sábado, 14 de enero de 2012

DESDE MI TORRE: ¿PARA QUÉ HAN SERVIDO TANTAS LÁGRIMAS?


Eva y Antonio, desconsolados padres, lo sabía. Estaba seguro de que iba a ocurrir lo que ya barruntábais hace tiempo: que los asesinos de vuestra hija Marta, y sus colaboradores, se iban a ir de rositas en un juicio al que ni los mismos jueces le han puesto el suficiente interés, sino los modos de aplicar la ley, obsoleta en casi todos sus artículos desde la época de Carlos III. Tenía ese miedo que hoy ha sido pánico para vosotros y para los muchos que hemos pedido justicia en este caso: trágico, sórdido y mal llevado desde las pruebas policiales hasta la emisión de la sentencia.

No sé si falló la policía, o la fiscalía, o el tribunal que dicta. Sí sé que falla el sistema, que en España es fácil matar por poco precio. Nadie podrá reponeros del dolor interior, de la inmensa pérdida de Marta, de un abuelo materno que se vuelca un día y otro día, como un loco, subiendo y bajando desde Caño Ronco a Camas, buscando en los estercoleros de Valencina, no dejando el rastreo en un solo palmo de la suave loma del Aljarafe. Os veo destrozado, y yo también lo estoy, y Sevilla entera también. Destrozados buscando una verdad tan soberana, una prueba, un color, un trozo de tejido, un indicio leve para saber que Marta está cerca, muy cerca de nosotros.

Aquí pasa siempre lo que pasa, Eva y Antonio, que el que roba una gallina está en la cárcel y el que mata a una persona estará pronto en la calle por eso a lo que llaman buena conducta y reinserción a la sociedad. Se sabe de sobras aquella antigua frase: Si debes mil euros al banco, tú tienes un problema grave; si le debes cien millones, el problema es del banco.

Aquí pasa igual, si matas a Marta del Castillo, o a las miles de "Marta" que existen en toda España, el problema es tuyo, que tienes que moverte por todos lados para que alguien te ayude. Si Marta y todas las "Martas" de España fueran hijas de presidentes de gobiernos, ministros, directores de banca y grandes consejeros de altas empresas, el problema, y muy gordo, ya sería de la Policía y de la Judicatura, y muy probablemente se dictarían otras leyes al respecto.

No sé cómo llorar con vosotros, pero quiero que me tengáis al lado. No gasto escopeta, no me ha gustado jamás la caza, afortunadamente. Si la hubiese tenido, y sabiendo las leyes tristes que nos asisten, quizás no hubiese errado el tiro a este niñato y a los demás participantes, tan ruines y golfos que no han dejado ni un sólo dato dónde puede encontrarse a Marta, a la que todos seguimos buscando en nuestro corazón.

Asimilamos este estado de derecho, no nos queda otro remedio. Pero creo, sinceramente, que si al juez que ha dictado la sentencia le hubieran asesinado a su hija, otro hubiese sido el veredicto, el proceso y la condena.


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