Cuando falleció mi Lola el 30 de enero de 2012, no sólo me quedé sin ella -que fue algo terrible- sino que me tuve que tirar a la calle a comer, literalmente, porque yo no sabía ni encender la vitrocerámica. Mal comía en los bares cercanos: unas tapas y vuelta a casa. Pero siempre he sido muy terco, una de las posibles virtudes con la que Dios me dotó. Y me eché a mí mismo el pulso de tener que aprender y hacerlo bien. "San Google" me enseñó mucho. Todo está en sus páginas. Tomé los manuales de la vitro y comencé a ensayar cómo se encendía, como se apagaba, qué potencia de calor tenía cada punto, y qué sartenes, ollas y cacerolas eran las más adecuadas para hacer guisos o cualquier otro tema.
Poco a poco, fui cogiéndole el gusto a la cosa: hacer huevos duros y saber freírlos con calidad, rellenarlos, gratinarlos..., cosas sencillitas. Viendo mis primeros y humildes éxitos culinarios, me atrevía ya a ir a los mercados de la ciudad y a los supermercados de las grandes superficies para comprar productos e intentar hacer platos más elaborados. Machacando el yunque un día y otro día, casi me echo a llorar en la cena de fin de año cuando vino mi hijo Emilio y su mujer, y otra pareja compañera. Tenía miedo, pero preguntando a unos y a otros -tienen fama los hombres cordobeses de cocinar muy bien-, les cociné una merluza a la vasca de la que todavía se acuerdan. Eso me animó para soltarme, para esmerarme aunque sólo fuese para mí. Y de ahí salté a la palestra familiar para incorporar algunos de mis platos a esas comidas generales que celebramos de vez en cuando en Valencina, en casa de mi hija Myriam.
Todo puede lograrse con algo de interés. Y yo, que ya he perdido el interés por tantas cosas, me he sentido totalmente feliz convirtiéndome en un "cocinilla" a la fuerza. No soy un amante de la gastronomía y como menos que un pajarillo nuevo. Por eso me siento feliz, muy feliz, de que los que prueban mis guisos y mis especialidades -que ya las tengo-, me digan a cambio: ¡Ay, qué rico, qué maravilla...!
El plato de la ilustración es un bacalao al estilo de mi amigo-hermano Juan Peña. Un plato que se prepara en veinte minutos y al que sólo hay que echarle amor, como él dice: un sofrito bien hecho, un poco de tomate triturado sobre el sofrito, unos buenos lomos desalados el día antes y sellados por la freidora, una lata pequeña de guisantes, una buena copa de brandy -yo normalmente lo adobo con "Centenario"- y a fuego medio. Cuando aquello ya dice que está dispuesto, la guinda la pone dos o tres cucharadas de tomate frito de lata y fresco perejil bien picado. ¡Y a comer!
Hoy, después de no saber nada de nada durante tantos años, disfruto cocinando, haciendo potajes con una suculenta "pringá", lentejas, chícharos, gazpachos de diversos sabores, croquetas a mi estilo -que son una delicia-; bacalao con leche y pasas, espinacas con garbanzos al estilo trianero, espárragaos esparragaos..., todo lo que se me ponga por delante. Y si tengo dudas que me asaltan, como las que me ofrece el atún, llamadas a los amigos o recurrir a "San Google". Todo es cuestión de paciencia y amor. Y elegir, por supuesto, los mejores productos del mercado. Al final, lo barato sale caro.
















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