua y de barro sí, de juncos y de aneas, de mástiles y jarcias, de velas y timones, pataches y vapores, carabelas y barcas que de siempre adornaron mis orillas, salinadas de historias allende los mares. Desde la ausencia, desde la nostalgia, desde el triste balcón de la diáspora, desde la carencia amorosa de mi arrabal, se amplía la voracidad de la memoria, se incrementa la hambruna del terruño, se duplican el amor, el corazón, la voluntad y el asimiento. Esta hambre de tierra nativa me hace soñar con ella con pasión lujuriosa, revivir en mi mente paso a paso mis días, acariciarla al tacto de sueños que provoco, rendir el albedrío a su espíritu vivo.

Desde esta lejanía en la que habito, desde el pretil sin barandales de un puente que nunca fue el mío, desde la azotea de otros paisajes, Triana me convoca a cada segundo y amo aún más los perfiles de esos hombres que en mí dejaron huellas, mis aceras, las esquinas de los primeros besos furtivos, los amigos a los que la distancia nos dejó huérfanos de palabras y emociones, y las mínimas cosas que hoy forman la materia de la memoria herida.

Ahora, más que nunca, está mi alma empapada de emociones, abierta a su lluvia amorosa, perdidamente franca al amor más profundo. Me atrapó el barrio en la red de seis letras que fueron las primeras que parieron mis labios: sonoras como el agua que cae en los aljibes, hermosas como todas las que forman un nombre con el latido rítmico de tres tiempos de gracia. Un día más su nombre supo llevarme hasta su orilla, sentarme en la zapata para ir desmadejando confidencias que me lloran por dentro carenando mi cuerpo.

¡Quién estuviera allí paseando su puente, acercando en los pasos mi corazón al suyo! Desde su otero mágico de barandas forjadas -palco para la historia del mundo navegante-, siempre niños mis ojos mirando el caserío con exquisita fe, cual el cura que alza el cáliz al cielo en la seguridad completa de que Dios va entre sus manos, con la que tiene el capataz en su martillo haciendo un nuevo Paraíso en cada levantá, con la pasión que un novio pone por vez primera su temblorosa mano en los pechos de la amada, con la religiosidad que requiere la pronunciación de su nombre.

Voy andando su puente en el recuerdo y es como si toda mi vida se llenara, de golpe, de gozo y resurrección. Se me nota en el rostro su presencia cercana, su corazón latiendo, alegres los amigos. ¿Qué habrá pasado al filo de los días, siglos más bien dijera, en que no estoy con ella? La amo tanto que hasta miedo me da acelerar la ruta en mis andares por creer que no existe. Todo es como un eclipse, borrón en mi cuaderno, mancha en el paño que al fin desaparece, noche oscura que espera el oro de la aurora para verte, Triana, como siempre te quise: amaneciendo, al alba, desnuda en tu paisaje.

jueves, 14 de enero de 2010

A LA MEMORIA DE MI AMIGO GUILLERMO FRANCO

ADIÓS, AMIGO
(En recuerdo a mi amigo Guillermo Franco Barón,
que se me fue justamente hace un año cuando más necesitaba su amistad)

Se me ha llenado en luto todo el día,
el corazón, el alma y sus estancias,
y tu muerte ha marcado las distancias
entre la pena honda y la alegría.

Hoy me ha herido la vida que vivía,
me ha matado de un golpe sus fragancias,
me han vuelto a renacer lutos de infancias
y ha muerto tu sonrisa con la mía.

Quién pudiera, Guillermo, retornarte
a los quicios de la amistad profunda.
Quién pudiera ser Dios para traerte.

Qué más quisiera yo que el abrazarte
en la verdad de siempre, tan fecunda,
que nos robó el abrazo de la muerte.

