Espero que a partir de hoy sean muy gratificantes estas pequeñas vacaciones, junto a mis nietos Daniel, Irene y Pablo en el Barceló de Punta Umbría. Tenerlos y disfrutarlos unos días es para mi un auténtico placer y un gozo infinito. Con ellos viviendo en Sevilla y yo en Córdoba, y aunque nos veamos muchas veces en todo el año, no todas las deseables, estos encuentros me dan la vida. Se olvidan de sus padres y están un poco más mimados con su abuelo, aunque en ese hotel sé que los monitores me los van a robar desde el primer día y que, entre juegos, concursos y distracciones, el abuelo Emilio va a servir de bien poco: sólo para contarles el cuento de cada noche y reírme con ellos en los momentos que pueda compartir.
El año pasado los llevé a esa modernidad del Parque Warner y al Zoológico de Madrid, dos días que no olvidamos. Deseo que esta semana no se les olvide en su vida. Son mi tesoro, mi genética para el futuro, y son unos soles que de seguro van a iluminar esa falsa "umbría" de la Punta onubense.
Se portarán tan excelentemente bien como lo han educado sus padres y como les ha insuflado su abuelo. Tiempo tienen para que, sin darse cuenta, le lleguen los problemas a su vida. Ahora, ¡hala!, a zumbar, bañarse y divertirse, convivir con otros críos, hacer amigos y educarse en sociedad...
Como siga la crisis, en vez de llevarlos el año que viene a Disneyland París, como les tengo prometido, me los voy a tener que llevar a la Velá de Santana, donde se pasa muy bien viendo la cucaña y comiendo sardinas. Lo malo es la calor. ¡Ay, esta calor sofocante de la meteorología y el euro...!