viernes, 15 de enero de 2010

UNA TRAVESURA QUE SALIÓ MUY BIEN

Tuvo que ser el año 1956, y sí es seguro que en los días previos a la Navidad. Mis padres habían tenido que ir a Madrid a una cuestión médica de mi madre y me dejaron al cuidado de mi abuela paterna, que vivía en la calle Pureza, número 35, asistiendo como ama de llaves a un canónigo, don Miguel Bermudo, quien, aparte de los latines que tuviese que entonar en la Catedral de Sevilla, cantaba flamenco de bien para arriba, no sé si por aquello de su nacencia en Écija.

Pues bien, una buena tarde, acompañado de un primo hermano mío, un año menor que yo, pero más despierto, decidimos irnos al Teatro San Fernando -que yo conocía por asistir alguna vez con mis padres- al enterarnos de que había un espectáculo de no sé qué y a beneficio de tampoco recuerdo qué. Entre la bulla, nuestros dos cuerpos diminutos lograron sortear la entrada y colarnos al colosal recinto. Un teatro cuyo derribo jamás debe perdonarse Sevilla, entre otras atrocidades.

Lo que recuerdo bien es que una una vez empezado el espectáculo, y cuando bajó el telón para un próximo número, con esta guisa de la foto: zapatos Gorila, calcetines altos y una especie de gabardina abotonada hasta el cuello, aproveché el momento y subí las escaleras hasta el escenario y, no sé cómo, pero por supuesto con mucha caradura, o con la inocencia de la edad, comencé a recitar un poema que me habían enseñado cuando más crío: "El ratero balconero", y ante los grandes aplausos del público, que me crecieron como se crecen los toreros ante una buena faena, recuerdo que canté una parodia del célebre "Romance de valentía" que mi padre habría escrito, casi sin duda, para la murga de Manolín, con un estribillo que decía así:

Romance de Rosalía,
dando leña no está manca,
lo mismo pega en Sevilla
que en Soria o en Salamanca.

El teatro -como se dice en el argot de la exageración- se vino abajo y empezaron a caer sobre el escenario cientos de monedas de a gorda, reales, dos reales, pesetas y duros, que sin cortedad alguna me dispuse a recoger metiéndolas en los amplios bolsillos, mientras los aplausos continuaban y yo saludaba cortesmente al público, tal como había visto antes a los artistas. Nadie de la organización me llamó la atención y todo eran felicitaciones. A la mayor brevedad posible, salimos de allí antes de que cayera la noche y se asustara mi abuela; paramos en una pastelería de la calle Reyes Católicos para comernos un pastel a cuenta del gran óbolo y, en la misma cabecera del puente de Triana, en la orilla del paseo de Colón, había unos destartalados puestos que vendían figuritas de barro para el Belén. Creo que mi amor a la navidad y a los belenes me viene de aquella tarde avanzada cuando, con mi primer dinero ganado, compré varias docenas de pastores, ovejas con las patas de alambre y, por supuesto, a san José, María, Jesús, la mula y el buey. ¡Lo que daría yo ahora por haber conservado aquel primer tesoro de mi infancia!
Tras una regañina amable de mi abuela Emilia por habernos pasado de hora, y contándole el secreto con el juramento de que no se tendrían que enterar mis padres, mi primo José Manuel y yo éramos los más felices de la tierra en aquella noche. Lo malo fue cuando, al cabo de unos días, mi padre se presentó con la fotografía de esta página en la mano pidiéndome explicaciones. Yo quería que me tragara el suelo. Poco podía pensar en aquella aventura teatral que un amigo de mi padre, fotógrafo profesional apellidado Vilches -cuyo sello de tutoría todavía se ve claro en el reverso de la imagen-, le entregase a mi progenitor con emoción aquella instantánea y, además, le contase de principio a fin lo que allí ocurrió. Tras mis primeras lágrimas, y después de prometerle que no lo haría más, mi padre, que creo que se sentía orgulloso por dentro de aquella travesura, me abrazó y me dijo con cariño: -Hijo, al menos el dinero podías haberlo guardado para comprar una botellita de aguardiente para esta Navidad.

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