EL LEJANO INICIO DE ISABEL BAYÓN

Isabel Bayón ya es, desde hace años, la gran bailaora que, al menos yo -y también sus maestros, Matilde Coral y Rafael- presentía que iba a ser. El tiempo vino a darme la razón con tres niños a los que apoyé desde sus más tiernas infancias artísticas: Isabelita -como así la llamábamos-, Manolito Franco y Rafaelito Riqueni. Tenían ese "algo" especial que parece sólo intuimos los bohemios, los que estamos tan inmersos en la vida del Arte que no deja de darnos sobresaltos y guiños de atención. Observaba a esos niños con paciente e ilusionada atención y aguantaba a sus padres con un estoicismo senequista y una paciencia aún mayor que la del santo Job. ¡Qué pesados eran los padres de los futuros artistas! Ni Sevilla ni Betis, ni Curro ni Paco Camino, ni blanco ni negro..., todas las conversaciones posibles en torno a esos niños que no se me atragantaban porque sabía bien lo que valían para la regeneración del futuro próximo. Con estos tres, al menos mi sufrimiento se vió compensado viéndolos triunfar, aunque, una vez con alas, ninguno de los tres se acordaron de que hubo un momento, quizás crucial, en que alguien les tendió una mano sin intereses.

En esta vieja fotografía, a la izquierda de Isabelita, remedando hacer compás, está el bueno y pesado de su padre, Antonio, gran amigo y mejor persona, y a la derecha un Emilio, con 34 años menos, intentando hilvanar un tercio para el baile. El año fue 1976, cuando Isabel iba a cumplir 7 años. El lugar, la encantadora Peña "La Soleá de Triana" que mi compadre, Paco Parejo, tuvo el gusto de inventar en la trianerísima calle Alfarería, número 70, que logramos convertir en un gran templo del Arte Flamenco por el que pasaron todos los artistas, todos, en aquellos famosos y hoy nostalgiados "Los Jueves del Zurraque".

Cuando Isabel Bayón bailó por primera vez en nuestro reducto trianero, ya me aventuré sin temor a publicar en mis páginas flamencas de "Nueva Andalucía" lo siguiente: "Siete años son pocos para predecir un futuro sin miedo a equivocarse, pero los suficientes para crear una precisa solera que vaya haciendo madre en los venideros años, en los que el trabajo laborioso y el estudio sistemático serán las asignaturas más importantes -junto a las tareas escolares- para un triunfo que, años corriendo, todos presentimos importante". No, no fue una casualidad que dos años más tarde, con nueve añitos, donde Isabelita bailaba el público aplaudía a rabiar; ni que Antonio Mairena, tan conocedor del baile, le dijera emocionado que era una fuera de serie; ni que Pilar López, la gran maestra de la danza, le apostillara en el Teatro Alcázar de Madrid que era un niña con cincuenta años de sabiduría; ni que Antonio Ruiz Soler, en su despedida, cuando la sacó al escenario en el "Lope de Vega", la piropease con lágrimas en los ojos diciéndole que era "un monstruo del baile"; ni que muchos artistas de las tres disciplinas flamencas se emocionaran y se quedaran boquiabiertos con el baile menudo y frágil de esa criatura llena de inspiraciones a pesar de la edad.

Cuando aquello pasaba, y tan asiduamente, la casualidad no andaba de por medio, y sí la verdad, el arte y el genio de quien en aquellos años era una esperanza de futuro y hoy un presente esplendoroso.

ALMA DE ARRABAL


ALMA DE ARRABAL

Ya no huelo jazmines de los patios
de aquel corral en que creció mi infancia
entre vecinos pobres que tenían
la sonrisa en los labios como prenda valiosa.
No me ofrece la vida aquella brizna sana
de luz y de color y de calor humanos
que entraban en mi alma cual la abeja
al corazón nutriente de sus flores.

Parece que fue ayer cuando estiraba
las gotas de las horas, consagradas
a ir sorbiendo el jugo empalagoso
que traía un almanaque de pocas alegrías.
Ayer mismo volaba al tiempo que ellos
con los pájaros pardos de mi corral vetusto
y remontaba al cielo mi cometa
mientras mis ojos verdes volaban en su seda.

Devoraba con ansia el horizonte próximo
de mi torre, mi río, mi calle de nacencia,
la acera de mis juegos, mi humilde caserío,
y el rostro de mi madre, inmensamente bello.

Parece que fue ayer cuando en Diciembre
viajaba la esperanza a mis espacios
y el olor de pestiños, perrillos y alfajores,
se me colaba adentro para nunca olvidarlo.
El mundo era tan chico entre mis manos
que podía abrazarlo, acariciarlo, olerlo,
sentirlo mío, porque mía su luz,
su libertad, su sencillez, su matriarcado.

