Pocas cosas hay más que me desmoralicen que un incendio forestal, la quema de nuestros pastos y bosques, la de esos paisajes naturales que hemos tenido la suerte de gozar y disfrutar en tiempos aún no muy lejanos. Cuando veía el televisor con mi mujer y salían las imágenes de bosques ardiendo por el paisaje de España, como un papagayo yo siempre repetía la misma frase, la que da título a esta página: ¡Que sigan, que sigan...!, como queriéndole dar a entender que era la muerte de lo poco que nos quedaba a los hombres amantes de la Naturaleza. Cada noticia, era, y sigue siendo, un puñal en el alma. Se queman cada año hectáreas y hectáreas -normalmente por el capricho de un desaprensivo- sin que las comunidades autónomas pongan algo de su parte en evitación de estos desastres que alguna vez que otra suelen cobrarse vidas humanas, aparte de la flora y fauna.
Desde principios de los años setenta descubrí junto a mi mujer los hermosos parajes de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, recomendado por un compañero de trabajo que se dedicaba a anillar aves. Cuando por primera vez atravesé el control de Burunchel, me produjo la sensación de haber pasado de las prisas y agobios cotidianos a la tranquilidad más absoluta. ¡Qué paz, qué tranquilidad y qué hermosos paisajes! Pero a la entrada de este Parque Natural había una barrera, y un guarda forestal que te pedía la documentación, que te apuntaba la matrícula, marca y color del coche, que te hacía abrir el maletero para ver si portabas armas, y que, además, te preguntaba en qué hotel, casa rural u hostal pensabas alojarte. Aquello, que sólo consumía varios minutos, me parecía magnífico, porque entendía que era la única forma de saber cuánta era la población del Parque en esos momentos para en caso de una posible evacuación, y porque la toma de datos de seguro que haría pensar a alguno que llevase malas intenciones.
Ibas por el hermoso camino hasta el "Hostal Mirasierra", que es donde nos hemos hospedado durante cuarenta años, entre la llamada Torre del Vinagre -que es el museo de la sierra- y Coto Ríos, un precioso poblado forestal, y cada dos por tres veías a los agentes forestales en sus labores de limpieza de matorrales, cunetas y árboles caídos. Pocos años duró ese sueño de un parque idílico al que ya empezamos a llevar a los niños y donde nos lo pasábamos estupendamente. El hostal cambió de dueño. Diego se le dejó a su hijo, un excelente anfitrión de cuantos nos hospedábamos allí. Por aquel tiempo, sólo había habitaciones humildes con un retrete y un baño común por planta. Con el tiempo, el hostal llegó a parar a manos de un gran hombre y una gran mujer: Benigno y Pilar -la mejor cocinera del mundo-, que dejaron las manos del negocio, sin apartar la vista, en sus hijos Efi y Reyes, y en Narciso, camarero desde que nació y fiel a la casa, que contrajo nupcias con la guapísima Efi. El negocio fue prosperando con la juventud, y ya es un hostal con estupendas y cómodas habitaciones, con aire acondicionado, y dotadas con televisión, señal para internet y una excelente decoración, aparte de que la cocina siempre se ha mantenido con la misma calidad. Ya tiene piscina, servicio de bicicletas, etcétera. ¡Lo que va de ayer a hoy!
Pero mientras este negocio ha ido para mejor, y todos los de tan hermosa sierra, desde que la Junta de Andalucía tomó para sí la dirección del Parque, aquello ha sido un desastre, un auténtico desastre. Eliminaron los dos únicos controles: el de Burunchel y el del Pantano del Tranco, la suciedad de sus cunetas es inadmisible, cerraron la piscifactoría del río Borosa -que era uno de los grandes attractivos-, el río Aguamulas está de pena; los caminos, olvidados de la mano del hombre, so pena de tener que cambiar los cuatro neumáticos del coche para ir al nacimiento del Guadalquivir...
Eso sí, la propia Junta, a nombre de terceros, ha construido hoteles de lujo en algunos parajes especiales, y algunas que otras fincas para uso y disfrute de sus mandamases. Pero el Parque está abandonado a su suerte. Importantísimo fue el incendio de 1986 en los alrededores de la Torre del Vinagre, en el que se quemaron más de mil hectáreas; pero el más triste, por la belleza anterior del paisaje, fue el de El Puerto de las Palomas en el año 2001, parada obligada para cuantos entrábamos al espacio natural. La vista era una auténtica maravilla. Más tarde fue el de los alrededores del pantano de El Tranco... Y así, así, nos han echado a todos los que amábamos esta naturaleza. Desde que sucedió el incendio de El Puerto de las Palomas, me resistía a seguir viajando a Cazorla- lo que solíamos hacer dos o tres veces al año-. Era deprimente ver aquella inmensa superficie de 800 hectáreas calcinadas, pensando, además, en cuantos animales murieron. De todas formas, como a Lola, a mis niños, a mis nietos y a mí nos gustaba tanto aquello, seguimos fiel a nuestra reserva en el hostal de nuestros amigos Efi y Narciso. Cuando ocurrió el incendio de El Tranco, tiramos la toalla y ya no fuimos nunca jamás. Mi amistad con los dueños del hostal sigue como en el primer día. Ellos son los primeros que se quejan de la dejadez que la Junta de Andalucía tiene sobre el Parque. Lo mismo ocurre en Doñana, y en todos cuantos parajes naturales hermosísimos de Andalucía media la mano de la Junta, de los nuevos señoritos, de los recientes caciques que no tienen ni zorra idea de la administración de un Patrimonio del pueblo andaluz.
Recuerdo que en la época del dictador, se hizo una campaña que todavía recordamos los que ya peinamos bastantes canas: "Cuando el monte se quema, algo tuyo se quema", slogan al que el genial Peridis añadió la apostilla de... señor Conde, por aquello de los grandes latifundios españoles. España ya estaba muy quemada tras la incivil guerra, pero es una pena que, cuando llegamos a conquistar la anhelada Democracia, los políticos miren para otro lado cuando España arde por los cuatro costados, siempre echándole las culpas a los pirómanos, pero jamás a la desidia de los cuidados que las masas forestales deben tener los trescientos sesenta y cinco días del año. ¡Qué sigan, que sigan...!