lunes, 23 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (23)


EL CARRO DE LA NIEVE

El frigorífico -no tal como hoy lo conocemos y ni mucho menos tan sofisticado-, que fue un invento del ingeniero francés llamado Charles Tellier, en la segunda mitad de XIX, hubiese sido imposible imaginarlo en cualquiera de las cocinas de nuestras casas hasta hace poco más de cuarenta años. Cortita estaba la cosa en aquellos tiempos, primero porque las pocas viandas que se tenían se compraban al día y no había nada para congelar o poner al frío y, después porque el agua se ponía al fresco en el recipiente llamado búcaro o botijo, salidos de los alfares trianeros, de Lebrija y La Rambla, labor a la que se dedicaba un gremio de vendedores de este producto que algún día sacaremos también estas páginas. Sólo a partir de 1950 comenzaron a entrar los primeros frigoríficos en nuestro país, aunque comprenderán que lo tenía tan sólo los muy pudientes.

Yo si llegué a conocer durante muchos años en casa de mi abuela, ama de llaves de un canónico de la Catedral de Sevilla, que vivía en la trianerísima calle Pureza, una especie de armatoste de un metro de altura aproximadamente llamado nevera o heladera, pero a la que había que echar hielo. Era prácticamente un cajón forrado de zinc, con una cubitera debajo que recogía el agua del "deshielo", que había que ir vaciando de cuando en cuando, y con un grifo lateral del que salía agua fresquita, que era prácticamente para lo que se utilizaba, aparte de enfriar alguna que otra botella de vino. Pero está claro que el hielo, que los propios hombres te lo subían a casa sobre una arpillera que se colocaban al hombro, a real el cuarto de barra, había que comprarlo no muy de tarde en tarde.

El carro de la nieve, que así era como lo llamábamos los chiquillos -de ahí el dicho de tienes más niños que el carro de la nieve-, independientemente de surtir de hielo a esta poca clientela habitual como mi abuela, solía pararse siempre en las puertas de los bares y tabernas para llevar la mercancía, que es cuando aprovechábamos los críos para coger los trozos que solían caerse tras el corte de las barras con una especie de gruesa lezna. Por cierto que, en la calle Castilla, esquina a Procurador, estuve a punto de ahogarme al atravesarse el trozo en mi tráquea. Por hacer lo que no debía, ni más ni menos.

Recuerdo que el carro, revestido de chapa por dentro y tirado por un mulo, estaba pintado de amarillo llevando la palabra "HIELO" en grandes mayúsculas de color rojo en ambos laterales. Ya a partir del lento resurgimiento económico de le década de los sesenta, más bien a finales de ella, el frigorífico empezó a entrar poco a poco en nuestras vidas, y hoy, como nos ha pasado con tantas y tantas cosas: la televisión, el DVD, el coche, el móvil..., y sigan añadiendo etcéteras, creeríamos que no podríamos hacerlo sin ese artilugio, ciertamente valioso para nuestro bienestar y comodidad, que apenas si pudieron disfrutar nuestros antepasados.


2 comentarios:

  1. Creo recordar que los polos de nieve nos costaban tres "gordas" y el napolitano una peseta. Así que merecía la pena andar detrás de los repartidores de nieve para conseguir "polos" gratis.
    En la esquina de Pelay Correa y Troya, en Triana, hubo una fábrica de hielo; quizás la última de Sevilla porque existió hasta no hace mucho.

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  2. El napolitano era el más caro, también el más rico.
    Aparte de la que dices, yo recuerdo la que había en la calle Salado, junto adonde vivía Matilde Coral.

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