
Cuando el miércoles llegué al hotel Zenit de Triana, donde me alojaba, ya me estaba esperando, a las diez en punto de la mañana, mi amigo Ángel Vela, que en esa noche fue el lógico protagonista con la presentación de su libro "Triana, la otra orilla del Flamenco". Tras el desayuno en un bar de la peatonal San Jacinto, nos dirigimos al museo del Castillo de la Inquisición, hoy especie de aula interactiva para conocer lo que fue la historia más negra del barrio durante cuatro siglos. El acto consistía en dar a conocer el amplio programa de la Velá de este año, la presentación del nuevo número de la revista "Triana", y el cambio sustancial del diseño de las "pañoletas" de las 27 "casetas" que van a componer el recinto lúdico de la misma. Francisco Pérez Guerrero -teniente delegado del Distrito- fue presentando una a una todas las novedades, apoyado por algunos de los miembros de la amplia comisión organizadora de los actos, y con la presencia de artistas que darán contenido a estos días de verdadero júbilo, entre ellos: José Manuel Soto, "La Susi", y el Coro de Julio Pardo, actividades que se sumarán al Homenaje a la Hermandad del Rocío de Triana, sus concursos de cante flamenco y de baile por "sevillanas", la VII Edición del Certamen de la Copla "Marifé de Triana", las amplias competiciones deportivas deportivas, las conferencias, las celebraciones religiosas -ejes de esta magna fiesta-, el pregón -que este año dará la poeta Rosa Díaz- y la entrega de los títulos de "Trianeros de Honor", "Trianeros del Año", "Trianeros Adoptivos" y "Entidades".
Es un denso programa, manifiestamente mejorado en relación con el de otros años -y, por supuesto, mejorable-, y con el que los trianeros disfrutarán de lo lindo durante estos días estivales, cuando el arrabal de Triana se llena de alegría, de luces, músicas y coplas.
Tras el acto, y con una parada obligada en un bareto de fresquita Cruzcampo con algunos amigos, entre los que se encontraba el cartelista de esta edición de la Velá, Juan Romero, mis amigos Ángel y Paco Solís, José Luis y su compañera Elisa, pusimos pie a la otra orilla para almorzar en el restaurante recién inaugurado de un amigo, lógicamente en taxis, porque no estaba el puente, con la calor de justicia que caía a esa hora, para convertirse en héroe de rápido derretimiento. Cafelito, ya en orilla trianera, y un poquito de siesta al arrullo del aire acondicionado, tiempo que aproveché para leerme la nueva publicación con excelentes artículos, contenido y fotografías.
Lo peor que hice fue, tras una ducha fresquita, salir a la calle para girar una visita rápida a la capillita del Carmen, a la Virgen de la Estrella y a la del Rocío, volviendo tan empapado en sudor que no tuve más remedio que pasar de nuevo por la alcachofa de la fresca ducha. Ya en el hotel se notaba movimiento para estar presentes en la puesta de largo del libro de Ángel. Al poco rato no se cabía en la plazuela de su jardín y en la amplia entrada del recinto. Tuve la oportunidad de abrazar a muchos artistas a los que hacía años que no veía. de charlar con ellos e interesarme por sus vidas y ocupaciones. Había personal de la Universidad, del cante, el baile, el toque, la pintura, la literatura, la escultura y el toreo, El salón era amplio, pero no cabía ni un alfiler, quedándose mucha gente fuera del recinto.

El alcalde de la ciudad, que no certificó su asistencia hasta penúltima hora, tomó parte central de la mesa, compartiéndola con el autor, Ángel Vela; con el prologuista, nuestro querido y admirado amigo Antonio Reina; con el editor y dueño de ediciones Giralda, Paco Sosa; y con el teniente de alcalde, Delegado del Distrito, Francisco Pérez Guerrero. Aunque los micrófonos gastaron la broma de una pésima audición, se entendió perfectamente el mensaje del alcalde, las palabras justas de prologuista y editor, y las de Ángel.
En la sala pude advertir la presencia de muchos artistas como Matilde Coral, Pepa Montes, Cristina Hoyos, Ricardo Miño, Paco Vega, Antonio Badía, "Susoni", Antonio Saavedra, Jesús Heredia, Curro Fernández, Gualberto, Alfonso de Miguel, Manuel Bohórquez, Augusto Morilla, Pedro Ricardo Miño, Manuel Lozano, Manuel Garrido y Manuel Melado -los tres grandes manueles de la poesía popular-; periodistas, escritores y catedráticos... El libro se recibió con una gran expectación, aunque ahora hay que analizarlo en toda su profundidad para saber qué nos aporta el escritor amigo sobre tema tan difícil y si verdaderamente ha sabido dividir en el viento de sus folios el grano de la paja,
Ángel no paró de filmar ejemplares hasta altas horas, mientras que el personal disfrutaba -todos disfrutábamos- de una fresquita copa de manzanilla venenciada, unas frías cervezas y unas tapas excelentes.
No ha podido empezar mejor la Velá con estos dos actos culturales que he tenido la suerte de vivir. El próximo domingo, si Dios quiere, de nuevo estaré allí, en mi barrio, para sentirme profundamente emocionado con el título de "Trianero de Honor", que, aunque me ha llegado demasiado tarde comparando méritos ajenos, al fin y al cabo me ha llegado, aunque ya mi mujer no pueda compartir conmigo ese premio.
La presentación del libro de Ángel Vela Nieto -volviendo a mi mayor gozo de ayer- es de las cosas que deben hacerse en Triana con más frecuencia, así como exposiciones, maravillosas, que pueden programarse sobre temas varios del arrabal. A Ángel le cupo el orgullo, y muy legítimo, de poner en su presentación el cartel de "No hay billetes". En su libro sobre la Velá, dije en mi prólogo que su nombre se unía, en la historiografía trianera, a los de Ariño, Matute y Macías. Y no me equivoco. Ahora hace falta, tras una lectura completa, que su verdad sea corroborada por el jurado popular de la crítica experta.
Me bajé ayer del AVE en Córdoba en el momento justo que eran las diez de la mañana, momento exacto en el que nací. Giré mi cabeza a la izquierda, queriendo encontrar la orilla derecha de mi río, en la misma en que me encuentro algunos kilómetros más arriba. Suspiré, me encomendé hacia ese Dios que no sé si existe, y me sentí feliz. Con mi breve mochila al hombro, fui andando hacia la cercana casa. En ella llevaba muchos ratos felices, muchas horas mágicas, un manantial de conversaciones y un libro dedicado, el de mi amigo Ángel, que me ayudará a vivir varios días en su lectura y en las posibles preguntas.
¡Qué gran movida, amigos!