LA CALLEJERA
Se le entraba la noche traicionera
como un cuchillo frío por la espalda;
parpadeó una estrella en la esmeralda
de cristal de sus ojos, prisionera.
Taconeó en el borde de la acera,
y modeló unos pliegues en la falda:
en el cielo pintaba una guirnalda
el alba, con su hoz, fría y certera.
Ni un deseo en la carne, fría el alma,
sin un día de paz, ni noche en calma,
llena de burla soez, su vida rota,
sedienta de un amor y de luz clara,
a la muerte se entrega, que la ampara,
sin un gesto, ni un grito, ni una nota...
Leopoldo Salvador
"El aire iluminado"
1970

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