miércoles, 19 de mayo de 2010

PERSONAS EN MI VIDA: PACO PAREJO (y 2)

Ayer os conté sólo dos o tres cosas de mi compadre Paco Parejo, de sus bromas con arte pero, sobre todo, de su humanismo y generosidad sin límites. En el apartado de las bromas me quedé tan corto que he creido oportuno insistir en esta segunda y última parte, animado, además, por mi paisano Ángel Vela, ya que en estos tiempos de crisis y de zozobras siempre es bueno tener en los labios la flor de una sonrisa.

Paco ha sido siempre un buen inversor, como buen previsor que era, ya que tiene un chorro de hijos, tantos como para formar un equipo de "fútbito" con suplentes. Por eso, aparte de su negocio de la consulta protésica, con la que ha ganado y sigue ganando muy buen dinero, montó en aquellos años en la esquina de Procurador, en la antigua casa y taberna de "Segundo", un bar que hizo pronto célebre por sus famosas "pringás", que venían a buscarla desde todos los rincones de Sevilla para degustarlas allí y para llevárselas a casa. Al establecimiento le puso el nombre de "Rincón Trianero", en el que hemos pasado ratos verdaderamente irrepetibles. En él tenía empleado a un compadre suyo de Coria, Lara, con siglos de sabiduría encima y moyatoso de los de ley, con el mapamundis marcado en sus venillas. El ambiente de la taberna ya digo que era sensacional porque estaba muy bien decorada, tipo mesón, y gozaba de sensacionales viandas y mejores clientes. A Paco no se le ocurrió otra cosa que comprar un loro para la taberna, un loro parlanchín, al que él, de seguro, le había enseñado a pronunciar una sola frase: ¡Lara, borracho! Y el loro lo decía con una claridad de dicción y sonido que para sí quisieran los políticos. ¡Ya os podréis imaginar la que se formaba -con la guasa que hay en Triana- cada vez que el loro pronunciaba su perorata y la contestación del Lara!

Un día llegué a su consulta, como tantos, para tomar una copa con él y me dijo que me esperase un momento mientras me explicaba una cosa que estaba tramando. En el sillón de pruebas para las medidas había sentado un trianero -del que no debo dar el nombre- que vacilaba el hombre de que a él nadie se la pegaba: -¡A mí, Paco, a mí, con más tiros que la pistola der Coyote, me la van a dá, Antié. Hay que ser listo como yo y no dejarse engañar por nadie. A mí, Paco, a mí..., a mí la legión y me la cargo, fíjate cómo seré yo! Paco lo escuchaba paciente. Por el telefonillo interior había hablado con su mujer para que le cociese una batata. El tubérculo llamado batata, que tantas y tantas comí cuando niño porque era lo más barato y se adornaba con azúcar, tiene el color anaranjado fuerte, el mismo que tiene la pasta protésica que se echa a las placas metálicas para sacar el molde de las dentaduras. Esta pasta, con sus ingredientes, fragüa muy rápidamente. Cuando ya le bajó su mujer la batata cocida y echa puré, rellenó los moldes y los metió en la boca del "listo trianero" diciéndole: -Aprieta fuerte y no muevas la boca, esto seca muy rápido. Cual no sería mi sorpresa cuando me dice: -¡Ea, Emilio, vamos a tomar la cervecita! Nos vamos a su bar, charlamos con total tranquilidad, nos tomamos varias cervezas..., y yo sufriendo imaginando a aquel hombre sentado y esperando en el sillón, desconociendo la broma de haber cambiado la pasta por la batata. Cuando llegamos, el hombre tenía un manto de saliva que llegaba al suelo, y mi compadre, para más inri, con su parsimonia habitual, le decía- ¿Pero que has hecho, hombre?, seguro que no has apretado bien. Y el otro, sin atreverse a mover los labios, decía como podía: -Pacoooo, esto no funcionaaaa. Ya comenzó Paco con su carcajada, le quitó el molde, lo limpió, le dio una toalla al "listo" para que se limpiara y le dijo: -Con que a ti nadie te la daba, ¿verdad?, pues apúntame una. Anda, abre la boca que ahora te voy a meter la pasta de verdad. Había que oír a ese hombre cuando en un minuto estaba tomado el molde y nos fuimos con él, para resarcirlo de la broma, a invitarlo a unas cervezas. Creo que ya, jamás, intentaría con nadie vacilar de su listeza.

