El sistema ideado por el bueno de Manuel -y digo bueno porque así lo demuestra su cara, que alguien dijo que es el espejo del alma-, sería digno de copiarlo en nuestros días, máxime cuando nuestro carril bici fluvial es ancho y largo.
Que vives en La Algaba y estudias arquitectura en Reina Mercedes, pues hala, pedaleando y de una puerta a otra, tocando la bocina de debajo de la barra por si ves que viene hacia ti una piragua o girando levemente el timón de dirección. ¿A la feria? pues a la feria, sin problemas, la aparcas en el Náutico y ya está. Este río, bien aprovechado, con sus afluentes más cercanos, sí que le quitaría clientes a ese metro en miniatura que nos han puesto y, además, no serían necesarios muchos de los cercanías que quieren poner. ¿Imaginan cuántas familias desde Alcalá del Río para abajo, o desde Sanlúcar para arriba: Lebrija, Los Palacios, Puebla, Coria y Gelves vendrían a nuestras fiestas patronales, feria y Semana Santa? ¿Cuántos gorrillas fluviales podrían ponerse quitándolos de la lista del paro? ¿Cuánto dinero no ganaría la arrendataria de "Seviciflú" por el alquiler de estas máquinas flotantes? ¿Cuántos y cuántos millones se ahorrarían en obras totalmente innecesarias con el nuevo sistema? ¿Cuántos mosqueos y sustos se evitarían los ciudadanos?
Si este sistema llega a inventarlo un francés o un inglés, ahora estarían llenas de bicis flotantes las aguas del Sena y del Támesis y, por supuesto las del Guadalquivir, porque nosotros siempre copiamos lo que se hace en el extranjero, sea bueno o malo. ¡Que inventen ellos!, dijo Unamuno. Y para una vez que los españoles inventamos algo, desde el municipio más cercano a Sevilla, como es San Juan de Aznalfarache, no sabemos patentarlo. Y es que no tenemos remedio.
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