miércoles, 30 de enero de 2013

CRÓNICAS DE MI TRIANA (3)


LA CAVA DE LOS CIVILES O EL PASEO DE LAS COSAS PERDIDAS

Si decidimos pasear por Pagés del Corro desde la punta más arrabalera de Procurador hasta el horrendo edificio de Correos, tendremos que hacer uso del recuerdo y nostalgiar nuestra mirada, porque apenas si nada de lo que hoy contemplamos guarda relación con el ayer más inmediato. La Cava se fue muriendo como si fuese el clarín anunciador de la novela de García Márquez. Nos abandonó su pálpito desde hace ya mucho tiempo, cuando la desidia de munícipes y gobernantes le quitaron la sangre de sus corrales y dejaron que la hermosura de sus fachadas viniera a tierra para el sublime encanto de la especulación más despiadada.

Nos queda el colegio José María Izquierdo, más conocido como Procurador, que se alzó en los años de la República, en 1933, sobre los terrenos que probablemente cediera gratis Manuel Carriedo, ex concejal e inolvidable mecenas del barrio. Colegio de mis primeras letras y mis primeros juegos, colegio de don Antonio Sánchez Lafuente, don Fermín, con Arturo, don Ángel, colegio de meriendas de leche en polvo y queso americano, de mañaneros “Cara al sol” y reconocimientos de la Liga Antituberculosa, de consignas y pelotas de trapo…

Siguen las Hermanas de la Caridad, desde 1903, educando a la infantil grey femenina y dando de comer a los indigentes, los nuevos inquilinos de la Cava…Se mantiene en pie, milagrosamente, el edificio de Villa Reinosa, hoy sala rociera de la Anselma, con los vistosos azulejos salidos de las manos de un joven Bacarisa y que siguen luminosos desde 1915… Pero la piqueta se llevó por delante la esencia de sus corrales y los perfiles de sus habitantes, dejándonos las heridas abiertas, entre tantas, de los humanísimos de Montaño o del Husillo, alfar y horno para la nacencia de nuestro querido Ángel Vela, infatigable cronista de nuestro arrabal. 

Se perdió el olor a mosto de Villanueva en los reductos de las tascas íntimas, en cuyos mostradores marcaban los nudillos el compás de la Soleá… ¡Ay, Pepe el de la Segunda! Y, entre tantas pérdidas que dejan el llanto de la orfandad, podemos contemplar las cenizas de la que fuera casa-cuartel de la Guardia Civil, antiguo gigante abatido por la honda de la sinrazón, después de haber sido el edificio más alto de la calle, hospital de inválidos de guerra y caserón de vecinos, y dar con su presencia nombre a esta Cava. ¿Cuántas veces hemos clamado, verdad Ángel, para que esta casona se restaurase y sirviera de escuela-taller, o se convirtiese en el gran teatro que Triana reclama?

Para perderse, hasta el espectro de Gary Cooper recorre el solar del desaparecido Avenida de Verano, como corrían los fantasmas del Roxi en la memoria de Serrat. Y esta Cava, la alta y vieja, la de los civiles, se ha ido desnudando de emociones, como los árboles cuando llega la orilla del otoño…

Hasta se fueron los olores de la vida a aserrín, a naranja, orozuz, palmitos y melojas…

Ante tantas desapariciones, menos mal que el Ateneo ágrafo de “El Ancla” supervive para que en nuestras conversaciones resucite, como en un sueño imposible, la Triana que fue, porque hoy andar por esta Cava, dar un paseo por ella es llevar nuestros pasos hacia ninguna parte, sentir galopar el corazón a golpes de nostalgias, llorar ante los crímenes urbanísticos del ayer inmediato y de un presente que sigue revalidando lo mal hecho.


(Triana Crónica. Nº 3. Marzo 2011)

2 comentarios:

  1. Todos los días contemplo a mis padres, llenos de vida, en una fotografía con la que estrené una camarita; al fondo, la calle, nuestra calle, un mar de adoquines desgastados por nuestros juegos y nuestras carreras. Cuando paso por ella procuro andar por la acera de enfrente de la ancha fachada del colegio y, a veces espero que suene la campana de su reloj público, la misma que sonaba en el instante de aquella foto. Es de lo poco que nos queda de la famosa Cava de los civiles.
    Esa foto del edificio del cuartel se publicó en una sección de Abc con la que denunciamos su abandono y lo que se podía hacer en su clásico patio de corral de comedias. De nada sirvieron nuestras quejas, Emilio, y no hay más que releer tu artículo para saber qué pasó después.

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  2. Es el paseo más triste por la Triana perdida de nuestra memoria. Fueron tantos los pasos míos por aquellas aceras que hoy me da pena traspasar sus límites.
    Nos hemos quejado -¡y cuánto!- pero nadie nos ha echado cuenta,

    Un abrazo.

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