lunes, 14 de febrero de 2011

DESDE MI TORRE: CARTA A MI MADRE EN EL DÍA DE LOS ENAMORADOS


¿CUÁNDO VUELVES DE VIAJE?


Hola, niña de extraños minerales reflejados en tu pelo:

No sabes cuánto nostalgio esos rizos cobre y oro que destelleaban cuando acariciaba tu pelo en los amaneceres cálidos y en los lánguidos ponientes de la memoria. -¡Ven, rubianca, y siéntate a mi vera! ¿Recuerdas? Era la voz que convocaba al latido de la conversación cotidiana que me llevaba a ti desde el cordón umbilical de la nacencia, la que tú me diste con generosidad suprema. Aún me río y aún recuerdo tu risa: tan llena de bondad, de paciencia tragada, de mundos absorbidos. Me pegabas contra aquel cuerpo cubierto de un vestido blanco de piqué estampado de flores azules, y tu imaginación se iba de viaje, y yo contigo, soñando territorios que no existían, ciudades y pueblos en los que nadie habitaba, castillos de chocolate, hadas que volaban, cenicientas y príncipes dorados -como tu pelo-, enanos leñadores, y un muñeco de madera que hablaba, y que mentía, y que era malo, mientras un pobre y bondadoso carpintero -¿se llamaba Gepetto?- lo pasaba mal el hombre con el hijo que crearon sus manos…

¿Yo no fui así, verdad?

Y tras esos viajes en la silla de anea colocada en el patio de las parras, que las temidas abejas visitaban en verano buscando el dulzor de la pulpa de la uva moscatel, mate y morada, cuando padre se fue, ya para siempre, quisiste, viuda sin complejos, recorrer los caminos, los paisajes, las tierras, las ciudades que soñabas de niña y que tú te inventabas para hacerme feliz en tu regazo.

Pero yo no creía esa ansia viajera hasta que me dijiste, de paso y con pasión velada: -¡Qué hermoso es, hijo, el fondo de la mar! Y me quedé temblando, como el agua de las charcas cuando se sumergen en un salto olímpico las ranas, como se quedan las ramas de los árboles del huerto cuando se van los pájaros en desbandada. -En Alicante me subí a un submarino y casi podía tocar los peces con la mano, contestaste con la maravillosa dulzura de la credibilidad. Y entonces ya sentí que no eran ilusiones aquellos viajes que me contabas cuando me estampabas con tus azules flores.

Y ya mi duda se iba afianzando en una verdad que antes no me parecía mentira, sino la ilusión de una niña de Constantina que, presa de sierras, castaños y alcornoques, quería ver el mundo, oler los países, bajar a las cuevas de algas y corales y subir a los picos más altos de la tierra para, entre nieblas y límpidas auroras, divisar un espacio sin fronteras visibles,

Y cuando vi un revuelo de maletas constantes, un trajinar de trenes, un desanclar de barcos y un levantar de alas de pájaros de hierro, ya comprendí que era tu destino un viaje continuo allá hacia donde el orbe no agota sus caudales.

En tu ausencia, rubianca, te han crecido, de pronto, cuatro hermosos biznietos con los que yo viajo, al compás de tu ejemplo, por países distintos que yo mismo me invento de bosques encantados, lagos que se hacen leche, fuentes de almendra líquida, arboledas de azúcar, hierbas de caramelo, lluvia de cabellos de ángeles, lunas de yogures y soles de yemas de San Leandro…

Y yo deseando que regreses, mamá, para que les sigas contando al filo de la cama, cuando ya parpadean para seguir mis sueños -que son los mismos tuyos-, tus últimos senderos, tus periplos viajeros, tus encantados sitios.

Pero mudo me quedo cuando ellos me interrogan: -Abuelo, ¿y tu mamá? Y no sé qué decirles, ni qué cuento contarles, ni a qué ciudad llevarlos. ¿Cómo digo a los niños que aquella bisabuela que nunca conocieron se marchó de viaje, un día de noviembre, porque quería, tan llena de aventuras, conocer a Dios de cerca?

¿Y si estos nietos me preguntan que cómo es Él, mamá, si tan bueno como Gepetto o tan malo como Pinocho, aquel niño de madera? ¿Les miento? Soy yo quién te pregunta ahora, aquel niño sentado en tu regazo, en la silla de anea de aquel patio de parras: -¿Y cómo es Él, mamá?

Ya sé que no puedes regresar, que no te dejan, que tu maleta, tan llena de sellos de todos los sitios, se ha quedado anclada en el puerto sin fin de la esperanza, mientras yo, inocente todavía, te espero sentado en el noray del malecón, en el andén viejo que cría telarañas, en la sala de espera de un aeropuerto próximo, para darte mi más grande beso de amor y poder decir a Daniel, Irene, Sara y Pablo que su bisabuela ha vuelto de viaje, y que los vas a sentar en el jardín para llevarlos desde ahí a los mundos mágicos que habita tu memoria.

Un abrazo muy fuerte, niña de cobre y oro, y un poquito de plata que puso en tus cabellos el paso de la vida.


 
Tu hijo Emilio

5 comentarios:

  1. Pasa el tiempo y cada vez nos duele más la horfandad. ¿Fueron en esta vida las caricias de madre?
    Preciosa carta, Emilio. Y seguro que habrá llegado a su destino.

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  2. Espero que le haya llegado, aunque no sé si hay algo detrás de esto.

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  3. Somos unas criaturas tan complicadas que esto no puede acabar así como así... Algo habrá. A ver si un día, alguien fiable, nos lo cuenta.

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  4. Te digo como "Los Panchos": Lo dudo, lo dudo, lo dudo...

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  5. José Manuel Holgado Brenes12 de noviembre de 2011, 0:39

    Pues, queridos míos, me conocéis y sabéis que yo no sólo no lo dudo, sino que tengo la certeza total de que Él que nos hizo, que puso nuestra alma en el primer ser, vendrá por ella un día, en mi caso, no lejano, a pedirnos cuenta de lo que hayamos hecho con ella y, después de reñirnos un poquito, tampoco mucho porque su misericordia es infinita, después de hacer que nos arrepintamos, nos dirá: -Vente conmigo hombre, que ya está bueno lo bueno.

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