Como en aquel célebre cuplé de la Piquer, este fin de semana os tengo que contar muchas cosas, tantas cosas que no me han dejado ni cinco minutos libres para sentarme ante el ordenador y poner alguna nota de lo que me ha ido ocurriendo en el transcurso de estos días. Me jubilé para hacerme sedentario y, sin duda por suerte, estoy viajando más que Willy Fox. No le estoy dando la vuelta al mundo en 80 días, pero sí estoy todos los días dándole vueltas a mi pequeño maletín preparando los calzoncillos, los calcetines, pañuelos y camisas para ir medio decente a donde se me convoca.
Si la semana pasada estuve en Barcelona para ver la puesta en escena por medio de un ensayo del primer espectáculo de la Academia de las Artes y Ciencias del Flamenco, el pasado martes tocó visita a Triana acompañado por dos excelentes amigos cordobeses, los hermanos Juan y Pepe Peña, para reunirnos con la charpa que nos esperaba para el almuerzo. Como teníamos suficiente tiempo por delante, nos dimos nuestra vuelta de ruta turística por el Ateneo "apócrifo" de "El Ancla"; nuestro paseo por la plaza de abastos -antiguo Castillo de la Inquisición-; por las muchas cerámicas del barrio y, bajo un aguacero de por aquí te quiero ver, haciendo nuestra primera parada culinaria en Casa Manolo, paraíso de las tapas y donde siempre pido un platito de calamares a la riojana, que por mucho que me empeño nunca logro hacer en mi cocina como ellos.
Pasado el chaparrón, seguimos la ruta y nueva parada en el Altozano, donde nos esperaba Ángel Vela y Manuel Melado, y donde se unió nuestro buen amigo Eligio, tan experto en la amistad como en su negocio de mayorista de mariscos. Al final, como era lo pactado, nos encontramos con dos miembros más del "sanedrín" en un recoleto restaurante de la calle Rodrigo de Triana, que lleva el nombre sonoro del barrio, en pleno corazón del arrabal, uniéndonos a nuestros queridos Juan Cembrano y José Luis Jiménez. El almuerzo fue una pasada que rompió todas las promesas de austeridad que suelen hacerse después de las fiestas de Navidad. Entre los entrantes, las tonteridas de la casa y el cochinillo, la verdad es que cuando regresamos nos cobraron en el AVE una tasa especial por sobrepeso. ¡Qué barbaridad! ¡El almuerzo de un obispo, con perdón eclesial!

Ni que decir tiene, para que el personal lo sepa, que la mayoría de estas delicias gastronómicas se las engulló nuestro amigo Manuel Melado, con mas saque que una destilería china, apoyado con extraordinaria ayuda por Juan Cembrano, que también come más que una lima sorda. ¡Qué barbaridad, cómo se le ponen los ojos cuando ven correr los platos, y que manos más diligentes, y cuánta rapidez en el envío! Y todo esto sin necesidad de "Alka Seltzer": a pelo, servilleta y mantel.
En la sobremesa, Pepe Peña, al que no he presentado, maestro de magos en todos los congresos de magia del mundo, que más se parece en su aspecto humano a un cura de los antiguos, nos volvió locos con cartas y monedas, papeles que se convierten en billetes de curso legal, naipes que aparecen y desaparecen..., y toda esa magia realizada con todas las miradas pendientes de sus manos, sin que todavía nos hayamos enterado de cómo lo hizo. ¡Magia! Nos reímos de lo lindo, brindamos varias veces por la vida, por la salud y por los nuestros. Cuando José Luis nos acercó de vuelta a la estación de Santa Justa, todavía se creía que llevaba en la palma de su mano un dolar de plata que le puso -o jamás le puso- el amigo Pepe Peña. Nos dimos el último abrazo y nosotros tres llegamos a Córdoba con los rostros llenos de felicidad por un día inolvidable al que la lluvia no pudo vencer. ¡Qué maravilla es la amistad de este sanedrín que ya está esperando el martes de Feria para volver a las andadas de una buena comida, alrededor de unos últimos chistes, de un buen poema y de sabrosas anécdotas! Esta gran amistad, precisamente, es la que a nuestra charpa -que tanta hambre pasó en la posguerra- nos está salvando de la crisis.
