Es curioso que teniendo más de 68 tacos de almanaques jamás me han "barametrizado" las encuentas tan proclamadas del CIS. Nadie me ha preguntado por si estoy de acuerdo con los partidos políticos que nos gobiernan, ni de si soy partidario de la independencia catalana, ni si estoy de acuerdo de que la Feria de Abril de Sevilla se alargue, se acorte o se suprima, ni si estoy a favor de la pena de muerte o en contra, si me parecen bien las parejas del mismo sexo, o si me preocupo, o no, de la llamada Ley Mordaza. Yo creo que las encuestas siempre se las hacen a los mismos, ya que a mí jamás me han preguntado.
Esto de los barómetros es un lío de los gordos, un embuste muy grande, algo para forrar a las empresas de demoscopias, que normalmente se equivocan más que un bizco en un cruce. Cuando en un programa de debate de las televisiones se habla de un tema, jamás llaman a los que pueden comentar el tema en primera persona. Los papagayos trincantes, que jamás escuchan al contrario, hablan de las pensiones como si estuviesen jubilados y se preguntasen si se puede vivir con 700 euros y ayudar, además, a esos hijos que están en el paro. Si hablan sobre los políticos, se crecen y vociferan según el propio credo de cada uno..., pero jamás esas televisiones invitan a un labrador, a un autónomo o a un parado para que ellos expliquen sus historias. Los papagayos trincadores saben de todo, de todos los temas. ¡Qué pena que la vida no los ponga algún día en la orilla contraria!
Con estas cosas que comento puedo parecer un radical, como hace unos días, sin gustarme en absoluto, porque es injusto, me llamó uno de mis compadres. No pertenezco a ningún partido político, ni a ningún sindicato, ni a ninguna cofradía. Sólo tengo -que jamás lo he usado- el carnet de jubilado del Centro de Día de Mayores de la Consejería para la Igualdad y Bienestar Social, centro de la Junta en la que si te da por tomarte una cerveza te sale 20 céntimos más barata que en los demás bares. De radical, nada de nada. Soy un hombre que aspira a que la justicia social llegue a todos, por encima de los partidos políticos y de las creencias religiosas. Un hombre que quiere un mundo justo, una España justa, un país en el que si un rico delinque vaya a la cárcel -y no sólo a la elitista de Soto del Real-, como se hace con los menos favorecidos por la vida. Una España en la que la corrupción sea perseguida y penada como de los delitos más punibles. Una España en la que el Jefe del Gobierno actúe como tal y no amparando a los que están esquimando el país. Una España abierta, constructora de ideas para el pueblo, con becas y buenos sueldos para que no se nos fuguen nuestros mejores cerebros y científicos a otros países. Una España aconfesional -tal como reza en la Constitución- que cobre todos los impuestos a las muchísimas propiedades de la Iglesia. Una España, en definitiva, clara, joven, dinámica y alegre. Una España que -si quiere mantener a la Corona- no tenga que pagar a dos reyes. No creo que esto sea radicalismo, sino una postura honesta ante la vida.
Me cabreo ante las injusticias. Y en este país son tantas que todos los días me tengo que tomar un "Orfidal" para, al menos, poder dormir unas horas.
Esto de los barómetros es un lío de los gordos, un embuste muy grande, algo para forrar a las empresas de demoscopias, que normalmente se equivocan más que un bizco en un cruce. Cuando en un programa de debate de las televisiones se habla de un tema, jamás llaman a los que pueden comentar el tema en primera persona. Los papagayos trincantes, que jamás escuchan al contrario, hablan de las pensiones como si estuviesen jubilados y se preguntasen si se puede vivir con 700 euros y ayudar, además, a esos hijos que están en el paro. Si hablan sobre los políticos, se crecen y vociferan según el propio credo de cada uno..., pero jamás esas televisiones invitan a un labrador, a un autónomo o a un parado para que ellos expliquen sus historias. Los papagayos trincadores saben de todo, de todos los temas. ¡Qué pena que la vida no los ponga algún día en la orilla contraria!
Con estas cosas que comento puedo parecer un radical, como hace unos días, sin gustarme en absoluto, porque es injusto, me llamó uno de mis compadres. No pertenezco a ningún partido político, ni a ningún sindicato, ni a ninguna cofradía. Sólo tengo -que jamás lo he usado- el carnet de jubilado del Centro de Día de Mayores de la Consejería para la Igualdad y Bienestar Social, centro de la Junta en la que si te da por tomarte una cerveza te sale 20 céntimos más barata que en los demás bares. De radical, nada de nada. Soy un hombre que aspira a que la justicia social llegue a todos, por encima de los partidos políticos y de las creencias religiosas. Un hombre que quiere un mundo justo, una España justa, un país en el que si un rico delinque vaya a la cárcel -y no sólo a la elitista de Soto del Real-, como se hace con los menos favorecidos por la vida. Una España en la que la corrupción sea perseguida y penada como de los delitos más punibles. Una España en la que el Jefe del Gobierno actúe como tal y no amparando a los que están esquimando el país. Una España abierta, constructora de ideas para el pueblo, con becas y buenos sueldos para que no se nos fuguen nuestros mejores cerebros y científicos a otros países. Una España aconfesional -tal como reza en la Constitución- que cobre todos los impuestos a las muchísimas propiedades de la Iglesia. Una España, en definitiva, clara, joven, dinámica y alegre. Una España que -si quiere mantener a la Corona- no tenga que pagar a dos reyes. No creo que esto sea radicalismo, sino una postura honesta ante la vida.
Me cabreo ante las injusticias. Y en este país son tantas que todos los días me tengo que tomar un "Orfidal" para, al menos, poder dormir unas horas.