Otra vez, fuimos a Málaga con Antonio "El Arenero" y su mujer, él y Lola, Loli y yo, a una boda de la hija de un compadre suyo muy "chanquetero" y con gran sentido del humor, Juan. La ceremonia fue grandiosa y el banquete nupcial excelente. Lo pasamos a lo grande. Al día siguiente, retorno para Sevilla. Muy pronto lo había dicho yo. De allí tiró para Algeciras, aparcaron los coches... y sacaron los billetes del "ferry" para Ceuta. Y allí que nos encajamos, alojándonos en una pensión inmunda, que es lo único que quedaba libre, y entrando y comprando en todas las tiendas habidas y por haber. Recuerdo que venían algunos de nuestros hijos con nosotros. A la vuelta, íbamos parando en todos los sitios donde había el cartel de una venta. Y cuánto no gastaríamos que al llegar al peaje tuvimos que pedirle dinero a los niños para poder pagarlos. ¡Las cosas de Paco, y las mías, que conociéndolo de sobras no escarmentaba!

Él tenía por costumbre, en las fechas de Navidad, llevar regalos a sus familiares y amigos: gallos vivos, huevos, vinos, aguardientes, pestiños... Pues bien, un día me llamó para hacer el reparto con él y fuimos a visitar a su hermana, cuyo marido era representante médico. Con su Seat 124 se encajó en la estrechísima calle Sol, paró y subimos al piso. Yo le advertí de que allí no se podía aparcar, pero me dijo: -Pero si es un momento, Emilio. Cuando llegamos, lo lógico: que si el cafelito por aquí, que si la copita de aguardiente por allá, que si la conversación... Los claxon de los coches se oían hasta en Lisboa. Él, muy tranquilo, como siempre, le pidió al cuñado su maletín de representante y dos batas blancas de esas que se ponen ellos cuando entran en los hospitales. Nos despedimos y él me decía, los dos ya con las batas puestas y yo con el maletín negro: -Tú tranquilo, Emilio, tú tranquilo... Cuando llegamos al coche, las broncas eran una multitud. El atasco tenía que llegar a la Ronda de Capuchinos. Con su parsimonia habitual, se dirigió al conductor indignadísimo más inmediato a su coche y le dijo: -Mire usted, no le denuncio porque es Navidad. Jamás ha tenido a un hijo grave, ¿verdad?. Pues de eso vengo, de asistir a un chiquillo que se está muriendo. El mismo conductor, avergonzado, fue transmitiendo la noticia al coche de atrás, y este al otro y así sucesivamente, mientras nosotros habíamos desaparecido para seguir con nuestro reparto navideño. ¿Os lo creéis? Pues es así, tal como os lo cuento.

Prestada por un buen amigo de Villanueva del Ariscal, Pepe Gutiérrez, disfruté algunos años de una casita de campo muy cercana al pueblo, donde Paco tenía un buen chalet. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad de esta nueva cercanía veraniega, porque cada dos por tres, a las ocho de la mañana como máximo, se ponía a tocar el claxon y a gritar: -¡Tío, levántate ya, no ves que tenemos que ir por pescao a Huelva! -Paco, ¿otra vez? -le respondía yo medio dormido. Y hasta allí, visitando cada habitáculo donde había un platillo muy grande de "Coca-Cola" en sus fachadas, por aquella carretera general, parábamos en Sanlúcar la Mayor, Manzanilla, La Palma del Condado, Niebla, San Juan del Puerto..., cinco tostadas y cinco copas de aguardiente. Nos comprábamos un sombrero de pita en la puerta del mercado onubense y, a la vuelta, no sé cómo no se pudrían las gambas y las pijotas. De nuevo vuelta a parar, ahora con cervezas, en San Juan, Niebla, La Palma, Manzanilla, Sanlúcar... La vuelta al revés. ¡Qué tiempos y qué amigos tan habilidosos y sabios para manejar los tiempos de la vida!

No se te ocurriera, viajando con él, decir que querías desagüar por delante o por retambufa. Una de estas veces que fuimos a Huelva, acompañado en esta ocasión por varios amigos de Triana y Villanueva, a uno -me callo el nombre- se le ocurrió decir: -Paco, párame ahí en esos eucaliptus que hay a la entrada de Niebla porque tengo un apretón. Él, que jamás corría con el coche y que iba a paso de tortugas -nunca lo hubiesen denunciado por alta velocidad-, paró paciente y, cuando vió que nuestro paisano se había bajado los pantalones, le dijo por la ventanilla: -¡Mira, Pedro, no te preocupes por nosotros que a la vuelta te recogemos! Y así fue.

