domingo, 12 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (32)


EL BOTIJERO

Venían con sus borriquillos, cargados los serones de búcaros o botijos, desde la cordobesa Rambla, desde Lebrija, o desde la propia Triana, para vender este utensilio doméstico que a todos los que ya peinamos canas nos ha acompañado desde la nacencia. Los búcaros de La Rambla eran blancos como la patena y de los más apreciados por su porosidad y marcado estilo. Recuerdo que era norma, al menos así se lo veía hacer a mi madre, "curtirlos". Para ello, se le fregaba con abundante agua por fuera y por dentro, echando en su interior una copa de aguardiente para quitarle el sabor acre del barro. Así se solía mantener un par de días, tras los que ya se hacía la operación sencilla del llenado final y se ponía sobre un plato para recoger el agua que el botijo "sudaba" durante la primera semana.

No había frigoríficos, y un buen botijo sobre una mesa, o colgado sobre la parra del patio en sombreado lugar, como era mi caso, era un auténtico milagro en los rigores del estío, un fiel compañero al que echar mano cuando la sed nos empujaba a tenerlo sobre nuestras manos. Creo que de ahí, de aquellos años de penuria y pobreza, me viene la afición de coleccionar búcaros de todas clases y todos los países. Su torneado me trae la imagen del humilde alfarero que le fue dando cuerpo, y su presencia en mi casa me evoca la de aquellos botijos que tentaban mis padres en las tórridas tardes veraniegas.

Los había de arcilla roja, que eran los venidos de Lebrija, menos porosos que los rambleños, y también de cerámica, poco prestos a refrigerar su contenido y más aptos para una sencilla decoración del pobre hogar. Siento no recordar el pregoncillo que estos hombres lanzaban al aire para publicitar su mercancía, pregones que nuestras madres sabían de memoria de tantos y tantos vendedores ambulantes como antes existían. Sí recuerdo a la perfección que cuando en una casa se hacía la compra de un búcaro, el niño imploraba a la madre que le comprara uno para su uso exclusivo, pequeños y muy bonitos. Muchos de esos tuve en mis manos infantiles. Hoy ya no hacen falta para calmar la sed de los años perdidos, pero un búcaro, un botijo nacido de los alfares más sencillos, siempre será un buen compañero de viaje.


5 comentarios:

  1. El vendedor de arriba acaba de recibir un pedido por el móvil...
    Sonríe siempre, Emilio.
    Voy a escuchar a Emilito...

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  2. Espero que aparezcan de nuevo por nuestras calles..., para el negocio hermoso de ambulante y para que los borriquillos, tan ayudantes del hombre, sigan viviendo.
    Espero volver a sonreír.

    Gracias, Ángel.

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  3. Precioso blog.
    No encuentro su correo, era para invitarle (por si es de su interés) a inscribir su blog en un directorio especifico para blogueros de Triana.
    Es una iniciativa que acaba de arrancar y que pretende promocionar lo nuestro.
    https://sites.google.com/site/directoriodeblogsdetriana/

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  4. Ya les he enviado todos los datos para que me añadan a la lista de blogs de Triana. Espero tener noticias vuestras.

    Un abrazo.

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  5. En los años 60, estando yo muy niño, recuerdo que en el patio de mi casa descargaba un camión muy viejo y desde allí con los burros iban vendiendo por toda la comarca búcaros, cántaros, tinajas, macetas, etc. Hablo de La Barca de la Florida.

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