Isabel Bayón ya es, desde hace años, la gran bailaora que, al menos yo -y también sus maestros, Matilde Coral y Rafael- presentía que iba a ser. El tiempo vino a darme la razón con tres niños a los que apoyé desde sus más tiernas infancias artísticas: Isabelita -como así la llamábamos-, Manolito Franco y Rafaelito Riqueni. Tenían ese "algo" especial que parece sólo intuimos los bohemios, los que estamos tan inmersos en la vida del Arte que no deja de darnos sobresaltos y guiños de atención. Observaba a esos niños con paciente e ilusionada atención y aguantaba a sus padres con un estoicismo senequista y una paciencia aún mayor que la del santo Job. ¡Qué pesados eran los padres de los futuros artistas! Ni Sevilla ni Betis, ni Curro ni Paco Camino, ni blanco ni negro..., todas las conversaciones posibles en torno a esos niños que no se me atragantaban porque sabía bien lo que valían para la regeneración del futuro próximo. Con estos tres, al menos mi sufrimiento se vió compensado viéndolos triunfar, aunque, una vez con alas, ninguno de los tres se acordaron de que hubo un momento, quizás crucial, en que alguien les tendió una mano sin intereses.En esta vieja fotografía, a la izquierda de Isabelita, remedando hacer compás, está el bueno y pesado de su padre, Antonio, gran amigo y mejor persona, y a la derecha un Emilio, con 34 años menos, intentando hilvanar un tercio para el baile. El año fue 1976, cuando Isabel iba a cumplir 7 años. El lugar, la encantadora Peña "La Soleá de Triana" que mi compadre, Paco Parejo, tuvo el gusto de inventar en la trianerísima calle Alfarería, número 70, que logramos convertir en un gran templo del Arte Flamenco por el que pasaron todos los artistas, todos, en aquellos famosos y hoy nostalgiados "Los Jueves del Zurraque".
Cuando Isabel Bayón bailó por primera vez en nuestro reducto trianero, ya me aventuré sin temor a publicar en mis páginas flamencas de "Nueva Andalucía" lo siguiente: "Siete años son pocos para predecir un futuro sin miedo a equivocarse, pero los suficientes para crear una precisa solera que vaya haciendo madre en los venideros años, en los que el trabajo laborioso y el estudio sistemático serán las asignaturas más importantes -junto a las tareas escolares- para un triunfo que, años corriendo, todos presentimos importante". No, no fue una casualidad que dos años más tarde, con nueve añitos, donde Isabelita bailaba el público aplaudía a rabiar; ni que Antonio Mairena, tan conocedor del baile, le dijera emocionado que era una fuera de serie; ni que Pilar López, la gran maestra de la danza, le apostillara en el Teatro Alcázar de Madrid que era un niña con cincuenta años de sabiduría; ni que Antonio Ruiz Soler, en su despedida, cuando la sacó al escenario en el "Lope de Vega", la piropease con lágrimas en los ojos diciéndole que era "un monstruo del baile"; ni que muchos artistas de las tres disciplinas flamencas se emocionaran y se quedaran boquiabiertos con el baile menudo y frágil de esa criatura llena de inspiraciones a pesar de la edad.
Cuando aquello pasaba, y tan asiduamente, la casualidad no andaba de por medio, y sí la verdad, el arte y el genio de quien en aquellos años era una esperanza de futuro y hoy un presente esplendoroso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario