viernes, 5 de febrero de 2010

DESDE MI TORRE: LA CATA DEL LOCO


Se ha escapado un loco del manicomio y, en su deambular sin rumbo, entra en un local donde se celebra un concurso de catadores de vinos que esperan, serenamente, el inicio de la liturgia. Casi nadie -embelesados todos en la cata- toma en cuenta su entrada; su indumentaria desaliñada; sus ojos negros, abiertos de par en par, fijos en las mesas y clavados en el vacío; sus gestos nerviosos, y sus manos, finas y largas, pero temblorosas.

Observa el rito, acercado a los oficiantes, en el sancta sanctórum de la amplia y hermosa bodega. Le tiemblan los pulsos y le castañetean los labios cuando el capataz mayor va escanciando -con la parsimonia de los grandes momentos- distintos vinos en los finos vientres de las copas, que él, por sus adentros, define como pequeñas cataratas de dioses que habrán de regar los surcos del alma y de la vida en una magia, única y precisa.

Sus ojos, aún más nerviosos, parecen enredarse con la cata visual, como si ellos quisieran adivinar, antes que nadie, sobre el fondo blanco de la cal, y alzando el catavino como un cáliz, el hermosísimo color de rubí antiguo, su transparencia, si limpidez de cuerpo, intensidad, armonía, fluidez, sonoridad, y hasta su brillantez nítida, como si el vino, a través de los ojos, fuese un parto al que hay que cuidar con todos los sentidos.

Afila su nariz para el segundo paso, como hacen los hipotéticos competidores. Aspira el aire, sin copa de por medio. Cierra los ojos y se prepara para poner a prueba el sentido más importante y grandioso de la cata: el olfato. Vienen a su pituitaria añejos tiempos y cruzan por su mente los volátiles olorosos, los aromas evolutivos, los olores inconfundibles, al menos para él, a bálsamo o madera, almendra, espliego, orégano y mejorana...

Una luz acuosa le destella en las pupilas mientras aprieta los dientes y se hacen bruscas las comisuras de sus labios. Nadie lo mira. Todos están abstraídos en el mecanismo paciente de los catadores que han iniciado la fase olfativa. Tampoco él mira a nadie. Su vista se fija, solamente, en los cinco cristales alineados con el protocolo de la sabiduría.

No tiene una copa llena en la mano. No la pide. No la quiere. Se la imagina asida entre sus dedos delicados para iniciar la cata gustativa, inclinándola levemente a la lengua, sintiendo la percepción de los aromas a través del gusto, paladeando en pocos segundos un auténtico manantial de sabores.

En un momento, arquea el brazo con fuerza, casi con furia, y hace un gesto brutal estallando su copa imaginaria contra el suelo. Algunas miradas ya siguen sus gestos y, poco a poco, los presentes, con el morse señalético de los codos, corren el aviso de la presencia de tan extravagante personaje al que nadie había tenido en cuenta. Las miradas abandonan las mesas de los catadores y van directas a los ojos y al cuerpo enjuto del hombre. A grandes zancadas, y con los brazos aspeando como un actor hace en los ensayos, se dirige a la puerta mientras declama a voces un rubaiyat que aprendió de un librillo de Omar Kheyyam: - "Cuando el dolor te doble, cuando agotes tu llanto, recuerda aquellas gotas que tras la lluvia brillan en las hojas. Y cuando te irrite el día y quieras noche eterna, no olvides el despertar de un niño".

Él no había podido despertarlo el día que, en el fondo de uno de los odres de fermentación de su gran bodega, vacío para la limpia, su único hijo yacía, boca abajo y envuelto en sangre, por el golpe y la asfixia de los gases.

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