En otra ocasión, viniendo a Triana con "El Sopera", "El Pompa" -que vivía en la calle Castilla, casi frente a la iglesia de la O- y algún amigo más, al llegar a Chapina, que era contramano hasta el Altozano, dice: -Pedro, voy a cortar por aquí y así te dejo en tu casa antes. Yo, sabiendo que estaba cometiendo una gran imprudencia aunque fuese alta madrugada, le dije a mi compadre: -Paco, ¿tú te imaginas que aparezca la policía?. Dicho y hecho: la policía daba la vuelta a la calle Callao enfilando Castilla. No he visto mayor tranquilidad. -Ya sabes, Pedro, le dijo Paco a "El Pompa", la mano al hígado. Frenó frente por frente nuestra el coche policial, sus cuatro puertas abiertas para impedirnos la huida, y los agentes armas reglamentarias en mano. Ante de que ellos hablasen habló Paco muy tranquilo: -Miren ustedes, agentes, comprendo que crean que me he metido en contramano queriendo, pero este amigo, al que traigo desde Villanueva, está muy malo del hígado y si no se toma las pastillas a tiempo tenemos que llevarlo al hospital. A todo esto, Pedro "El Pompa" haciendo el mejor papel de su vida. Cualquier actor importante sería un aprendiz si se compara con su interpretación. Pero cómo sería el papel de mi compadre Paco que la polícia no sólo se disculpó sino que se ofreció a llevar al enfermo al hospital, mientras "El Pompa" decía en su papel: -¡Gracias, gracias, lo agradezco, pero una vez que tome las pastillas estoy mejor en casa y se me pasa enseguida!

Así, con las cosas de Paco Parejo podíamos llevarnos días y días, meses y meses. La mayoría de los pagaches de sus bromas viven, vivimos y podemos contarlo. No he visto a nadie con más tranquilidad ante un imprevisto que a él. Ni a nadie que improvisara tantas bromas en tan pocas décimas de segundo.

¿No es una suerte que haya pasado por mi vida?

5 comentarios:

  1. Seguro que a ti también te lo contaría alguna vez, Emilio: Cercano el día de Reyes, venía a Sevilla desde Villanueva el amigo Paco con toda su prole, con la mala suerte que para su coche la policía. Empiezan a pedirle papeles; los niños, entonces chicos, asutados, y algo falló que uno de los guardias sacó el talonario de multas y empezó a escribir... Y se le ocurre a Paco decir dirigiéndose a los niños: "No preocuparse, hijos míos, que este señor va a apuntar lo que quereis que os echen los Reyes Magos...". El agente echó una mirada al interior del vehículo y cruzando la hoja de arriba a abajo le dice a Paco: "Puede usted seguir, y vaya con cuidado". No se puede ser más ingenioso.
    Un día nos encontramos con los coches, pone el suyo a mi altura y me dice: "Espera un momento que te voy a dar unos dulcesitos para tus niñas". Abrimos los capós y saca una caja de dulces; cuando lo voy a cerrar me dice que espere y saca un cuadro que había comprado en el Jueves: "Toma, que sé que estas cosas te gustan"; de nuevo frena mi intención de cerrar el capó... "Espera, hombre, que tengo aquí unos cartones de huevos...". Saca un cartón: "Que no son de broma, que son de verdad". Coge uno y lo deja caer al suelo y lo estrella con clara y yema, para que estuviera tranquilo. Así que de una tacada: dulces para las niñas, un cuadro para mi cuarto y huevos para las papas fritas... Y no sé cómo no me dio el gato y la rueda de repuesto del coche. Así es Paco en verdad, Emilio.

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  2. ...Es evidente que lo que abrió Paco de su coche es el maletero, no el capó; ni siquiera esto sé de los coches...

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  3. Pero tu historia se ha entendido perfectamente. Paco era así. En un momento te llenaba el coche de todo. ¡Qué buenos ratos he pasado con él..., y los que me quedará pasar si un día vuelvo a Triana!

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  4. ... que será pronto, porque te necesitamos aquí y ya se lo hemos pedido a la providencia.

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  5. Cada día, con esto de la crisis, pierdo más las esperanzas.

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