Estas fotografías se las hice en mi despacho hace 40 años a Rafael Riqueni, y fueron las primeras que se publicaron suyas en la prensa, concretamente en el vespertino "Nueva Andalucía". Estaba tomando lecciones de Manuel Carmona hijo, un exquisito y humilde tocaor de Los Palacios que jamás, por su espíritu, quiso encumbrarse cuando Dios le había dado la sabiduría de la sonanta. Por la terquedad del padre de Riqueni -que tenía una tienda de bicicletas junto a la iglesia de los Paules de Pagés del Corro-, me interesé sobremanera en él, aconsejándole en lo que pude y sabía, diciéndole fervientemente de que jamás tuviese prisas en su más que prometida carrera. Le costó mucho trabajo el inicio, casi obligado paternalmente, y adquirir el amor que se debe a un instrumento tan universal, del que muy pocos alcanzan sus glorias.
He vivido momentos sublimes escuchando a Rafael. Y he vivido los más tristes de su vida, y de la mía, cuando veía que se tiraba a un pozo sin salida. Rafael es pura música, es la música en sí mismo, rozando los momentos flamencos más sublimes y esas creaciones propias imposibles de calificar en unas líneas.
Creo que uno de mis hijos -funcionario de la prisión sevillana en la que tuvo que ingresar por antiguos problemas- se ha portado muy bien con él ante mi llamada de alerta y ante el amor de mi hijo a ese singular instrumento. La mayor alegría fue la del concierto de pájaros y trinos, y agua, que ofreció hace unos días en el Maestranza. Rafael, resucitado. Qué suerte para Sevilla y para el mundo la de recuperar a este maestro al que hay que besarle las manos por la calles, como decía Alberto García Reyes en las páginas de ABC.
Suerte, amigo, maestro, creador de un nuevo universo entre los seis ríos que bajan por el diapasón. Sevilla siempre te acompañará como bien te mereces. Yo te llevo -bien lo sabes- en el alma y en el corazón, desde que eras chico.
Recuerdo aquel soneto que te dediqué -qué de años han pasado, Rafa-. Aún espero que lo recuerdes con el mismo amor que yo en estas felices jornadas de tu vida.
No sé por qué senderos, qué aventuras,
se encalló la guitarra entre tus manos,
siendo bendito tú entre los humanos,
arrancándole hieles y dulzuras.
Nunca sabré por qué suenan tan puras
-crespadas olas de tus oceanos-
las notas de unos duendes alazanos
que cabalgan al son de tus diabluras.
Arañas, sortilegias, luz floreces
en ese diapasón que forma mares
de orillas blandas para tu corcel.
Pleamar de seis cuerdas, tú te creces
y eres jinete que en sonoros lares
siempre domas al duende, Rafael.