Ayer el primer lápiz y la primera goma,
la primera visión de una pizarra,
las líneas paralelas de un cuaderno
que aún guardo en la nostalgia con "mi mamá me ama".
Y mi padre llevándome a la sierra de Jabugo
para una tosferina de fiebre interminable
y el practicante amigo cebándose en mis nalgas,
temblorosas, moradas de Hepal crudo.

Me amamantaba a golpes de silencio,
voces entrecortadas, brazaletes de luto,
brazos en alto que cantaban sones
de un Cara al sol que familiar se hizo.
Pero eso fue ayer, cuando la vida
se asomaba en su noria cargada de pobreza.
Hoy, ya viejo, cansado y sin la fe de entonces,
sí que en verdad me asusta mirar el horizonte.

miércoles, 13 de enero de 2010

RIFA PARA LA PLACA DE ANTONIO MAIRENA

El autógrafo que ilustra esta página es de Antonio Mairena. Un buen día de los muchos que iba a visitarme para charlar y tomar la copa de mediodía, llegó al estudio en el que trabajaba, en la plaza del Duque, le dijeron mis compañeros que no estaba y, en un cartoncillo que habría en alguna mesa de dibujo, me dejó esta nota que intentaré explicar con el humor que el caso propició.

El día 21 de Febrero de 1979 -va a hacer ya 31 años-, la Federación de Peñas y Entidades Flamencas de Sevilla, como hacía cada 15 días, convocó a todos los medios de comunicación relacionados con el Flamenco a una de sus habituales reuniones. Recuerdo que la cita fue en la "Torres-Macarena". El motivo de esa reunión concreta era el acordar regalarle a Antonio Mairena, con motivo de sus Bodas de Oro con el Cante, una artística placa de plata, obra de Marmolejo, a lo que todos los presentes dieron su voto afirmativo.

Después de hablarse intensamente sobre el medio de financiación para el encargo, ya que el coste ascendía a 75.000 pesetas, cifra muy elevada para aquellos años, se llegó a la conclusión de la "socorrida rifa" entre peñas de algo que, sinceramente, no recuerdo. Lo que sí recuerdo bien es que casi se nos hizo jurar a los medios informativos presentes que no difundiésemos, ni en prensa ni en radio, el sistema a emplear para la recaudación. Yo no estaba muy de acuerdo con el silencio que debíamos guardar, porque entendía que el sistema adoptado, cuando hay escasez de medios, era el idóneo para conseguir el objetivo y no había, pues, de qué avergonzarse si lo principal era contribuir de una forma digna al homenaje de tan gran cantaor que era, además, el propulsor y buen amigo de todas las peñas.

Yo iba emborronando mi cuaderno con unas pésimas y macarrónicas cuartetas sobre el tema. Al final de la sesión, en el capítulo de ruegos y preguntas, pedí la palabra y las recité provocando la natural risa de todos los que allí nos encontrábamos. Fue un cotilleo de humor, una posible anécdota que no llevaba ni la punta del estilete ni el grueso pesado de la aldaba. Decían así:

La Federación no quiere
que la prensa hable en plata
del asunto de una placa
que el orden del día sugiere.

Que no merece la pena
-aunque seamos traidores-
que se enteren los lectores
de ese regalo a Mairena.

De publicidad ¡ni hablar!
que es mucho más elegante
no dar nota "resonante"
de una rifa que se hará.

Me rebelo y se hace un nudo
en mi garganta indefensa,
pues se castiga a la prensa
a ser permanente mudo.

POÉTICA Y DIDÁCTICA DEL FLAMENCO

Nuestro querido amigo José Cenizo Jiménez, gran aficionado, escritor y profesor, lleva más de 20 años trabajando con un tesón envidiable en el mundo de la didáctica del Flamenco en todos sus aspectos: culturales, lingüísticos, poéticos y musicológicos, al que él mismo aporta -me imagino que con suma paciencia y mimo- todo el acarreo personal de su experiencia en este campo, apoyado por una amplia y selecta bibliografía, ejemplos sonoros, etc.

Tras varios trabajos interesantísimos en el mundo de la investigación, el autor nos trae ahora, de la mano de Signatura Ediciones, el libro "Poética y didáctica del flamenco", un excelente tratado que pretende, en sus propias palabras, ofrecer al profesorado de Andalucía unas reflexiones metodológicas y unos materiales de apoyo para llevar el Flamenco a las aulas.

