miércoles, 4 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (4)


EL AGUADOR

Esta ya es una estampa desaparecida, pero que solía darse mucho por las calles sevillanas, llegando hasta la década de los setenta. El enorme calor veraniego hacía que proliferasen los hombres que, cántaro al hombro, paseaban por las calles céntricas ofreciendo el agua fresquita a un módico precio. Era costumbre también encontrarse a estos aguadores, con las cántaras portadas en una carretilla de mano, en la puerta de la Plaza de la Maestranza en tarde de corridas, así como en las de los estadios de fútbol. Ni que decir tiene que sus aguaderas, es decir, las bocas que tapaban la vasija, llamadas también canillas, estaban hechas de latón pulido y siempre flamantes, así como la indumentaria de los aguadores, siempre con paños blancos, inmaculados, para la limpieza de los vasos, portados en una especie de faltriquera de cuero.

Pero, además, en sitios muy concretos, había muchos aguaduchos que ofrecían su producto en búcaros o en las hermosas tallas cartujanas, o zurbaranescas, que se hacían en los alfares de Triana. Recuerdo el gran kiosco que existía en la Plaza Nueva, frente por frente al ayuntamiento; el de la Macarena, a unos pasos de la puerta del Hospital de las Cinco Llagas, y el situado en el Paseo de Colón, en la esquina donde hoy se alzan los jardines dedicados  al poeta Rafael Montesinos. Concretamente, en el situado en el barrio macareno me llevé varios "botijazos" por la manía de ponerme delante de mi padre mientras estaba bebiendo. Y lo malo es que no escarmentaba. 

Paralela a esta actividad, en barriadas pobres -como cuando vivía en "El Turruñuelo"-, donde no teníamos agua corriente -ni luz, en mi caso-, pasaba todos los días el aguador, que traía el líquido elemento en un carro tirado por un borrico, bien en orzas grandes o en cubas de madera. Bien hay que decir que este agua era para el servicio doméstico: beber y guisar, y para el lógico aseo. Salían las madres a las puertas con cubos de zinc, se realizaba el trasvase y a pagar religiosamente, o a dejar "fiao"... Y hasta mañana, si Dios quiere.

 Tuvo que ser oficio de antiguo, ya que no podemos olvidarnos del célebre cuadro de juventud de Velázquez "El aguador de Sevilla", y hasta fue gremio que tuvo sus ordenanzas municipales, en las que se les marcaban lugares de venta, precios, tasas e impuestos. Tuve la suerte, allá por 1975, de entrevistar para el diario "Nueva Andalucía" al que, creo, fue el último aguador de Sevilla, un hombre que vivía en la trianera calle Mosquera de Figueroa y que se ganaba su soldada durante la feria taurina en La Maestranza, cargando con su carrillo varios cántaros fresquísimos de agua.

Hoy, si volvieran a algunas esquinas de las calles sevillanas, de seguro que tendrían su clientela. No es negocio para ponerse ricos, tan sólo para subsistir en la temporada del verano, pero alrededor de su ámbito elemental volvería a resucitar una parte de Sevilla que se nos fue entre máquinas expendedoras y Coca-Cola.

En Sevilla, aparte de la red de agua municipal, que sólo servía para lavar la ropa y bañarse en los antiguos barreños de barro vidriado o zinc, existía desde el XIX la compañía Seville Water Work, la llamada "agua de los ingleses" que, al parecer, bajaba de los veneros de la cercana localidad aljarafeña de Tomares, a la que el pueblo sacó una copla que aún se conoce entre los mayores, y que se convirtió en un recordado cante por Soleá:

El agüita de Tomares,
tanto como la bendicen
con lo poquito que vale.


No hay comentarios:

Publicar un comentario