La mayoría de las veces no sabe uno para quién escribe, porque, en la mayoría de las consultas el ordenador te dice, friamente, que no hay comentarios, lo que se contradice cotidiamente con las estadísticas de visitantes. Creo, es mi opinión, que el personal tiene miedo a significarse y está esposado con sus miedos y sus paranoias, con sus propios temores al Poder establecido. Una pena. Cuando uno se pronuncia, lo primero que espera es que los demás, sus amigos, o conocidos, entren en un debate en el que cada cual exprese su libre opinión. Pero es más prudente el silencio, a pesar de que estos silentes sean los más atrevidos en sus apreciaciones en las distancias cortas: en la barra del bar íntimo,en un encuentro casual y rápido o en la confesión de que no pueden manifestarse porque tienen mujer, hijos, trabajan en una empresa, y bla, bla, bla. Cangelo, al fin y al cabo.
¿Esta es la democracia de la que alardeamos? Veo a todos mis amigos asustados, acojonados en materia política, mudos de sentimientos que siempre nos han atado en la amistad, acobardados y apresados en una red de miedos imaginados. Los que nacimos en una dictadura, en una posguerra ingrata e injusta, los que nos criamos entre pobrezas, hambre y ratas, aprendimos a mantenernos y a plantarle cara a la vida que nos quisieron imponer. Ya no me da miedo el PP -al que le temo por el porvenir de mis seis nietos-, ni al PSOE, ni a Podemos, ni a IU, ni a cuantos se han buscado la vida amamantándose de las ubres de la política con un descaro que causa vergüenza. ¿Quién es Rajoy, quién Pedro Sánchez, quién el Pablo Iglesias, quiénes los miembros del PNV, de la coalición Canaria, del segundo PP que conforma Ciudadanos, de todas esas mierdecillas de partidos que pululan por ahí con abundantes sueldos oficiales?
Pero aquí nadie protesta, nadie quiere abrir los labios, nadie quiere dejar su testimonio de insatisfacción porque parece que le van a quitar el sueldo, la pensión, la Seguridad Social (?), el alma y la vida. A algunos de mis conocidos ya los tengo en la lista de disidentes: no se quieren implicar para nada porque piensan que pueden perder ciertos privilegios. ¿Cuáles, amigos? Recuerdo a mi gran amigo Félix Grande cuando decía en muchas de sus alocuciones públicas que prefería morir en pie que vivir de rodillas, Nadie hemos aprendido nada de su ejemplo. Aquí, en nuestro país, el de la corrupción, vivimos todos de rodillas, con la boca sellada por cinta americana, y con una bala imaginaria apuntándonos: la que cada día nos señalan al cerebro para que guardemos silencio. ¿Qué pena! ¡Cosas! ¿Dónde la sana libertad de la palabra?
¿Esta es la democracia de la que alardeamos? Veo a todos mis amigos asustados, acojonados en materia política, mudos de sentimientos que siempre nos han atado en la amistad, acobardados y apresados en una red de miedos imaginados. Los que nacimos en una dictadura, en una posguerra ingrata e injusta, los que nos criamos entre pobrezas, hambre y ratas, aprendimos a mantenernos y a plantarle cara a la vida que nos quisieron imponer. Ya no me da miedo el PP -al que le temo por el porvenir de mis seis nietos-, ni al PSOE, ni a Podemos, ni a IU, ni a cuantos se han buscado la vida amamantándose de las ubres de la política con un descaro que causa vergüenza. ¿Quién es Rajoy, quién Pedro Sánchez, quién el Pablo Iglesias, quiénes los miembros del PNV, de la coalición Canaria, del segundo PP que conforma Ciudadanos, de todas esas mierdecillas de partidos que pululan por ahí con abundantes sueldos oficiales?
Pero aquí nadie protesta, nadie quiere abrir los labios, nadie quiere dejar su testimonio de insatisfacción porque parece que le van a quitar el sueldo, la pensión, la Seguridad Social (?), el alma y la vida. A algunos de mis conocidos ya los tengo en la lista de disidentes: no se quieren implicar para nada porque piensan que pueden perder ciertos privilegios. ¿Cuáles, amigos? Recuerdo a mi gran amigo Félix Grande cuando decía en muchas de sus alocuciones públicas que prefería morir en pie que vivir de rodillas, Nadie hemos aprendido nada de su ejemplo. Aquí, en nuestro país, el de la corrupción, vivimos todos de rodillas, con la boca sellada por cinta americana, y con una bala imaginaria apuntándonos: la que cada día nos señalan al cerebro para que guardemos silencio. ¿Qué pena! ¡Cosas! ¿Dónde la sana libertad de la palabra?
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