No voy a negar, por supuesto, la evidencia del maltrato a la mujer que, en una sociedad estructurada desde antiguo como machista, se llegó, tristemente, a considerar como norma. De esto no hace mucho tiempo, y mi memoria infantil aún guarda imágenes muy desagradables de hechos ocurridos en mi corral de nacencia y en las calles de mi crianza. Alabo, pues, las grandes conquistas en este tema del género femenino y el esfuerzo que han realizado las instituciones gubernamentales y las asociaciones feministas en pro de los derechos más elementales que, desde siempre, han debido asistir a las mujeres. No comprendo, jamás podré entenderlo, cómo un hombre se atreve, por la causas que sean, a levantar la mano a quien es su amiga, su compañera, o la madre de sus hijos. Tampoco entiendo -y en esto tiene toda la culpa el gobierno de la nación-, por qué una mujer, con la misma capacidad que el varón para realizar una labor, tiene que cobrar menos por el mismo puesto de trabajo. Esto también debería estar considerado como maltrato de género.
Dicho ésto -y poniéndome de los nervios cada vez que leo en la prensa un nuevo caso de maltrato-, pienso que si de lo que se trata es de igualdad, deberíamos, aunque sea de vez en cuando, echar una mirada al género masculino, siempre sospechoso, por el hecho de ser hombre, de ser un maltratador. Mis años me han dado cierta experiencia en conocimientos de vidas: las de compañeros, amigos, jefes y conocidos, y por eso puedo decir en alta voz que también son muchos los hombres maltratados -sobre todo, psicológicamente-, y que aguantan carros y carretas, posiblemente por aquello de ser hombres, a esas mujeres que desde que se levantan hasta que se acuestan sólo tienen la idea fija de hacerles la vida imposible. Es una pistola sin pólvora, pero que mata más que un arma en manos de unos terroristas.
Recuerdo una vez un caso en mi puesto de trabajo. Un gran almacén da de sí lo suficiente para rodar siete películas de gran metraje. Fue en el supermercado. El hombre era uno de esos a los que podemos llamar buena persona, prudente y callado. Pánfilo, le llamaba ella a gritos, ante el giro de los rostros de todos los compradores. ¡Es que eres tonto, más que tonto, gilipollas! Y, además, la dama -más fea que la bruja del tren de las escobas- se iba creciendo ante las atentas y atónitas miradas. Tan abochornado vi a aquel hombre, que tenía cara de maravillosa gente, que dejé el trabajo que tenía entre manos y, jugándome el puesto, me dirigí hacia ella y le dije: -¿Sabe lo que a usted le pasa, señora? : ¡Por suerte para usted y desgracia de su marido nadie le ha dado un buen guantazo a tiempo. Deje usted de dar el escándalo y váyase antes de que llame a la guardia de seguridad! Los curiosos, tan cabreados como yo por lo que estábamos viendo, tímidamente empezaron a aplaudirme hasta llegar a un aplauso fuerte y general. Ni que decir tiene que me fui al director de mi centro y le comenté lo sucedido esperando una bronca con advertencia. Pero él, sabiendo de mi sinceridad, me dio un abrazo y hasta me felicitó por la contestación.
Fue en este septiembre pasado cuando me llevé otra sorpresa. Se inauguró una cafetería al lado de mi casa, en el mismo bloque. El camarero de la terraza era un tío magnífico, rápido y profesional. Un buen día llega una mujer, se sienta en un velador de la misma y pide una consumición. Al poco rato, llega la policía, esposa al buen camarero y se lo llevan. Van varios testigos del hecho al juzgado y el juez ordena su ingreso en prisión por "quebrantar la orden de alejamiento". Pregunto después a estos amigos y me dicen que dicha mujer es una pécora, y que ha ido a la cafetería para tenderle una trampa, para arruinarle la vida al chaval. ¿Me pueden decir algo de esto las feministas acérrimas?
No doy el nombre, pero sí puedo decir que fue un gran poeta del siglo XX, una persona admirable a la que tuve el gusto de conocer. La mujer le amargaba a cada hora la vida y siempre le amenazaba conque un día u otro vendería su biblioteca, cifrada en más de 20.000 volúmenes impagables.
Otro caso que recuerdo de un gran amigo mío de pinceles y de farras, del que tampoco doy el nombre porque su protagonista está muy vivo y pintando maravillas. Un gran pintor de un pueblo de la sierra cordobesa, residente en Sevilla, considerado como uno de los mejores acuarelistas del pasado siglo y del presente. Su mujer, delante mía y de sus amigos, le decía: -¡A ver si dejas de pintar muñequitos y te pones a trabajar en serio! Ni que decir tiene que sus marchantes hacen cola en la puerta de su casa. ¿Qué nos aconsejarían las asociaciones feministas a este respecto? ¿Es ella la maltratada, o más bien la maltratadora?
He visto, y sigo viendo, amigos que, béticos o sevillistas de nacimiento, no visitan el Benito Villamarín o el Sánchez Pizjuán porque la mujer se lo han prohibido, so pena de que "allá ellos". He visto escopetas de caza oxidadas, dominós guardados en sus cajas desde hace años... No son hombres vagos, ni sufriendo la calamidad del paro: son hombres que se levantan para ir a sus trabajos a las siete de la mañana y vuelven a las once de la noche. La mayoría no son bebedores, ni mujeriegos, y sólo tienen ese desfogue ante tanto estrés. ¿No son estos hombres maltratados por aquellas que hoy quieren ser superprotegidas por la sociedad y las instituciones?
¿Por qué en vez de machismo o feminismo no hablamos de igualad entre humanos? Creo que existen por igual asesinos de la libertad de uno y otro género. Si me apuran, más sibilina es la muerte si viene enguantada en las manos de una mujer.
¿Por qué -sigo preguntándome- no se habla jamás del hombre maltratado? Quizás, es porque son muchos, más de la cuenta, aún más de la suma que siempre realizan las asociaciones feministas a su favor, o en su contra.