Cuando se apagan la gran araña del teatro y las candilejas doradas de los palcos; cuando se alza el telón de boca de rojo terciopelo para la liturgia del baile, la luz débil de un cenital apenas si va descubriendo los perfiles del rostro y las manos de un cantaor, que parecen flotar en el espacio. Negro el fondo. Negra la vestimenta. El espacio vacío -como acertaba Peter Brook- en espera del milagro. Suena el preludio de una guitarra llorando lentamente por Soleá, y nos envuelve, timbrada y rotunda, vieja de siglos, la voz del oficiante: -Zapatitos blancos/ ni son tuyos ni son míos/ de quién son esos zapatos... Lentamente, como tomando fuerza poco a poco hasta estampar una luna blanquísima sobre la escena, un foco va encendiendo el punto exacto del centro del escenario. Allí, mayestática y solemne, como una diosa soñada del legendario Al-Andalus, la bailaora alza sus largos brazos y los pararrayos de sus dedos en busca de no se sabe qué misterios, sortilegios, esperanzas, dádivas o duendes. Un traje granate, de cinco amplios volantes, semeja desde lejos el esplendor de la llama. Los zapatos, también granates, como el mantoncillo que malabarea entre sus manos, brillan sobre la escena cuando van a iniciar el rito de la salida: planta, punta y tacón para la llamada del ritmo; descenso del antepié para continuar la oleada del baile; paso arrastrado avanzando hacia adelante y, a un golpe seco de la guitarra compañera, en clara connivencia con los tacones, los zapatos girando, como veleta del Arte, bajo el eje vertical del alto cuerpo. Zapatos granates que giran y giran, locos de vientos, como si hubiese un charco de sangre en sus pies, tal como dijo el cronista Pablillos de Valladolid refiriéndose a Juana "La Macarrona".
Todo es pura escultura en movimiento y básica geometría cuando el cuerpo avanza, majestuoso, dibujando arabescos, marcando contorsiones, cigüeñeando con la rodilla derecha encogida mientras la punta del zapato de hematíes mira al suelo para cambiar de pie con la misma habilidad y rapidez con la que nos hacen sus trucos los ilusionistas.
Redoblan sus fuerzas las piernas tensas que dejan entrever con el desplante, tras la soberbia subida de los volantes en izada estampida, unos muslos morenos, torneados, sensuales, cercanos para soñar y lejanos de lascivia. Fuego alto, pira humana entre tercios y compases, entre desafíos donde los pechos de la bailaora son como enhiestas banderillas que se enfrentan, bien cerca, al morlaco del éxito, el aplauso, o la nieve.
Tac-tac-tac-tacatacatá-tacatá..., endiablada torrentera de palmas y tacones marcando los contratiempos. El cantaor redobla las palmas en un ejercicio medido en los que el hueco de la mano izquierda, dispuesto como una concha de mar, recibe de la derecha el golpe rápido, exacto, preciso y sonoro para marcar los tiempos, mientras sube su voz en espiral de gozos elevando los últimos alientos: Quién fuera collar de perlas,/ de tu cintura el llavero,/ de tu zapato la hebilla/ y alfiler de tu pañuelo.
Y la bailaora, ahora el talle encorvado,como queriendo guardarlo en sí mismo, ahora alta, con los brazos al cielo como Giralda de carne, parece que ha entrado en un estado transitorio de locura que irradia a todos los quicios del teatro, mientras suenan rendidos los aplausos. Ella, emocionada, sudorosa, exhausta por el esfuerzo, avanza hacia las candilejas doblando su cintura enjuta, cruza sus manos sobre los hombros, se inclina de nuevo, tira ramos de besos al espacio y agarra de cada una de sus manos al cantaor y al tocaor que le han acompañado para repetir la misma liturgia del sincero agradecimiento. Baja el telón de boca de rojo terciopelo y, tras santigüarse varias veces, camina al camerino, donde su vestidora le ofrece una toalla mientras le baja la larga y apretada cremallera. Ella, aún fatigada, se sienta en la banqueta y de nuevo inicia un rito singular que siempre suele hacer en solitario: se descalza sus zapatos granates, tan sudados como su cuerpo, los coge cariñosamente en su manos, los acerca a sus labios, los besa, les de las gracias y, en una hermosa caja de cuero negro pespunteado, una vez limpios y secos, los acuesta para que descansen hasta la próxima función, el próximo escenario, el próximo país, cuando de nuevo se levante el telón y el cante por Soleá la convoque, una vez más, al ruedo de los miedos: -Cuando sales a bailar/ con tus zapatos de raso/ te pareces a la reina/ cuando sale de palacio...
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