NO SÉ SI TE LLEGARÁ ESTA CARTA
Querida Lola: No sé por qué te escribo hoy si cada día te hablo una y mil veces y a ti me arrimo con la sonrisa en los labios y, dulcemente, te beso por las noches antes de que el sueño nos envuelva. Será que me estoy haciendo viejo y quiero refrendarte mi cariño por escrito para que quede constancia a nuestros hijos de cuánto te amé, te amo y te amaré.
Siguen hoy cantando los pájaros, y la buganvilla, con el sol de este frío febrero, está cuajada en rojos, como a ti te gusta. Me faltas unos días y ya ves: te cuento lo que bien sabes, lo que me enseñaste, lo que siempre nos ha emocionado de las pequeñas cosas.
Ayer me puse a espiguear por nuestros recuerdos y saqué del estante el álbum familiar. Cosas de viejos, ¿lo ves? Toda nuestra vida, o casi, estaba encerrada en aquellas fotografías sepiadas por los años, en aquellas sonrisas congeladas para siempre, en esos imborrables momentos que han conformado nuestras vidas desde que apenas si éramos niños que se asomaban a ella con desparpajo y lozanía. Fue conocernos y herirnos de amor los dos en la belleza de la juventud que galopaba en nuestros cuerpos. Teníamos veintidós años cuando nos juramos amor eterno ante el altar de Santa Ana, en el templo alfonsino trianero, y cuando pronunciamos, de propia voluntad, que habíamos de estar juntos en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separara.
Y vencimos la pobreza -¿te acuerdas?-, y combatimos los malos tiempos y no lograron hundirnos los naufragios. Y vinieron tres hijos, hermosos como tú, un poco menos hermosos que tú, y crecieron..., y se multiplicaron, y toda nuestra casa se llenó de risas, de alegrías, de llantos infantiles y de nanas de cunas, y de besos y más besos, y más cumpleaños, y más regalos de reyes...
Tan unidos están como nosotros siempre estuvimos y estamos. Son nuestro gran tesoro, lo que hemos conseguido con nuestro ejemplo cotidiano, los talentos que deberemos devolverle a Dios crecidos de rédito. Paso las hojas y, con ellas, pasa la vida por mis pupilas y veo que cada momento fue un segundo único, irrepetible, tan sólo tuyo y mío: nuestro.
Hoy me alumbran las canas, pocas, pero intensas de la plata vieja de los años. Sin embargo, tú tienes los ojos más verdes, como si tu mirada siempre quisiera poner un manto de esperanza bajo las nuestras. Así te veo siempre: como madre señorona que vigila todo y a todos, poniendo alegrías mínimas en un huérfano mundo de emociones, levantando tu voz sobre las otras, dando tus sermones con sesenta sonrisas deliciosas, distribuyendo el cocido inigualable en la mesa común de la familia.
Cuando una lágrima rueda por mi rostro, viejo, pero donde aún el arado de la vida no abrió el surco de la arruga, me doy cuenta, tristemente, de que todos los álbumes tienen principio y fin, y de que tu final fue pronto, demasiado pronto, inadvertido por inesperado, cruel e injusto...
Te escribo hoy sin saber dónde mandar esta carta, en qué sitio estarás, dónde tu cielo.
Por eso, casi prefiero seguir cuidando la canariera y hablar a tus plantas, abonar la buganvilla de tus sueños, cuidar torpemente la casa, besar doblemente a nuestros nietos, sentir que has ido a tomar café con tus amigas, a comprar al mercado..., pero que volverás, que estás a punto de llegar, de darme un beso o de ofrecerme la noticia grata de una íntima sorpresa.
No me hago a la idea de estar sin ti después de haber compartido toda la vida contigo.
Vuelve pronto, Lola, te necesito en la vida, en la casa, en el amor que siempre derramaste sobre todos los problemas que trae el almanaque. No te entretengas, amor, no te distraigas, no demores la llegada que necesito para darle el sentido a la vida que tuve y gocé con tu presencia.
Mañana, si Dios quiere, nos veremos.
Un fuerte abrazo, niña. Cuídate.