VISIÓN DEL ALTOZANO
Se nos crece la mirada
cuando después de atravesar el puente desembocamos en el atrio luminoso del
Altozano, otrora plaza principal del arrabal, ágora de tratantes y desocupados,
fielato y aduana de ese ir y venir de la ciudad al arrabal; mirador de viajeros
románticos como Irving, Borrow, Gautier, Ford y Merimée; luna abierta y redonda
de las primeras crónicas de Francisco de Ariño; plazuela de mesones y centros
tabernarios de cantaores y toreros a través de los años: El Sol Naciente,
Berrinche, La Cabaña, el Café Ideal, el Bar Triana, el Altozano Bar; foro
abierto de busconas y pedigüeños, betuneros y tranviarios…, pero siempre
corazón del barrio, músculo que reparte desde su alto podio la cava inferior de
San Jacinto y las hermosas arterias de sus calles: Betis, Pureza y San Jorge,
para que se ramifiquen en mínimos capilares que siguen latiendo a su compás…
Siempre gozó el Altozano del
latir de los siglos y nada que ocurriera en su solar daba lugar a la
indiferencia. Si ayer el Castillo de la Inquisición, que entregó Fernando III a
los Caballeros de San Jorge y el asistente Diego de Merlo al oscuro personal de
la Inquisición, fue el correveidile de los trianeros hasta 1626, hoy, y
aproximadamente desde 1853, aunque el acuerdo se tomó en 1821, la vitalidad
sigue asentándose en el lugar con la Plaza de Abastos, centro del entrañable
marujeo y encuentro sabatino de los trianeros en la diáspora. Si ayer la
desaparecida Torre del Reloj, esquina a San Jorge, desde 1928 el encaje labrado
en piedra por Aníbal González, con cerámicas de Montalván y pinceles de Emilio
García, albergando a la Virgen del Carmen –no podía ser otra en barrio tan marinero-
en el kilómetro cero de su alma…
De su estación fluvial - aún nos queda el edificio conocido por El Faro-, salían los vapores que cubrían la línea Sevilla-Sanlúcar-Mar, con las líneas de los navieros Nieto García y Luis de Olaso, bautizados con los hermosos nombres de San Telmo, Victoria, Margarita, Bajo de Guía, Sanlúcar, Guadalquivir y Triana. Y aquí aún sigue en pie, desde 1912, la célebre botica de Aurelio Murillo, el gran benefactor de Triana junto a Manuel Carriedo, obra regionalista del arquitecto José Espiau, aquel que levantó el Hotel Alfonso XIII; y el antiguo edificio de la Telefónica, obra singular de marcado abolengo.
De su estación fluvial - aún nos queda el edificio conocido por El Faro-, salían los vapores que cubrían la línea Sevilla-Sanlúcar-Mar, con las líneas de los navieros Nieto García y Luis de Olaso, bautizados con los hermosos nombres de San Telmo, Victoria, Margarita, Bajo de Guía, Sanlúcar, Guadalquivir y Triana. Y aquí aún sigue en pie, desde 1912, la célebre botica de Aurelio Murillo, el gran benefactor de Triana junto a Manuel Carriedo, obra regionalista del arquitecto José Espiau, aquel que levantó el Hotel Alfonso XIII; y el antiguo edificio de la Telefónica, obra singular de marcado abolengo.
Algo faltaba a la plaza para
darle el encanto de la memoria: recordar al Arte del Toreo en la figura de “El
Pasmo de Triana”, un “Terremoto” llamado Juan Belmonte, que ya vive desde 1972
bajo el ficus gomero, perpetuado en
bronce por las manos del salmantino Venancio Blanco; y el dedicado al Arte
Flamenco, que fijara para siempre las manos de Jesús Gavira Alba.
¡Qué visión hermosísima la
de este Altozano de ayer, de hoy y de siempre, espacio que incluso sirvió para
coronar en el año 2007 a María Santísima de la O, la niña bonita de Castilla
que fue la primera en cruzar la puente de barcas a Sevilla el año 1830!
(Triana Crónica. Nº 2. Febrero 2011)
Me hubiera encantado tener la posibilidad de leer una serie de crónicas del lugar donde nací y me crié. Puede que no lo valores así Emilio pero esta serie de crónicas que escribiste es un regalazo que has dejado a los trianeros (bueno, no se si los llaman así).
ResponderEliminarMe encantan estos escritos. Muchas felicidades por el trabajo y gracias por hacernos disfrutar de lugares que otros no conocemos.
Ia
Estimada Ia: Cunaod voy a cualquier sitio, y me encantan los pueblos pequeños y perdidos, lo primero que hago es intentar enterarme de su historia, sus costumbres, sus léxicos especiales, su paisaje y su gastronomía, haciendo un cuadernillo de campo para que jamás se olvide de mi memoria. Mi barrio -no sé si lo conoces- es inmenso, pero lleno de una gran historia, barrio que participó activamente en el descubrimiento de América, y barrio que ha dado una legión de artistas de todos los órdenes. Los trianeros nos sentimos orgullosos de nuestro pasado, y algunos como yo, y como mi paisano de arrabal Ángel Vela, entre algunos otros, nos sentimos encantados proclamando su pasado.
ResponderEliminarGracias por el afán que le pones a estas breves reseñas.
Le falta a Ia una visita a Triana; amiga de la historia, el arte y el buen gusto, seguro que no la olvidaría. Y no le faltaría cicerone, ¿verdad, Emilio?
ResponderEliminarViene bien añadir que ha sido una muy buena idea la de traer a la "Torre" tus crónicas trianeras. Un buen regalo para quienes deseen saber del barrio universal... como Ia.
Ia debe venir a visitarnos cuanto antes. Estoy seguro que no le van a faltar cicerones a su vera y que se va a marchar de aquí con la sonrisa en los labios y con una nostalgia para volver a repetir la visita. La emplazamos. Nosotros ponemos los vinos, las cervezas y las tapas..., y nuestro amor y conocimiento del arrabal.
ResponderEliminar"el corazón que a Triana va nunca volverá..." (Bosé).
ResponderEliminarY con música de fondo.
Se le podía poner esa música de fondo. No estaría mal.
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