lunes, 20 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (39)


LOS CANASTEROS

Los gitanos canasteros tienen todo un romancero a sus espaldas. Los mitificó Lorca, los encumbró Camarón de la Isla, los rimaron los poetas con la orilla de un río cercano y los cantaron sevillanas, fandangos, seguiriyas y soleares. Quizás ni el propio gitano canastero haya sabido nunca de tanta atención por su oficio, o por su imagen, como le profesaban poetas y poetastros. No creo que eso les llamase jamás la atención, si es que verdaderamente conocían tanta literatura alrededor de su figura. En una entrevista radiofónica que hice hace muchos años al jesuita Carlos Muñiz, y ante la pregunta de cuál sería el sentido más claro de la libertad del hombre en el mundo actual, me dijo, más o menos al pie de la letra, que a él le maravillan los gitanos canasteros, que los admiraba de verdad. No tenían preocupaciones, se asentaban a la orilla de un río, que es donde está la vida, tienían la materia prima para sus labores, podían comer de él con cierta habilidad, recibían el sol y el silencio del campo, laboraban con tranquilidad y sin presiones, vendían si podían sus artesanías y dejaban pasar la vida en plena contemplación de la cósmica Naturaleza. No le faltaba ni un ápice de verosimilitud a esta opinión de tan cualificado catedrático.

Durante 30 años, el gran artista sevillano Manolo Caracol regentó en Madrid el tablao flamenco más famoso de su tiempo: "Los Canasteros", aunque de gitano canastero tenía más bien poco su dueño. El apelativo de "canastero" va asociado siempre al mundo gitano, a pesar de que ya son pocos los que quedan por estos lares del país. En mis varias visitas anuales a la Sierra de Cazorla, casi a la altura de Cotorríos, aún existe una casucha amable, chimenea incluída, que habitaba un gitano dedicado a estos menesteres, que un buen día desapareció y del que no me han sabido dar norte los dueños del cercano hotel en el que siempre me hospedo: "El Mirasierra". Son así, y es una felicidad: hoy aquí, mañana allí. Antes, se los encontraba uno por los linderos de Úbeda y Los Villares, por la ribera del Huelma, por Andújar y Jimena, por Galaroza y por Triana, y mientras amaestraban suavemente la mimbre o la fibra vegetal de la anea, estaban rodeados de canastas, bombos, cestas, bandejas y paneras...

Recuerdo que una vez, estando en El Altozano, en la taberna del gitano José Lérida, en grata compañía con el cantaor Manuel Gerena, entró una gitana canastera vendiendo sus productos, entre ellos aquellos bombos clásicos donde nuestras madres echaban la ropa para el lavado. Tanto él como yo nos creíamos que eso ya no existía, que esos recipientes de caña se habían dejado de hacer. Tanto nos emocionó, que Manolo sacó la cartera, tiró de billetes y compró uno para él y otro para mí, que conservo como una reliquia en mi estudio.

¡Gitanos canasteros, cuántos recuerdos! Ya ni siquiera hay riberas y los ríos son surcos de barro quebrados por el sol! Ya, como me apuntaba el teólogo Muñiz, ni siquiera hay gitanos nómadas que puedan enseñarnos la forma de vivir en plena libertad. Vas a cualquier sitio y lo primero que te preguntan, antes de preguntarte ni siquiera cómo te llamas, es el número del DNI, lo meten en el ordenador y saben hasta cuando diste el último estornudo. Cada banco, cada oficina, cada gran almacén, se ha convertido en una sucursal de la Jefatura Superior de Policía. ¡Y nosotros, tan contentos!

Se han ido perdiendo los gitanos canasteros de la leyenda. ¿Qué escribiría hoy Federico? ¿Qué nombre le pondría a su tablao Caracol? ¿Seguiría cantando Camarón aquello de Flamenquita, tú que haces / tus canastitas en los puentes / siendo tan guapa y graciosa / ¿por qué vives malamente? / Canastera, canastera, canastera...

Final de una raza de sabios bohemios, habilidosos en la fragüa maestra, en el trato y la venta ambulante, pero especialmente geniales en la artesanía de la caña, el mimbre y el esparto. También las máquinas de la modernidad -una de cuyas fábricas gigantescas está en el pueblo jiennense de Arjona-, los apartó de las orillas tranquilas de aguas transparentes, de sus artilugios para la pesca de la trucha y del sol a cuyo calor se sentaban enjaretando piezas hermosas de artesanía como las que sigo contemplando en mi cuarto mientras esto escribo...


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