
Ayer apuntaba que fue mi madre quien me acercó al cante de Vallejo. A su lado humano lo hizo Manuel Centeno Fernández, su mejor biógrafo, casi un segundo padre para mí y los míos. Gracias a él, por fin se le hizo justicia colocándose una placa de cerámica trianera en su casa natal, el día 14 de Febrero de 1982, a cuyo acto asistieron numerosos artistas, entre ellos don Antonio Mairena, poetas, aficionados y medios de comunicación; y gracias a él, como apuntamos en otro de estos pasajes, se le tributó un merecido homenaje en 1991 con motivo del centenario de su nacimiento.
Centeno, que tanto y tan bien lo conoció, y que era al que Vallejo entregaba sus pertenencias antes de subir al escenario: su petaca, el papel de fumar, el mechero y la cartera, porque todo le sobraba para cantar, reconoce que sus rarezas eran muchas y variadas, quizás, como él me contaba, por su suspicacia y también superstición. ¿Pero quién no es raro?, y no es, queridos amigos, tratar de justificarlo. Partiendo de la base que yo me considero un raro y, aunque creyente, reconozco que soy muy supersticioso, en el mundo del teatro, del toreo y del flamenco en general se han dado casos en abundancia: el caso del propio Tomás Pavón, que no cantaba si no le gustaban las caras y si le parecía que la gente que le rodeaba no estaba predispuesta para escuchar cante de calidad, y que, además, en el culmen de sus rarezas, quiso abrir una escuela de cante. El propio ejemplo de Manuel Torre, con sus manías de galgos y gallos de peleas y siempre imprevisto en sus actuaciones y contestaciones, y al que llegaron a apodar "El Majareta"; la rareza enfermiza de los celos que llevó a la locura a la Niña de los Peines; el enigmático perfil de Manolo de Huelva, raro como él solo, que en su gran sabiduría de los cantes llegaba a abroncar a los cantaores en los camerinos diciéndoles que se habían equivocado en tal o cual tercio, o que, ante el halago sincero de un aficionado diciéndole que era un genio de la guitarra, le respondió, secamente, acordándose de su antigua profesión de sastre: -"Pues mejor hago las solapas de los trajes"; la propia rareza natural de Antonio Mairena -a quien llegué a conocer a la perfección-, rareza no por egoísmo ni soberbia, sino por una gran timidez que le acompañó hasta su muerte; rareza en algunos comportamientos de Manolo Caracol e, incluso, de Pepe Pinto, que regalaba a todos los nuevos artistas que pasaban por su establecimiento de La Campana un sabio consejo sobre el mundo del Flamenco y un reloj; rarezas de Pepe Marchena con su vestuario y con la cantidad de anillos -unos buenos y otros falsos- que gustaba llevar en sus manos; rareza en Juanito Mojama, que parecía temerle al público...
Todos tenemos un punto de hermetismo en el que podemos parecer raro a los demás, un punto de encuentro con uno mismo. Lo tuvo
El Gallo con sus espantás y lo tuvo Belmonte no pudiendo vencer al toro silencioso y manso de la soledad. Vallejo le temía a la guasa que, en grandes dosis, se daba en sus años de la Alameda y en todas las compañías. Vallejo no quería saber nada del clásico sablazo y de la ojana, tan abundante en el mundo flamenco. Vallejo, como el gran profesional que fue, sentía pánico a la hora de subir a un escenario por el respeto que le tenía a un público que pagaba por verle. Vallejo lo que tenía, como casi todos los raros, era un gran sentido de la responsabilidad, como les pasó a todos los que aquí he citado y a muchos que se han quedado sin citar.
Lo de la mala lengua era una causa-efecto de su propia suspicacia, pero muy común entre todos los artistas de aquella época. Era un sistema autodefensivo, una conducta casi general -como me decía Centeno- de todos los cantaores. Pero ellos se conocían a la perfección. Se comenta que cuando Manolo de Huelva y su mujer caminaban por las calles sevillanas y veía venir a Vallejo a cien metros de distancia, el de Huelva, con su semblante siempre serio, decía: -"Los tuyos, Manué". Cuando la mujer le preguntaba por qué había dicho aquello, él le contestaba que, porque desde lejos, Vallejo ya se había cagado en sus muertos.
Cuenta también Juanito Valderrama que los directivos de promoción de la casa de discos del incipiente Antonio Molina, queriéndolo promocionar, fueron a Sevilla con un periodista para que Vallejo, cuya opinión pesaba mucho en aquellos años, dijera algo favorable sobre él. Vallejo, a pesar de que había un buen dinero de por medio, se negó en rotundo porque no era de su agrado el cantaor malagueño. Vallejo se comportó como siempre se había comportado. Harto de tanta oferta, desde su silla del bar Las Maravillas, le dijo a los representantes: -"Miren ustedes. Yo no tengo ni pá un café, pero por mucho dinero que quieran darme, lo único que puedo decir de ese muchacho es que es una gaita gallega al que se le acaba todo cuando le falta el aire".
A lo mejor, en definitiva, su defecto era ser demasiado sincero, como también ocurrió en otra ocasión que Luis Caballero recoge en su libro "Historias de flamencos". Allá por la Europa, en la Alameda, unos aficionados le insistían en que conociera a un chaval que cantaba como él: -"A ver si lo escucha usted, Manuel. Tiene la misma voz que usted y lo imita de tal manera que si uno no le ve se traga que es Vallejo". Tanto y tanto se lo ponderaron que, por fin, Vallejo accedió a escuchar al chaval. Cuando lo escuchó un rato y el niño terminó de cantar, se dirigió a los aficionados que tanta tabarra le habían dado y dijo secamente: -"¿Ese es el que se parece a Vallejo? Será a Vallejo el de los toldos". Vallejo el de los toldos era un famoso industrial del ramo en la calle Alfarería de Triana.
Me contaba Manuel Centeno que Vallejo era muy cuidadoso con el dinero, aunque cuando lo tenía era rumboso y desprendido con sus amigos y, cuando no lo tenía, no le pedía un duro a nadie. Se cuenta que antes de actuar, y como tenía muchas entradas en su última etapa, pretendía disimular su falta de cabellos frotándose con un tapón de corcho requemado y obligaba a los iluminadores que lo enfocasen desde abajo para que se le notase menos la calvicie. Pero el remedio era malísimo porque, en las noches que actuaba en los tablaos veraniegos, los churretes se corrían con el sudor. Estando en Madrid, unos amigos le aconsejaron que se comprase un peluquín. Entró en una tienda y se probó algunos, pero cuando le dijeron el alto precio dio media vuelta y desde la puerta le grito al dependiente, que no entendía ni jota: -"¡Corcho!... ¡Corcho!".
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