HOY
ME ASUSTA MIRAR EL HORIZONTE
Quizá
mis lentos ojos no verán más el sur…
(Luis
Cernuda)
Ya no huelo jazmines de los
patios
de aquel corral en que murió mi
infancia
entre vecinos pobres que tenían
la sonrisa en los labios como
prenda valiosa.
No me ofrece la vida aquella
brizna sana
de luz y de color y de calor
humanos
que entraban en mi alma como
entra la abeja
al corazón nutriente de las
flores.
Parece que fue ayer cuando
estiraba
intensamente la gota de las horas
e iba sorbiendo el jugo empalagoso
que traía un almanaque de pocas
alegrías.
Ayer mismo volaba al tiempo que
ellos
con los pájaros grises de mi
corral vetusto
y remontaba al cielo mi cometa de caña
mientras mis ojos verdes volaban
en su seda.
Devoraba con ansia el horizonte
de mi río y mi calle de nacencia,
la acera de los juegos, mi
humilde caserío,
el rostro de mi madre
inmensamente bello y
hasta el casero olor del jabón de
mis sábanas.
Han sido dos suspiros, cuatro
días y medio,
dos golpes de reloj
funambulistas,
diez lágrimas saladas resbalando
y quemando,
siete muertes profundas con
setenta orfandades…
Parece que fue ayer cuando en
diciembre
viajaba la esperanza a las húmedas losas de mi
patio
y el olor de pestiños y alfajores
se me colaba adentro para nunca
olvidarlo.
Tapaderas de ollas aboyadas
y botellas del anís La
Asturiana
y chinchines cruzcampeando sones
daban agudos a los zumbidos
sordos
de un cántaro alfarero herido de
alpargatas.
Y mi abuelo, sobre su pierna
única,
me sentaba curtiéndome la cara
de besos y caricias y ternuras
que jamás mejoraron mujeres de mi
vida.
El mundo era tan chico entre mis
manos
que podía abrazarlo, acariciarlo,
olerlo,
sentirlo mío, porque mía era su
luz,
su libertad, su sencillez, su
matriarcado.
Ayer el olor del primer lápiz, de
la primera goma,
la pizarra de marco barnizado,
las líneas paralelas de un
cuaderno
que aún guardo con “mi mamá me
ama”.
Y don Ángel, de exquisita paciencia,
el vasco más canijo que yo he
visto,
y más deteriorado y más prudente
y con más miedo, formándome despacio.
Y en la húmeda pared de mi
colegio
un hombre que parecía un gigante
con bigote menudo, cara de mala
leche
y medallas colgadas del bolsillo.
Y otro, con los brazos cruzados,
cinco flechas y un yugo en la
pechera,
mirándome peinado con gomina
desde una juventud que le fue
breve.
Y un tío muy feo con lentes muy
redondas,
con un blanco bonete y una mirada
fría
que se fijaba en ti por donde
fueras
y se llamaba Pío, con un XII
romano
que don Ángel ya me enseñó más
tarde.,
Y mi padre llevándome a la sierra
para una tosferina interminable,
y el practicante cebándose en mis
nalgas
infantiles, moradas de Hepal
Crudo.
Me amamantaba a golpes de
silencio,
voces entrecortadas, brazaletes
de luto,
brazos en alto que cantaban sones
de un Cara al Sol que familiar se
hizo.
Y el niño que yo era iba
corriendo alegre
por las aceras y losas de los
patios
y triste se ponía entre los rayos
de un camión que pintaba, en
blanco y verde:
Liga Antituberculosa…
Hoy ya voy preparando entregar mi
cuchara,
doblar la esquina que jamás
nadie quiere,
dejarme, irme, alzarme por esos
altos cielos
en los que habrá familias y
amigos que encontrarme.
Sevilla-1972
Córdoba- 2015