En una especie de carta de presentación, de la que es autora Caty León Benítez, se nos insiste en que "todos aquellos que sientan la inquietud, desde las escuelas e institutos, de contribuir a la divulgación del Flamenco por medio de un proceso sistemático, secuenciado e integrado en el currículum escolar, pueden hallar valiosas estrategias en esta obra". Yo estoy seguro que este nuevo trabajo de José Cenizo -que lleva tantos años trabajando sobre este tema con los alumnos de secundaria- se convertirá en un método necesario para todo el profesorado que intente acercar las raíces de nuestra mayor y mejor seña de identidad a unos niños y jóvenes que si no se acercan al Flamenco es porque, sencillamente, lo desconocen.

martes, 12 de enero de 2010

NOSTALGIA DE LOS VIEJOS FESTIVALES (2)

El año 1978, cuando yo era el responsable de las páginas flamencas del diario vespertino "Nueva Andalucía", dirigido por el afabilísimo periodista Javier Smith y corregido y maquetado por el incansable Francisco Anglada, una crítica que se publicó el día 1 de Agosto, con motivo de la actuación de José Menese en el Festival de la Mistela de Los Palacios, abrió una triste polémica entre el cantaor de La Puebla de Cazalla y el que esto escribe hoy como anécdota y recuerdo de tiempos pasados. Se cruzaron las réplicas, aunque firmadas por Menese escritas por su tutor, amigo y formador, Francisco Moreno Galván, y yo volvía a responder con más argumentos que creía a la medida de la crítica -hoy sigo creyendo que justa, aunque severa- que realicé en la citada fecha. Incluso muchos amigos de ambos intentaron, sin éxito, que las aguas volvieran a sus cauces. El tema de la crítica en cuestión -que no voy a citar aquí para no reavivarla, y que puede encontrarse en las hemerotecas- no merecía tanto gasto de papel inútil y tanto sinsabor. Recuerdo que mi querido y desaparecido compañero Miguel Acal, a través de su programa de La Voz del Guadalquivir, me hizo una defensa que para su currículum la hubiese querido Stampa Braun.
A los pocos días, en la plaza de toros de San Fernando, donde se celebraba su festival veraniego, fue Paco Herrera -por aquel entonces en Radio Popular- quien quiso que nos diésemos la mano para poner punto y final a tan desagradable situación. Tras un cruce agrio de palabras nos la dimos con recelo y ahí quedó aparcado el tema de momento.

Pasaron apenas dos semanas y el 8 de Septiembre yo presentaba el I Festival Flamenco "El Olivo" de la localidad jiennense de Villanueva del Arzobispo, que ofrecía un cartel ciertamente interesante: Carlos Cruz, Naranjito de Triana, Manuel Mairena, Curro Malena, Fosforito y José Menese en la parte cantaora; el baile de Manuela Carrasco, y las guitarras de Enrique de Melchor, Parrilla de Jerez y José Cala "El Poeta". Se dió la oportuna circunstancia que a Menese lo acompañó en el viaje Moreno Galván, con el que estuve largamente hablando antes del festival y al que le dije, amistosamente, que escribía muy bien las cartas del propio Menese. Paco, con esa nativa humanidad se reía como un niño y fue quien puso punto y final a tan desagradable episodio.

Le hice una presentación hermosa y nos dimos un fuerte abrazo en el escenario. Recuerdo esto porque son muchos los que creen que las polémicas deben ser eternas. Nada debe estar más lejos de eso. Se aplaude cuando uno se emociona, y son las palmas como especie de trofeo que se le tributa al artista. Se raja algunas veces con el bisturí no por el placer de cortar sino por la dicha de sanar. Y eso fue lo que quise hacer -tal vez torpemente, o muy valientemente- con aquel ya lejano comentario de Los Palacios.

Menese se entregó por entero, porque la noche así lo requería y era un maratón de fuerzas y de ecos incontenidos el que estaba teniendo lugar aquella noche flamenca, donde su cante por seguiriyas llegó arañando y pellizcando el rincón de la sensibilidad de los buenos aficionados que le aplaudieron fuertemente, muy fuerte, porque así lo mereció.

Yo también le apludí con todas mis fuerzas en Villanueva del Arzobispo.