Ya empezamos, y eso que apenas si está caneando el primer mes del año. Ha sido en Tenerife, pero mañana puede ser más cerca de nuestros límites naturales. ¡Ojalá que no ocurra nunca más! No puede ocurrir que un cabrón maltrate a una mujer porque sí, porque le da la gana, porque la vida de ella le pertenece (?), porque él es el macho de la familia. Desgraciadamente, también he visto ejemplos contrarios, pero han sido los menos: el de mujeres ordinarias que dejan a sus serviles maridos a los pies de los caballos, que no sacan la navaja de Albacete pero que emplean el filo de muerte de una lengua que no puede contenerse.
Está ese número telefónico de un posible salvamiento: el 016, pero parece que no es totalmente efectivo ya que muchas llamadas se desatienden o hay jueces que no le prestan demasiada importancia a las denuncias, como en este caso de Tenerife. En menos de un minuto ya ha ocurrido otro desenlace fatal y, por supuesto, irreversible. La sociedad, las llamadas políticas sociales, parece que aún no encuentra los elementos necesarios para que no se den las circunstancias de soledad, depresión y abandono político en materia de igualdad y dignidad y cultura. Ni mucho menos es una justificación. El asesinato no lo tiene. Pero en un país feliz, en el que sus habitantes tienen sus necesidades cubiertas, las encuestas nos demuestran que estas cosas no pasan, y si pasan son obras de auténticos locos, de paranoicos, de gente a la que se les ha ido la olla. Aquí, en España, y por pelito que voló de una discusión familiar, asesinato al canto. Tema difícil que ni siquiera logran entender, y sobre todo explicar, los llamados sociólogos, psicólogos y gente de ramas expertas en estas materias tan sumamente difíciles.
Que ninguna mujer se calle ante las amenazas verbales y físicas de sus compañeros. Ninguna. 016, por favor, y alarma a sus vecinos, aunque ya ni existen en los grandes bloques en los que nadie nos conocemos y cedemos el ascensor para no ir acompañados. 016, o gritos por las ventanas, o golpes en los tabiques, o la fuerza suficiente para cargarse al agresor. También de la otra parte, aunque al hombre le dé vergüenza confesar lo que está sufriendo con la pareja. Se llama, dicen, violencia de género, pero el género no es machista ni feminista, sólo humano. Lástima que siempre sigan perdiendo y sumando víctimas las mujeres, las más desfavorecidas, las más abandonadas, las menos apoyadas, por mucho que se diga, por las instituciones que sólo emplean su género para hacer una publicidad que pocas veces se cumple en el derecho penal.
Estos machistas son asesinos, asesinos y asesinos, maricones de poca monta, cabrones redomados que, acabada la faena, siempre se quieren suicidar, aunque pocas veces lo logran. Que no aciertan, vaya.
No te calles, mujer. Eres, con algunas salvedades de carácter, lo mejor que Dios puso ante el mundo del hombre, nuestro mejor equilibrio, la sublime joya de nuestro diario vivir. Si te ves en apuros, no dejes de llamar a los que puedan aconsejarte y auxiliarte en momentos tan difíciles. El 016 lo primero, la maja del gazpacho en la cabeza lo segundo, y una buena patada en los huevos como golpe definitivo. Eso no falla, y ningún juez te puede condenar por defensa propia. ¿O sí?
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