POR UNA CAVA SIN VÍRGENES NI GITANOS
A la
sombra del gigantesco ficus, que plantase allá por 1913 unas manos frailunas,
casi cuesta trabajo contemplar en su cabal dimensión la fisonomía y los
perfiles del convento dominico de San Jacinto, aquel que trazara sobre la
antigua ermita de la Candelaria el arquitecto sevillano Matías José de Figueroa
para que se abriese al culto en 1775. Pero por sus jambas, ya no esperamos el milagro de la hermosa
salida de las hermandades que albergaba. Los frailes no querían en sus lares el
sentimiento cofradiero y fueron saliendo sus advocaciones para jamás volver.
Salió la Esperanza morena en 1962, y la Estrella valiente en 1976, y la
caminante Rocío en 1982. Y el pueblo, tan sabio, dejó una copla que aún hiere
la estameña blanquinegra de los renegados: Solos
están los frailes / en San Jacinto. El convento es el mismo, / pero distinto. /
Ya están contentos, / porque ninguna Virgen / se queda dentro.
Sin ellas, muda se quedó para siempre
la voz de la Niña de la Alfalfa en las tardes de los domingos de Ramos: Se ha dicho en el banco azul / que España ya
no es cristiana, / aunque sea republicana / aquí quien manda eres Tú, /
Estrella de la mañana. Sólo quedan en este recoleto entorno monacal, como
efigies que nunca quisieron desaparecer, los dos hermosos retablos cerámicos
que dejasen para la posteridad las manos enduendadas de Kiernam…
Parejo al convento, el colegio de San
Jacinto, medio oculta su efigie regionalista con el que lo dotó, cuando los
fastos de 1929, el gran Aníbal González, y siguiendo para adelante nos faltan
por sus dos aceras la emoción en colores de las carteleras de sus cines: el
espacioso del Emperador para el beso furtivo, y el mínimo del Fantasio sobre la
casa encantada de la que nos habla la leyenda.
Menos mal que aún puede uno
adentrarse en el Corral de Herrera, que gozó de la mano experta de la
rehabilitación y, en su frente, un poco más adelante, el de la Encarnación, de
cuyo acicalamiento hablan y no paran los munícipes de turno buscando una
medalla.
Aníbal también dejó su huella, y
gratis, en el Colegio Reina Victoria, regalo que Sevilla ofreció, con motivo de
sus esponsales, a los reyes de España don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia,
que fue costeado de su propio bolsillo –igualito que ahora- por el entonces
alcalde don Cayetano Luca de Tena, colegio que fue inaugurado el 4 de mayo de
1910 y al que, en tiempos de “cortar coronas”, se le cambió el nombre por el de
José María del Campo, director del centro durante la República.
Frente por frente, uno de los conventos más viejos de la ciudad, el de
Nuestra Señora de la Salud, conocido por “Las Mínimas”, aún sigue en pie,
milagrosamente, desde 1584, ofreciéndonos su fachada y patio como de antigua
cortijada, y acordándose en sus anales de cuando en él se fundó la hermandad
del Cristo de las Tres Caídas allá por 1608…
Le llaman a esta Cava la de los Gitanos, pero hace seis décadas que la
especulación los arrojó del paraíso echándolos a los polígonos de la periferia.
Ya se murió la seguiriya por estos lares, y los cantes de fragüa de los
Cagancho sólo podrán escucharse con veneración en los cilindros de cera que
guardan como reliquia los viejos aficionados…
Al final de esta Cava, sin vírgenes
ni gitanos, con la despedida de la iglesia modernista de los Paúles (1960),
Rodrigo de Triana nos desvía de su atención desde 1973. Total, para lo que hay
que ver…
(Triana Crónica. Nº 4. Abril 2011)
Muy interesante el artículo. En el ficus del que hablas mataba yo el aburrimiento en las largas tardes de triduos, novenas y demás a las que acudían papá y mamá, llevándome con ellos. Cuando no aguantaba más me iba al árbol y éste se convertía en compañero de juegos. Son muchos recuerdos los que me unen al ficus.
ResponderEliminar¡Qué pesado papá con tantas misas! Yo hacía lo mismo.
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