viernes, 15 de enero de 2010

DESDE LA AUSENCIA

Desde la lejanía cercana en la que me encuentro, Córdoba, el río es una cosa que pasa, tal vez porque ella es hermosamente serrana, o porque bien sabe que el río al que se canta con especial veneración es una especie de acuerdo entre Sevilla-Triana-Sanlúcar. Con esa pena me levanto y acuesto cada día: con la de no ver mi río, compañero al costado de mi vida; con la de no sentir el pálpito de esa Triana anciana que he llevado en mis labios por todos los confines; con las de no pisar a diario la madeja de calles por las que fui creciendo; con la de no estrechar las manos de mi gente ni poder compartir con ellos el pan candeal de los versos.

La privación de ver a mi tierra nativa, de no tener el goce de clavar mis pupilas por todos los rincones que siempre me ampararon, es ser ciego sin serlo. Este desavecindarse de la raíz telúrica es el mal que me duele, cual puñalada seca. Este vacío, deserción obligada, pesa más en mi alma que la traición de un hijo. Esta soledad en la que vivo ahora puede más que el paisaje de la Sierra Morena que adorna mi escritorio. No soy serrano yo, aunque mi mano pueda, a un palmo de distancia, acariciar su lomo de espléndidos verdores y cantar con Machado, el gran profeta, la hermosura de copla que dejó en sus laderas: ¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!

No soy serrano yo, por más que tenga pegada a mi mirada la califal belleza de Medina Azahara, cuya lumbre borraron los siglos con sus vientos. De agua y de barro sí, de juncos y de aneas, de mástiles y jarcias, de velas y timones, pataches y vapores, carabelas y barcas que de siempre adornaron mis orillas, salinadas de historias allende los mares. Desde la ausencia, desde la nostalgia, desde el triste balcón de la diáspora, desde la carencia amorosa de mi arrabal, se amplía la voracidad de la memoria, se incrementa la hambruna del terruño, se duplican el amor, el corazón, la voluntad y el asimiento. Esta hambre de tierra nativa me hace soñar con ella con pasión lujuriosa, revivir en mi mente paso a paso mis días, acariciarla al tacto de sueños que provoco, rendir el albedrío a su espíritu vivo.

Desde esta lejanía en la que habito, desde el pretil sin barandales de un puente que nunca fue el mío, desde la azotea de otros paisajes, Triana me convoca a cada segundo y amo aún más los perfiles de esos hombres que en mí dejaron huellas, mis aceras, las esquinas de los primeros besos furtivos, los amigos a los que la distancia nos dejó huérfanos de palabras y emociones, y las mínimas cosas que hoy forman la materia de la memoria herida.

Ahora, más que nunca, está mi alma empapada de emociones, abierta a su lluvia amorosa, perdidamente franca al amor más profundo. Me atrapó el barrio en la red de seis letras que fueron las primeras que parieron mis labios: sonoras como el agua que cae en los aljibes, hermosas como todas las que forman un nombre con el latido rítmico de tres tiempos de gracia. Un día más su nombre supo llevarme hasta su orilla, sentarme en la zapata para ir desmadejando confidencias que me lloran por dentro carenando mi cuerpo.

¡Quién estuviera allí paseando su puente, acercando en los pasos mi corazón al suyo! Desde su otero mágico de barandas forjadas -palco para la historia del mundo navegante-, siempre niños mis ojos mirando el caserío con exquisita fe, cual el cura que alza el cáliz al cielo en la seguridad completa de que Dios va entre sus manos, con la que tiene el capataz en su martillo haciendo un nuevo Paraíso en cada levantá, con la pasión que un novio pone por vez primera su temblorosa mano en los pechos de la amada, con la religiosidad que requiere la pronunciación de su nombre.

Voy andando su puente en el recuerdo y es como si toda mi vida se llenara, de golpe, de gozo y resurrección. Se me nota en el rostro su presencia cercana, su corazón latiendo, alegres los amigos. ¿Qué habrá pasado al filo de los días, siglos más bien dijera, en que no estoy con ella? La amo tanto que hasta miedo me da acelerar la ruta en mis andares por creer que no existe. Todo es como un eclipse, borrón en mi cuaderno, mancha en el paño que al fin desaparece, noche oscura que espera el oro de la aurora para verte, Triana, como siempre te quise: amaneciendo, al alba, desnuda en tu paisaje.

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