martes, 19 de enero de 2010

ZAPATOS APASIONADOS (2)

Los zapatos de las bailaoras de flamenco tienen sentido y alma propia, se apasionan desde el corazón y hacen llegar los latidos al de todos los que tienen la suerte de contemplar ese momento único y ciertamente irrepetible. No hay en el flamenco guión exacto ni partitura como en la ópera. Todo es sentimiento y afirmación telúrica. Los zapatos, los que marcan el hálito de la tierra andaluza, están preñados de pasión, son zapatos apasionados para cada estado emocional: la madre Soleá, la Seguiriya y el Martinete, para exponer la hondura de una tierra bautismada por la pena y el sacrificio y marginada de por siempre; el Zapateado, el Garrotín y la Farruca, para el lucimiento de la vitalidad y la técnica, para que, con el movimiento y habilidad del redoble y la percusión, la artista demuestre su fuerza racial: -Zapatéate, gitana,/ zapatéate en el suelo/ si te rompes los zapatos/ yo te compraré otros nuevos; los Tangos, las Alegrías y las Bulerías para el desenfreno, para que todo el potencial del ritmo y del compás se abran, como mascarón de proa, en el mar embravecido de la danza: -Tus zapatitos enlunaraos/ están dejando lunares/ por el sitio en que has bailao...

Zapatos, zapatos, zapatos solemnes con garras de brío y furia en sus puntas y tacones; zapatos granates, rojos, negros, blancos, amarillos -como un parque desmayado en otoño en la figura de Manuela Vargas-, de lunares o de flores para el ritual de la magia: -Que tú tienes los tacones/ más floríos que los claveles/ que cuelgan de los balcones...

Zapatos que, al decir de la copla, deberían ser auríferos como el propio baile: -El zapato que tú tienes/ para salir a bailar/ merecía ser de oro,/ la suela de cordobán...; o rosas, para mejor complementar a la espigada bailaora: -Eres alta y buena moza/ y te falta lo mejor:/ unos zapatitos rosas/ y esos te los compro yo...

Zapatos que pisaron los antiguos cafés cantantes de mediados del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX en Sevilla, Madrid, Málaga, Cádiz o Barcelona: el de Silverio, el Novedades, el de El Burrero, el de la Marina, el de El Gato, El Imparcial, El Turco, La Alegría, Villa Rosa, La Capitana, donde bailaran La Malena, La Argentina, La Macarrona, Pastora Imperio, La Argentinita y su hermana Pilar, Rosario, la racial Carmen Amaya...

Zapatos que, abandonando los cafés, las fiestas, los cuartos de la juerga y los escenarios pueblerinos, abrieron -ya como reyes de la escena- los nobles escenarios del Bolshoi de Moscú, del Covent Garden de Londres, del Teatro Colón de Buenos Aires, del Metropólitan de Nueva York, del Teatro Real de Madrid, del Liceo de Barcelona, teatros de París, Caracas, Brasilia, Perú, Japón o Panamá, que antes habían abierto, solamente, los divos de la ópera y los grandes montajes teatrales.

Zapatos que inspiraron a artistas de todas las especialidades: Falla, Albéniz, Turina, Granados y hasta al ruso Glinka en la música; a pintores como Romero de Torres, Nonell, Anglada Camarasa, Capuletti, Grau Santos, Picasso...; a escultores como Mariano Benlliure, Cañas o Julio Antonio...



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