miércoles, 4 de enero de 2012

DESDE MI TORRE: ADIÓS A ENRIQUE DE MELCHOR


Llevaba muchos años jugando al escondite con la guasa, pero esta casi nunca perdona a su presa, y mi amigo Enrique, el de Melchor, el niño de Marchena, sucumbió en la esquina dolorosa de un año recién estrenado. Llevaba muchos años correteando entre quimios y radioterapias, pero se aferró cada momento a su guitarra, y entre arpegios y falsetas fue distrayendo a la muerte que le rondaba por sus manos, que rápidas huían de ella, río arriba, río abajo, por los seis arroyos del diapasón. Mas ella, rencorosa, odiosa, asesina de sueños, se lo ha tragado hoy por la taracea de su boca devoradora llevándoselo al mar de lo hondo, allí donde resuenan, de siempre y para siempre, en su pozo de madera, los mejores sones de la profunda Soleá y los ayeos de la Seguiriya, el ritmo endiablado de la Bulería, la raíz telúrica del Taranto, el gozo de un Fandango o la canariera infinita de una Granaína.

A mi mente vienen recuerdos de muchas noches festivaleras de tórridos veranos, cuando su sonanta, muerto su padre Melchor, primer rey de la hondura, acompañaba al gran Antonio Mairena, a Menese y a Lebrijano. Su sonido tenía la frescura de un pájaro en libertad, el eco del arroyo de una sierra virgen y la profundidad del mar al atardecer. Su mano izquierda, como un bendito dios humano, creaba y creaba y no cesaba de crear sonidos que daban sentido a la vida. Hoy, después de la pelea, mi amigo Enrique se ha enredado sin querer en el bordón de la muerte. Su humanidad, aún después de su silencio, me sigue desbordando. Su música, que me sé de memoria de tantas noches compartidas, no se me difumina en la caracola del oído. Su vida, la pérdida de su vida, sí me ha dejado un crespón de luto en el corazón, el primer luto, inevitable, del año 2012. En su homenaje, en tu homenaje, Enrique, quiero dejar como ofrenda el mejor poema que se ha escrito a lo largo de los siglos sobre la guitarra, tu compañera de siempre. Lo escribió un amigo como tú, al que la vida arrancó de cuajo, en plena juventud, toda una montaña de versos. Se llamaba José Luis Núñez, y si lo ves por los cielos azules del recuerdo ponle música a sus poemas. Tú y él siempre habéis merecido la pena de la amistad.

Encantado matraz. Cuna ambulante
de los genios del Sur. Torre sin ley
de gravedad, rendida. Ojo de buey
sobre el mar telegráfico del cante.

Parto siamés. Caminos de bramante
por los que vaga, errático, Undivé y
sacrifican sus picos de carey
las palomas del tacto.
Sibilante,
descarnada pupila. Caja huera
donde el viento redondo se deslía
y ruge ante el serrallo, eunuco y vano,
al ver cómo da a luz la cuerda austera
y cómo se cristiana la armonía
en la concha andaluza de una mano.

Estés donde estés, amigo Enrique, hazme un hueco al laíto mismo tuyo, para que cuando Dios como a ti quiera llevarme me acompañes, por lo bajini, aquella Soleá antigua de mi barrio: En Triana yo he nacío / y me da pena Triana / con lo que Triana ha sío. Hoy, en tu Marchena natal de seguro que están las banderas a media asta. En todas las guitarras de España, hay una insignia de luto por tu huida. También en mi alma.

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