Tomo esta imagen del año pasado, cuando a Rafael se le concedió la Medalla de Oro de la Ciudad, antes de tirar de fotos de archivo en la que los dos éramos jóvenes y nos tragábamos la vida a sorbos, a grandes golpes de latidos. Lo conocí hace muchos años, muchos, cuando también éramos muchos los que luchábamos por una Andalucía libre de ataduras y confiábamos en ella misma y en sus hombres. Luego, el pulso soberbio entre Rojas Marcos y Pacheco, nos dejó a todos sin esperanzas. Se murió la enseña blanquiverde, las teorías -abiertas siempre al análisis- de Blas Infante. Falleció el andalucismo cuando apenas si había comenzado la epidemia de su sarampión. Éramos muchos, entre ellos, Rafael, los que creíamos en el despertar de Andalucía, aunque ese despertar se nos quedó, y hasta ahora, en una cabezada incomoda sobre el cojín de nuestros mediocres políticos, a los que, después de la dictadura, los habíamos considerados como héroes.
Me estoy enrollando demasiado, ¿verdad? Bueno, voy a la yema: Lo cierto es que al volver de Barcelona, y meterme en las noticias de mi tierra, me encuentro con este fatal desenlace de mi buen amigo. Ya he dicho que lo conocí hace muchos años, cuando con su compadre Paco Lira nos bebíamos enteras las noches de "La Carbonería" y amanecíamos con algún bohemio pintor, como Ripollet, con sus crestas y barbas llenas de flores, comiendo churros en el "Bar Duque", hasta darnos las horas del Ángelus para pedir la primera copa de manzanilla de Sanlúcar. ¡Viva la juventud!
Y la juventud se nos fue a paso de minutero, y la belleza, y el amor, y todo se fue perdiendo lentamente, sin apenas darnos cuenta. Rafael era guapo, esbelto, delgado, con una figura que atraía como un imán a todas las mujeres; tenía un habla andaluza serena y bella, una matización que dominaba a gusto y una sonrisa que hacía claudicar a las personas serias. Y cuando arrancaba a cantar -cosa que hizo en una etapa tardía, y animado por Paco Lira-, Rafael nos dejó temas inolvidables por "sevillanas": Sevilla es Triana y el Guadalquivir..., aunque, cuando le daba la gana, cantaba por soleá y por fandangos mejor que el que inventó estos "palos" del Flamenco. Pero me acuerdo más de su generosidad. Su familia era propietaria del Teatro-Cine Nervión, en la Gran Plaza, y ese teatro fue habilitado en muchas ocasiones, totalmente gratis, pagando él los gastos devenidos, para homenajes a viejos artistas flamencos, como a Antonio "El Sevillano" y "Manolo Fregenal", que tuve el honor de presentar en una mañana de un domingo de los años ochenta. Sus manos siempre las tenía abiertas para el Arte.
Recuerdo que en el año 1983 se cumplía el 15 Aniversario de la instauración de mi empresa en Sevilla, y que mis jefes me encargaron, con algunos miembros de mi equipo, el diseño de los diez escaparates gigantescos que daban a la plaza del Duque, y que dedicamos monográficamente a temas andaluces. En uno de ellos, se nos había ocurrido fabricar un mapa de Andalucía de tamaño gigantesco, realizado en fieltro y tallado en chapa de cobre. Cuando se desmantelaron esos escaparates tras pasar el aniversario, Rafael del Estad, con su inseparable Paco Lira, vinieron a buscarme y con suma timidez me propusieron comprar aquel gigantesco mapa. Los miré fijo y con seriedad en el rostro. Me indicaron que iría a parar al mejor sitio de "La Carbonería": al escenario interior -donde no sé si aún está, o si dicho centro bohemio ha desaparecido en la Judería sevillana-. Les dije que tomásemos café, y así lo hicimos en una nave del Polígono en el que teníamos el taller de decoración. Charlamos de mil cosas y volvimos a la nave donde ellos, extasiados, contemplaban una y otra vez aquel mapa. -¡Bueno, Emilio, qué pasa! -¿Tenéis una furgoneta? -No, pero está aquí en dos minutos. Varias cervezas costó que ellos tuvieran la posesión de lo que tanto querían, pero yo le pedí a Rafael, casi en juramento, que le tenía que dar un concierto a mi gente cuando yo se lo pidiera.
Por aquel entonces, nuestro grupo de empresa tenía en alquiler la sede de un palacio en la calle Santiago de Sevilla, en la collación de Santa Catalina, con un escenario que también había decorado nuestro equipo, y donde los sábados, con llenos absolutos, hacíamos conciertos de flamenco, sevillanas, piano, teatro, tunas, magia... ¡Lo pasábamos genial! Tan genial que casi todas las noches nos daba el amanecer en los rostros. Por él pasaron, entre otros, la bailaora Pepa Montes, su marido Ricardo Miño, y su hijo -pianista- Pedro Ricardo; Ayako Sakamoto; "El Mago Víctor"; "El Turronero"; Enrique Montoya y sus hijos; la Agrupación Teatral "Álvarez Quintero"; María del Monte; Manuel Molina..., y todos sin cobrar ni un solo duro. Las noches eran deliciosas, noches que jamás se irán del recuerdo. El pago era el regalo de una preciosa paloma en bronce dorado, y mucha cerveza, mucha manzanilla y mucho "güisqui"..., y un gran reconocimiento.
Una de estas la llenó Rafael del Estad tras mi llamada, y duró hasta más de las diez de la mañana. Rafael ya era famoso por sus discos y muchas composiciones. Es noche que no se puede narrar. En aquella ocasión, como siempre -ya que era el organizador de aquellos fines de semanas culturales-, tuve el honor y gusto de hacerle la presentación. Curiosamente, ya que tantas veces borro cosas que he escrito de este orden, me he topado con una página en la que se recoge la presentación de esa noche inolvidable. Valgan estos versos macarrónicos y de urgencia para recordar a tan excelente y viejo amigo, al gran trovador de una Sevilla que siempre hemos soñado los bohemios, al gran artista y compositor. Su noticia, al llegar de Barcelona, me ha dejado mudo, y estas son sólo las palabras que han podido salir de mis labios. Rafael del Estad se merece algo más que estos pobres versos antiguos y, por supuesto, la admiración de todos aquellos que aún creemos en una Andalucía que sólo levantan las fuertes columnas de sus hombres.
A RAFAEL DEL ESTAD, SEVILLANERO MAYOR
Nació la sevillana como copla
fresca y juncal de antigua seguidilla,
para hacerse la reina de Sevilla
y de los cielos que sus aires sopla.
¿Quién no baila al lamento de un aroma
que nos habla de amor, mujer y cante...?
¿Y qué hombre o mujer no hace un desplante
si una guitarra en flor los aprisiona?
¿Quién en la madrugada no ha llorado
ante la copla llana y verdadera
que un juglar del amor le ha recordado?
¿Y quién cuando la copla se hace río,
marisma y valle y sierra y altamar,
no sueña con amores perdíos, muy perdíos,
no recuerda la esquina de aquel sí
o el perdido rincón de aquel por qué,
o el adiós de la lágrima amorosa
que nos deja en sus labios Rafael?
(26 de septiembre de 1987)