En pocas ocasiones se puede estar tan de acuerdo con el prologuista de un libro como en esta ocasión en la que Salvador Casado Sosa ejerce de introductor de embajadores en el recién horneado libro de mi querido amigo y extraordinario poeta Enrique Barrero Rodríguez. El volumen, editado por la la Colección de Poesía "Ángaro" con el número 161, se presentó el pasado 28 de mayo y recoge cien de las décimas que el autor ha considerado más adecuadas de las mil que, en una hazaña poética inverosímil, fue publicando diariamente en su hermosísimo blog "De cimas y subsuelos", que cerró el 30 de noviembre del pasado año, para tristeza de todos sus muchos seguidores, con la siguiente composición:
Verso a verso y rima a rima
-poeta o simple albañil-
al llegar hoy a las mil
el corazón dejo encima.
Beso cansado la cima
que mi esfuerzo ha conseguido
y siento cómo el olvido
precipita ya su alud.
Con sincera gratitud
digo adiós y me despido.
Nadie en la historia de la Poesía, ni aquel que dicen que fue su inventor, Vicente Espinel, ni Calderón, ni Lope, ni Núñez de Arce, ni todos los poetas juntos del Siglo de Oro, ni los más cercanos contemporáneos como Guillén o Gerardo Diego, ni siquiera la chilena Violeta Parra, que escribió su autobiografía en esta métrica hermosa que España exportó a los pueblos hispanoamericanos, logró a lo largo de la vida escribir tal cantidad de décimas y, por supuesto, de tan excelente factura, soltura y sensibilidad. En nuestro país, y más concretamente en nuestra tierra andaluza, se habla en octosílabos, se escribe en octosílabos, se canta en octosílabos, y de ahí que, con su genial inspiración, Enrique Barrero Rodríguez nos haya hecho felices a todos desde que tuvo la ocurrencia, ayudado por el andamiaje de la constancia y el alma de poeta, desde el 7 de marzo de 2010. Era nuestro desayuno diario, nuestro pan cotidiano, nuestra salutación al alba. Los versos de Enrique se convertían al amanecer en diez arroyos cristalinos que nos daban la vida. Hoy, desde esta recopilación, respiramos con la frescura de su palabra, con la visión clara que él nos ofrece de nuestro entorno, de su mar de Punta Umbría, de las menudas miserias y esperanzas que abaten o reconfortan al género humano...
Decía al principio que estaba muy de acuerdo con su prologuista porque él indica que su amistad con el poeta nació y creció con naturalidad, por coincidencias en gustos y por afinidades humanas. En algún lugar de este blog conté lo mismo. Dios nos puso, sin conocernos, en el camino de la más sincera y positiva amistad. Por fuerza teníamos que conocernos. Cuanto más he ahondado en su amistad, más feliz me he sentido con los designios divinos. Cuanto más he leído a mi amigo, más lleno me he sentido de gozo, más he comprendido el sentido hermoso de las palabras y me he sentido más pleno de todo, porque Enrique, entre sus renglones, da clases de Poesía y, lo que es aún mejor, lecciones magistrales de Humanidad.
El libro, en el que ha tenido el sublime detalle de dedicarnos una décima a mi hermana Esperanza y a mí, lo ha dividido en diez apartados magistrales, cuidando al máximo la selección de estas "espinelas" que él ha considerado más afortunadas de su producción. Como creo que la prisa no es buena para la lectura, y a mí me sobra el tiempo, de cada apartado quiero dejaros una muestra. Enrique, mi gran amigo, mi poeta de hornacina más cercano, se lo merece.
"Reflejos en la Umbría" -su primer apartado- debería servir para que a Enrique lo hicieran Hijo Predilecto de tan bella localidad huelvana, aunque esos títulos sólo suelen recaer en los políticos. Este retrato de su "Viejo Café", en el que el poeta se enfrenta en solitario con sus pensamientos, es una obra maestra. Y dice así:
Viejo Café donde un día
cada tarde me sentaba
mientras el sol se ocultaba
de aquel lado de la ría.
Tranquilo Café. Tenía
nobles mesas de madera.
Allí me sentaba, era
rutina de cada tarde
ver al sol, viejo cobarde,
morir aunque no quisiera.