No me dio tiempo de deshacer el maletín, cargado de libros de mis amigos Ángel Vela y Manuel Melado, cuando al día siguiente, el miércoles, tuve que volver a Sevilla para llevarme en ella dos días empleados a fondo con reuniones de la Academia de las Artes y Ciencias del Flamenco. El camino desde Córdoba a Sevilla, de ida y vuelta en los dos días, lo hice con el cantaor Antonio Fernández Díaz "Fosforito", la última "Llave de Oro del Cante", amigo desde hace más de cuarenta años, y su mujer, Maribel, tan encantadora como siempre. Hablamos en el corto viaje de lo humano y lo divino, de los antiguos festivales, de los artistas, de la familia y, por supuesto, de lo que nos convocaba a la ciudad: una serie de largas reuniones para afinar los dos actos que tendremos en Sevilla en el próximo mes de febrero: una rueda de prensa en la Fundación Cruzcampo -que tanto y con tanta generosidad nos está ayudando en este proyecto-, el día 14, y la puesta en escena de la primera programación de la Academia, en el teatro "Lope de Vega" el día 18. Para pegar las últimas puntadas, nos reunimos con la concejala de Cultura del ayuntamiento sevillano, María del Mar Sánchez Estrella, que nos recibió con una cordialidad inusual en los políticos y con una complicidad muy afín a nuestros altruistas fines, cediéndonos, libre de toda carga, las instalaciones del teatro y apoyándonos en el proyecto.
Salimos de allí tan contentos que nos tomamos unas regadas tapas en la calle San Eloy, nos fuimos a almorzar y seguimos trabajando hasta cerca de las nueve de la noche en compañía de muchos artistas que están inmersos en el tema y que puede contemplar -si amplían la foto- en la siguiente imagen.

Al día siguiente, es decir, anteayer, reuniones desde las diez de la mañana de la Junta Directiva y cierre de puntos, como el de la carta enviada al Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía para que apoye el proyecto y no haga oídos sordos como la directora del Instituto del Flamenco, María Ángeles Carrasco, que pasa del tema como titular del departamento. Cuando las bases no responden, no hay más remedio que acudir a las cabezas, que posiblemente estén ignorantes de este tema tan importante para el Flamenco a nivel internacional. ¡Así se escribe la historia! La Junta es la que tiene la mayor y más desperdiciada estructura para que el Flamenco se convierta en una realidad mundial. La marca "España" (Ñ), pasa por el Flamenco, que es lo que los turistas de todo el mundo reclaman cuando vienen a nuestro país. ¿Qué le ofrecemos? Nada. ¿Qué llevamos a Nueva York y a centro Europa cuando se pide lo mejor de nuestras raíces étnicas? Pues unas niñas que todavía no han bailado con una escoba, guapísimas y de culos y pechos hermosos, unos bailaores que son auténticos golpes de metralletas, y unos cantaores que sólo son caricaturas de nuestros grandes genios.
Personalmente, he llevado muchos proyectos adelantes, de todos mis amigos conocidos. Fui fundador de la Bienal de Arte Flamenco de la Ciudad de Sevilla -hoy, la convocatoria flamenca más internacional-, y pertenecí a su Patronato hasta que el "Frente de Juventudes" del PSOE se hizo con él. Fui alma mater, junto a Enrique Osborne, de la creación de la Distinción "Compás del Cante"..., y de muchas cosas más. La verdad es que me encantan todas las propuestas que intentan crear algo. Un inicio de un proyecto te infunde miedo, y por eso quiero decir que los comienzos son siempre muy difíciles, pero son siempre aleccionadores. Si hay voluntad de un equipo, las cosas se logran. Por eso estoy metido en este proyecto que ya está dando sus frutos. El Flamenco, su identidad, necesita un trato especial que la propia Junta de Andalucía soslaya. Nuestra Academia de las Artes y Ciencias del Flamenco quiere llenar ese hueco que, ante la torpeza de los políticos de turno, sólo puede lograr la iniciativa privada, sin duda con menos dinero, pero con sobrada ilusión, tesón y trabajo. Ah, por cierto, y como envío para los malpensados: aquí, en este proyecto, no cobra ni el apuntador, ni los miembros de la Junta Directiva, ni los artistas. ¿Hay quien dé más?
