Cuando vuelvo a mi barrio y llego a su Altozano, es como si me cargasen las pilas del corazón y pasase una ITV emocional. El pasado sábado, acompañado por mi hermano Juan Peña, AVErricé en Sevilla a primera hora para pasar un día inolvidable. Son muchas las tardanzas y, cuando llega el día, hay que disfrutar de mi Ciudad de pitón a rabo dándole a cada minuto el afán que trae el Destino.
Llegamos al hotel y dejamos las cosas en la misma recepción. No queríamos perder un segundo. Y nos fuimos andando, despaciosamente, hacia el ateneo apócrifo de "El Ancla" para celebrar con una Cruzcampo fresquita la hora bendita del Ángelus. Nos encontramos felizmente con Ángel Vela, y mi amigo Juan nos invitó a "desayunar", a su forma, orilla de la Plaza de Cuba, en "Mariscos Emilio", con ensaladilla, ostras, bocas rusas y gambas a la plancha. No fue mal inicio. Caminando desde el Monte Pirolo por toda la Cava de los Gitanos hasta la de los Civiles, de nuevo, cerca de las dos de la tarde, volvimos a ese ateneo emocional que regenta nuestro amigo Manolo. Y cuando llegamos, aquello era una fiesta. Bailaores/as, cantaores, guitarristas, pintores y artistas de toda condición se daban cita allí. La tarde fue milagreándose y Antonio Saavedra, gran cantaor trianero y antiguo componente del grupo "Jarcha", fue animando el aire por soleá y bulerías, a las que acompañaba al baile el maestro Manolo Marín y algunas de sus alumnas francesas que pudieran haber nacido en El Zurraque. No pueden caber más personas en menos de 12 metros cuadrados, ni más Arte con mayúsculas. Las cositas de "El Bari"", de su hermano "El Chaque", el apunte de la gran Luisa Triana, los comentarios del pintor de Las Cabezas de San Juan Fernando Bravo, la presencia de Paco Arcas, la firma improvisada de su nuevo libro de Ángel Vela, las múltiples fotografías de "Gasán" fijando el momento para la eternidad... No se pueden explicar estos momentos únicos y verdaderamente irrepetibles.
Salimos de allí borrachos de emociones. ¡Esta es Triana!, la que parecía que había desaparecido cuando aquello de la especulación del suelo en la década de los sesenta echando a los trianeros a los polígonos de la periferia. La Triana telúrica, la pura, la sabia, el arrabal que más artistas del flamenco ha dado a través de los siglos. Este era en aquel punto y hora el barrio, el solar patrio, la tierra de los duendes, sin dinero a cambio -como dijo Cela- en su viaje andaluz.
Poca siesta, no más de media hora, para preparar la cita que nos convocaba por la noche, en un acto de la Bienal, en el Teatro de la Maestranza: el espectáculo de Manuel Moreno Maya "El Pele" con el título -tras la grave operación que sufrió el pasado año- de "Peleando y punto". Fue un acto patrocinado por la Fundación Cruzcampo, que tan admirablemente preside Julio Cuesta, y quien nos atendió con la delicadeza de costumbre. Para mí -y parece que me ha dado la razón la crítica general de mis amigos y compañeros de la crítica flamenca-, no ha sido su mejor intervención. Como me parece que dijo Pemán en su célebre poema popular de "Feria de Jerez": para poco cante, muy largo el jipío. No siempre se acierta. A mí me gusta "El Pele", gran amigo y extraordinario cantaor, cuando se duele en solitario, cuando astilla con sus ecos hasta la carena de los barcos, cuando te deja hirviendo la sangre en un ¡ay! por seguiriyas. No hace falta tanto acompañamiento ni tanta puesta de largo en una escena prácticamente inmóvil. Me quedé con su soleá, en la que habilitó varios registros de los suyos, con su seguiriya, y con la malagueña creativa que hizo con el acompañamiento del piano de Dorantes. El público -porque fue un gran espectáculo aparte de estas apreciaciones muy particulares- aplaudió de lo lindo. Eso es lo verdaderamente importante.
El remate del día fue una copa que ofreció Cruzcampo en una de las salas del teatro. Tuvimos la oportunidad de charlar un buen rato con Vicente Amigo y su guapa esposa, con Farruquito, con El Pele, con los amigos de la prensa y del arte y con muchos amigos a los que no veíamos hacía mucho tiempo. Cuando salimos del Maestranza, llovía a mares. Un taxis paró milagrosamente para acercarnos al mercado de Triana, a su antigua "plazabastos", que ya funciona por la noche con excelentes sitios para tapear y cenar. Mis amigos Elisa y José Luis Jiménez nos esperaban, junto a dos amigas amantes del Flamenco, para invitarnos a cenar en un local muy gitano de buen manjar y excelente bodega. Aspiramos los penúltimos momentos y, tal como si el diluvio universal hubiese aparecido de nuevo, llegamos al hotel Monte Triana. Tres horas de descanso y vuelta a Córdoba. A las diez de la mañana del domingo ya nos había cambiado el paisaje y el paisanaje. El alma, aún siendo otoño, estaba totalmente florida de emociones.