A este primer bloque le sigue "Luz de mar", con otras diez décimas a cual más colorista, como ésta titulada "Faro":
Sobre la lengua de arena
donde muere el litoral,
luz, espasmo, fiel señal
de destellos en cadena.
Siempre igual en la faena
que es secuencia al alumbrar.
Antorcha de par en par
en cuyo brillo averiguo
que envejece el niño antiguo,
pero no envejece el mar.
En sus "Estampas andaluzas", el poeta nos obsequia con composiciones como la dedicada a Córdoba:
Callada. Hermosa. Secreta
como una fuente escondida
mientras bebe de tu herida
cualquier flor en su maceta.
Alta de luz. Limpia y quieta
por la estrecha Judería
si en los adentros del día
sueña bellos ajimeces
la belleza con que a veces
viene a herir Andalucía.
"Pequeños lirios", joyas de la poesía semanasantera, nos ofrece perlas como esta décima dedicada al "Cristo de los Estudiantes":
Verte otra vez. Sólo verte
-dulce el gesto y el semblante-.
Ser otra vez estudiante
junto al perfil de tu muerte.
Hallar en tu gesto, inerte,
calma, y luz en tanta herida
y, en el aula agradecida
del corazón que te entrego,
ir tomando con sosiego
los apuntes de mi vida.
En el apartado quinto, Enrique Barrero nos va describiendo la ciudad, sus calles, sus plazas, sus perfiles y quicios. Recojo aquí el tema "Calle Betis", que nos dedica cariñosamente a mi hermana y a mí:
En cristal y en luz tallada
a los juncos paralela.
Sueña tu nombre, se encela
la ribera acariciada.
Desde esta orilla enfrentada,
hoy te traigo a mi diario
tal quien sueña un estuario
en su larga travesía.
Tras de ti, cuánta alegría
Triana y su campanario.
A su familia, a sus seres queridos, dedica la sexta parte del poemario con ejemplos tan bellos como este que dedica a su hija:
HIJA MÍA
Hoy has nacido, hija mía.
Hermana de dos hermanos.
En esas pequeñas manos
cabe toda mi alegría.
Es este tu primer día
como un milagro pequeño.
Mira el mundo -te lo enseño-
o, mejor, duerme en mis brazos,
que está el mundo hecho pedazos
y yo velaré tu sueño.
Las flores, los pequeños insectos, la vieja bicleta, las "Menudencias", también tienen su poema. No se iba a quedar sin su espinela el sencillo , humilde y vistoso "Jaramago":
Hoy quiero cantar el brillo
de tu risa en los tejados
cuando con filos dorados
prende tu fuego sencillo.
Pequeño hermano amarillo
de iluminada humildad,
goza ufano tu verdad
y que se queden las rosas
soberbias y silenciosas
disfrutando su heredad.
En el apartado octavo, Enrique rinde un homenaje a sus poetas preferidos, entre ellos al exquisito poeta sevillano Juan Sierra:
En el cáliz y en la palma
o en claridades sin fecha,
voz que viene y va derecha
para ensamblarse en el alma.
Toda tristeza se ensalma
con tan honda orfebrería.
Escuchad, en la armonía
de un acorde que no yerra,
sigue cantando Juan Sierra
a los nombres de María.
"En brazos del tiempo" conforma el noveno apartado del libro, cantándonos el poeta los meses como las cuentas de un rosario. Hermosa esta décima que titula "Llega Mayo":
Pasó abril y llega mayo.
Lo dice la luz que leve
se enseñorea y se atreve
a concentrarse en un rayo.
Un sol alto y sin desmayo
resplandece en los alcores
y, aún libre de los sudores
que vendrán con el verano,
roza el campo con la mano
el esplendor de las flores.
Para cerrar este hermoso volumen de "Cien de diez", Enrique nos invita a la meditación en este apartado que titula "Palabras en la hondura"del que he elegido la décima "Las cosas encendidas":
¿Quién escribe sobre el viento
las palabras, quién pronuncia
la invisible voz que anuncia
-gozo secreto- el momento?
Pulso de vida, alimento
de las cosas tras las cosas.
En música o silenciosas,
las cosas, la luz, la vida.
Callada tarde encendida.
Mar el mar, rosas las rosas.
Es un auténtico gozo las palabras gozosas de Enrique Barrero Rodríguez en este libro "Cien de diez" que merece la pena leer y releer más de cien veces. ¡Felicidades!