jueves, 10 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: JAUREGUÍZAR, JAUREGUÍZAR, JAUREGUÍZAR...


No es que diga tres veces el primer apellido de don Carlos de Jaureguízar Serrano como en el campo de mis amores se grita tres veces: Betis, Betis, Betis... Es que en la presentación de tan querido amigo, cuando llegó la hora de que tuviese que entregar la Mención Especial a don Rafael Infante, en la gran gala celebrada el pasado martes en los Reales Alcázares de Córdoba, me despisté de renglón y por tercera vez tuve que repetir su apellido para que me saliese correcto. Cuestión que en el gran ambiente de amistad que estábamos en torno al Flamenco se tomaron todos como un despiste natural que a cualquier ser humano puede pasar, y que ciertamente pasa en más ocasión de las que imaginamos. Don Carlos, cuando subió al escenario, me estrechó efusivamente la mano perdonándome con la mirada ese error que jamás se le puede permitir a un presentador. Los grandes hombres suelen demostrar su gran categoría con estos gestos. Todo el día había estado ensayando su apellido, y no es la primera vez que lo he pronunciado en público, ni la única en que así lo he nombrado personalmente. Mis amigos de los medios sonrieron y aplaudieron mi gesto cuando a la tercera -que dicen que siempre es la vencida-, dije con total naturalidad: Jaureguízar. 

Si tal vez el Presidente de Heineken España se apellidase López o Ramírez, no me hubiese ocurrido ese lapsus al que nadie le dio importancia, tan sólo yo. Si también yo estuviese mejor de la vista, tampoco nada hubiese ocurrido. Pero a don Carlos de Jaureguízar le debía estas líneas sinceras de perdón por esa mínima confusión; y a mi amigo Julio Cuesta, Presidente de la Fundación Cruzcampo, con la que llevo trabajando desde el año 1984, y con el que hablé al mediodía de ayer, esta disculpa de un desliz que existe en casi todas las presentaciones.

Mi Curro -Romero, por supuesto-, que sólo había uno, daba grandes tardes de inmensa gloria y algunos que otros bajonazos. En la entrega de "El Compás" -sin ser tan trágico- me ocurrió a mí, que no le puedo llegar ni a la suela de los zapatos, ni a él ni a la de todos mis compañeros de los medios de comunicación que allí se dieron cita.

Jaureguízar, Jaureguízar, Jaureguízar..., hablaba yo para mis adentros cuando salía del hermoso recinto de los Reales Alcázares recordando noche tan hermosa. ¡Y no se podía haber llamado García...!

Son cosas, cosas -también hermosas- que dan humanidad a la vida. ¡Gracias, don Carlos de Jaureguízar! Con mi petición de perdón va la penitencia de jamás errar sobre su primer apellido.


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