Mi abuelo, al pronto parecía un hombre duro al que la vida hubiese tratado con saña. Tampoco lo trató con nata. Pero no era sí. Todo en él era una revolución instintiva de amor hacia los demás, una entre contínua, como aquella que comentaba de escribir cartas a los novios de las vecinas o ir por platos a la Cartuja para toda la vecindad. Tenía, como suele decirse, un corazón de oro, onzas de los mejores quilates que solía gastar con amplia generosidad y ánimo dadivoso. Lo intuía entonces y lo supe, ya de mayor, cuando le preguntaba a las antiguas vecinas que me hablaron sinceramente de él. Lo malo, quizás, es que él tenía su propio mundo interior, una imagen de personalizada del Orbe que, en sus manos, hubiese sido totalmente diferente. ¿Era un loco o eso lo pensamos todos?. Era un poeta, aunque no escribiese poemas sobre el papel. Pero era un hombre culto en el porte, en la expresión, en el saber escuchar y en los consejos a todos los vecinos que los reclamaban y que acudían a él como los gitanos acuden a su patriarca, los creyentes a los curas y los moribundos a Dios. Estoy seguro que fue él quien transmitió a mi padre el amor por la Poesía y, en su genética, quien me dejó la herencia de sus mismos gestos, de sus mismos silencios, de sus muchos giros y claves de comportamientos: el desinterés, el olvido pronto ante una desavenencia con cualquiera, el odio al dinero y a quien lo utiliza como usura, el apoyo sanguíneo y moral y material a los más desvalidos...
Sólo el vino peleón de sus días, que también tendría su por qué, era capaz de poner trabas breves a su comunicación amorosa con los demás. Si en defecto, malo; si en exceso, peor. En su punto justo, con las copas necesarias, con la dosis adecuada, mi abuelo era un verdadero genio para todo y para todos. Quizás se emborrachara para intentar comprender qué gran mierda es este mundo; para ver si en el filo ansiado de la botella encontraba la solución a tantos y tantos problemas; si en el trago a gollete existía más convencimiento que las mentiras que escuchaba por labios de los vencedores y por el miedo de los vencidos a través de los partes obligados de Radio Nacional de España, con la que tenían que sintonizar todas las emisoras, por orden dictatorial, a las dos y media de la tarde y a las diez en punto de la noche; si, a lo mejor, en cada trago milagreaba de vez en cuando la verdad...
Seguro que no conocía a Omar Kheyyam, pero tal vez, como él, tararease sus versos entre entre el paladar:
Un sorbo de buen vino vale más que el imperio
de este mundo; la tapa de un odre, más que mil vidas,
y el paño con que enjugas el vino de tus labios,
más, en verdad, que mil mantos sacerdotales.

Es un placer haber conocido a tu abuelo, Emilio; conocía a tu padre, pero no a tu abuelo, raiz más profunda, por lo que leo, de tu singularidad como ser humano y creador. Buen espécimen de aquella Triana aún en estado puro. Todo lo que cuentas de él y de aquel niño que fuiste posee la entrañable riqueza de un buen relato, un cuento o una novela.
ResponderEliminarY de aquella Triana, el recuerdo más joven de Manolo Pacheco; ¡qué gran poeta perdimos! Y qué gran amigo y compañero en la Revista Triana (que también perdimos).
Era un personaje, y a él le debo mucho. Lástima que se me fuera tan pronto, como mi hermana y mi padre.
ResponderEliminarSobre Manolo Pacheco..., qué gran poeta, qué gran ser humano y qué entrañable amigo. ¡Cuánto le debe Triana!