
Hasta hay un libro, escrito por mi amigo y compañero Francisco Robles, sobre un apartado de los tontos, uno de los miles que hay en las diversas modalidades que la Literatura nos cita desde antes de Séneca a nuestros días más cercanos. Pero existen millones de citas sobre estas criaturas que nos rodean, algunos hasta licenciados por la Universidad Complutense de Madrid, por la de Salamanca o la de Sevilla, aunque la mayoría de ellos son graduados cum laude por si mismos y reconocidos ejemplares en la moderna cibernética. No hablamos aquí del clásico retrasado mental al que, desgraciadamente, en tiempos pasados denominaban como el tonto del pueblo. Aquí se habla del tonto que, aún sabiéndolo, alcanza más cuota de tonto cada día. Puede encuadrarse muy bien en el conocido como tonto de campeonato, es decir, el más tonto de los tontos. Dentro de las diversas especies que pululan por todos lados, existen los tontorrones, los tontainas -definición muy despectiva en la ciudad hispalense-, los tontucios, y los tontos del bote. Aparte de los de capirote -muy abundantes también en la urbe sevillana-, están los tontos de las pelotas -Ay, Dios, cómo crecen por día-, y los tontos de remate, que son como primos hermanos.
Si habrá tal cantidad de tontos habitando nuestro planeta Mundo, que las definiciones se disparan en cifras por todas las antologías sobre estos elementos, tan difíciles de apartar de nuestras vidas, porque cuando un tonto coge un camino...
Hay tontos del culo, como el que a mí me ha tocado en este último mes, aunque está dentro de todas las calificaciones; tontos con balcones a la calle; tontos de cojones; tontolabas; tontos de carreras; tontos a más no poder; tontos de solemnidad; atontados, atunes, babiecas, badulaques, pasmados, mendrugos, percebes, bobos; tontos de pacotilla; tontos de solemnidad; tontos demagogos; tontos de referencia...
Decía Confucio que había cuatro categorías de tontos: aquellos que habían nacido dotados de una gran inteligencia -no creo que sea el caso del tonto al que me refiero-; los que adquirieron grandes conocimientos con esfuerzo y estudio; los que son tontos a pesar de haber dedicado mucho esfuerzo al estudio, porque poseen poco conocimiento; y los que sin poseer inteligencia y sin haberse esforzado en el estudio, permanecen toda su vida en la más absoluta ignorancia.
Hay tontos amigables, simpáticos, enciclopédicos, alegres, tontos hiperactivos -porque hacen una tontería tras otra-; tontos ignorantes; tontos políglotas; tontos añejos; tontos radiactivos; tontos multifacéticos; tontos de iglesias; tontos enciclopedistas... Y así nos podríamos llevar una semana, faltándonos tiempo para completar la lista. A mí, por desgracia para mi tranquilidad diaria, me ha tocado un tonto sin remedio, que es aquel que nació tonto y tonto se morirá.
Son cientos las frases construidas sobre estos personajes abundantes, de las que sólo eligiré unas cuantas:
.- Eres más tonto que Abundio, que se fue a la vendimia y se llevó uvas de postre.
.- Hay tres clases de tontos: los que lo son, los que se lo hacen y los que quieren hacer tontos a los que no lo son.
.- Cada día que amanece, el mundo de los tontos crece.
.- No hay tonto que no se tenga por listo.
.- Un tonto engaña a cientos si le dan lugar y tiempo.
.- Sana alguna vez el loco, pero jamás el tonto.
.- Con tontos, ni a misa.
.- Jesucristo sanó a ciegos y a leprosos, pero jamás a un tonto.
Bueno, como muestra, queridos blogueros, creo que está bien. A mí, que jamás me ha tocado nada ni en cupones, ni loterías -la verdad es que poco me puede tocar porque apenas si juego-, me ha tocado un tonto locuaz que está dentro de todas las categorías citadas anteriormente. Lo llevo con mucha paciencia -que nunca me falta- y con la gran solidaridad que me han demostrado todos mis amigos que han plantado cara a este tipo que no es más tonto porque no entrena.