Por fin termina el largo y soleado octubre, mes que ha estado tan loco como los acontecimientos que nos están rodeando últimamente. Pero ahora entra el triste noviembre, que este año se presume acelerado de algaradas propagandísticas, vallas con las caras de los que nos piden nuestros votos -¡vaya caras!-, prensa atiborrada de anuncios propagandísticos, pasquines, programas de radio pagados y sin pagar, debates, insultos..., y un poquito más de lo mismo, como cada cuatro años. Noviembre empieza triste, como siempre, con el recuerdo a nuestros difuntos y con la imagen abarrotada de cementerios. Triste como en los versos de Lorca, frío como las losas que cubren a nuestros familiares, desabrido de días grises y noches lentas...
Pero pasará este puente y todo se convertirá, enseguida, en una nueva feria de vanidades. No será la de los discretos de Baroja, sino la bullanguera, vocinglera, chabacana y ordinaria a la que nos tienen acostumbrados los polìticos. Para mí no es un mes de alharacas, ni de alegrías, ni de izar unas banderas de posible triunfo que muy bien pueden arriarse tras el recuento de los votos.
Como no es un mes de mi agrado, me quedo con el dolor íntimo de ver a mi país como una almoneda en espera del mejor postor. Lloro por dentro amargamente, voy a votar como buen ciudadano y dejo la pureza en blanco de mi testimonio.