jueves, 31 de enero de 2013

CRÓNICAS DE MI TRIANA (4)


POR UNA CAVA SIN VÍRGENES NI GITANOS

            A la sombra del gigantesco ficus, que plantase allá por 1913 unas manos frailunas, casi cuesta trabajo contemplar en su cabal dimensión la fisonomía y los perfiles del convento dominico de San Jacinto, aquel que trazara sobre la antigua ermita de la Candelaria el arquitecto sevillano Matías José de Figueroa para que se abriese al culto en 1775. Pero por sus jambas,  ya no esperamos el milagro de la hermosa salida de las hermandades que albergaba. Los frailes no querían en sus lares el sentimiento cofradiero y fueron saliendo sus advocaciones para jamás volver. Salió la Esperanza morena en 1962, y la Estrella valiente en 1976, y la caminante Rocío en 1982. Y el pueblo, tan sabio, dejó una copla que aún hiere la estameña blanquinegra de los renegados: Solos están los frailes / en San Jacinto. El convento es el mismo, / pero distinto. / Ya están contentos, / porque ninguna Virgen / se queda dentro.
          Sin ellas, muda se quedó para siempre la voz de la Niña de la Alfalfa en las tardes de los domingos de Ramos: Se ha dicho en el banco azul / que España ya no es cristiana, / aunque sea republicana / aquí quien manda eres Tú, / Estrella de la mañana. Sólo quedan en este recoleto entorno monacal, como efigies que nunca quisieron desaparecer, los dos hermosos retablos cerámicos que dejasen para la posteridad las manos enduendadas de  Kiernam…
          Parejo al convento, el colegio de San Jacinto, medio oculta su efigie regionalista con el que lo dotó, cuando los fastos de 1929, el gran Aníbal González, y siguiendo para adelante nos faltan por sus dos aceras la emoción en colores de las carteleras de sus cines: el espacioso del Emperador para el beso furtivo, y el mínimo del Fantasio sobre la casa encantada de la que nos habla la leyenda.
           Menos mal que  aún puede uno adentrarse en el Corral de Herrera, que gozó de la mano experta de la rehabilitación y, en su frente, un poco más adelante, el de la Encarnación, de cuyo acicalamiento hablan y no paran los munícipes de turno buscando una medalla.
          Aníbal también dejó su huella, y gratis, en el Colegio Reina Victoria, regalo que Sevilla ofreció, con motivo de sus esponsales, a los reyes de España don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia, que fue costeado de su propio bolsillo –igualito que ahora- por el entonces alcalde don Cayetano Luca de Tena, colegio que fue inaugurado el 4 de mayo de 1910 y al que, en tiempos de “cortar coronas”, se le cambió el nombre por el de José María del Campo, director del centro durante la República.
           Frente por frente, uno de los conventos más viejos de la ciudad, el de Nuestra Señora de la Salud, conocido por “Las Mínimas”, aún sigue en pie, milagrosamente, desde 1584, ofreciéndonos su fachada y patio como de antigua cortijada, y acordándose en sus anales de cuando en él se fundó la hermandad del Cristo de las Tres Caídas allá por 1608…
           Le llaman a esta Cava la de los Gitanos, pero hace seis décadas que la especulación los arrojó del paraíso echándolos a los polígonos de la periferia. Ya se murió la seguiriya por estos lares, y los cantes de fragüa de los Cagancho sólo podrán escucharse con veneración en los cilindros de cera que guardan como reliquia los viejos aficionados…
          Al final de esta Cava, sin vírgenes ni gitanos, con la despedida de la iglesia modernista de los Paúles (1960), Rodrigo de Triana nos desvía de su atención desde 1973. Total, para lo que hay que ver…


(Triana Crónica. Nº 4. Abril 2011)

2 comentarios:

  1. Muy interesante el artículo. En el ficus del que hablas mataba yo el aburrimiento en las largas tardes de triduos, novenas y demás a las que acudían papá y mamá, llevándome con ellos. Cuando no aguantaba más me iba al árbol y éste se convertía en compañero de juegos. Son muchos recuerdos los que me unen al ficus.

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  2. ¡Qué pesado papá con tantas misas! Yo hacía lo mismo.

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