Aunque estaba muy cansado por tantos viajes seguidos en las dos semanas anteriores, ayer, a las 7'55, salía en el AVE para Sevilla, y desde Santa Justa me acercó un táxis a mi corazón de arrabal, el que marca mis latidos desde la Plaza del Altozano. Una mañana preciosa cuando llegué, que se aventuraba a un día de luz magnífica y de mucho calor. A las nueve, con mis amigos José Luis y Elisa, ya estaba recorriendo la vértebra de San Jacinto buscando la Cava de los Civiles para que ellos desayunaran en "El Horno", mientras yo me pedía una copita de anis dulce, tradición con la que sólo cumplo en los días grandes: y el Corpus Chico de mi barrio siempre lo es. Me puedo perder muchos días de fiestas de mi arrabal, pero nunca éste: Triana huele a pueblo con la juncia y el romero, con sus balconadas engalanadas, con sus altares callejeros... Siempre ha sido para mí el mejor día del año, quizás porque recuerde cuando revivía hace ya muchos años, en los de mi nacencia, esta misma celebración pasando por la puerta de mi corral y sonaban trompetas y tambores...
Era un placer recorrer la calle Rodrigo de Triana viendo sus hermosos altares, montados por unos vecinos que se habían llevado trabajando toda la noche para el esplendor del barrio y el recibimiento de Dios paseado y paseante por sus perfiles. Jamás decae esa fiesta en la que he notado bastante mayor cantidad de público que en años anteriores. Las calles estaban llenas, clara señal de que hay que rescatar las cosas populares, y eso que la Tenencia no ha tenido el detalle, como sí hizo el pasado año, de poner banderolas en El Altozano y San Jacinto. Evidentemente estamos en crisis, pero no tanto como para quitar una decoración vistosa que vale tres perras gordas. También se notó, en la propia calle de la Tenencia de Alcaldía, de que no había montado ningún altar. O no se han tomado el trabajo de montarlo, o no había dinero, o es que en esta calle no vive nadie de la "piompa" tradicional y conocida y vamos a tener que ir en busca de los mariquitas trianeros a los polígonos de la Ciudad.
El ambiente se iba animando camino de la Real Iglesia de Santa Ana, mientras los hombres encargados de desparramar el oloroso romero por las calles iniciaban su trabajo llenando el arrabal de los recuerdos aromáticos de nuestra vida.
Más y más altares, todos hermosos. Nuestro paseo siguió por la Plazuela, Bernardo Guerra, Pureza y Altozano, esperando encontrarnos la comitiva a la salida de Rodrigo de Triana. ¡Vean qué gusto en retablos y balconadas!
Triana tenía el sabor de mis días de niño: olor a romero y espliego, a lavanda. jara y juncia, a incienso quemado, a vela derretida, a alcanfor y naftalina de los mantones y colchas guardados desde su Semana Santa; olor a tahona vieja, a dulces de fogones comunales, a aguardiente mañanero, a sudor de costales y a puros de tardes maestrantes. Este año había más gente, bastante gente más. En años de crisis todos quieren acercarse a Dios para pedirle algo. Yo me acerqué desde Córdoba para pedirle también: para rogarle que calme mi soledad, para pedirle la tranquilidad necesaria para mi vida, para llorarle por mi ausencia..., aunque sé que son cosas que ya no se llevan. Pero nadie hay quien me quite mi mañana de este Corpus pueblerino, en la que disfruto más que en la de un Domingo de Ramos. Disfruto viendo los perfiles de mis calles y de mi gente, mis espacios llenos de luz, mis rincones jamás olvidados...
Tras una mañana en la que me encontré con muchos amigos: Rafa Martín Holgado, Pepa Montes y Ricardo, "El Huelva", Paquito Bulerías y Paco Solis, Godino y mi amiga Rocío, cuando me volví en el AVE de las 12'30 me venía cargado de besos y de aromas, de amistad, de una belleza tan pueblerina que no se puede contar con palabras. En definitiva, me venía cargado de Dios, con la falta que me hace.
Este es siempre mi gran día. Abandoné los de Pasión por las grandes bullas que tanto me marean. Dejé de ir a la salida del Cachorro por lo mismo. Más viejo ya, sólo voy -si el tiempo acompaña- a la mañana del Domingo de Ramos y a la salida de la Hermandad del Rocío. Pero ningún día como éste, ¡qué va! En mañanas como esta es cuando Triana vuelve a convertirse en pueblo, lo que siempre ha sido, por muchos Remedios añadidos y mucha modernidad de la Torre Pelli. Triana, cuando quiere, como en esta ocasión, una vez más, hace las cosas de lujo. Quizás sus destinos de fiestas y festejos haya que dejarlos en manos de sus hermandades. Ellos sí saben de estas cosas de una justa parafernalia y barroquismo.

































