sábado, 6 de febrero de 2010

A LOS 50 AÑOS DE LA MUERTE DE MANUEL VALLEJO (6)

En el cante, Manuel Vallejo sentía una especial admiración, respeto y amistad por don Antonio Chacón, por Manuel Torre y por Pastora, y su gusto por casi todos los cantaores de su época. En su fuero interno tenía una especial devoción por la Virgen de la Macarena, pero aún más por Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, y una enorme afición por el Real Betis Balompié, que compartía con su gran amigo Pepe Pinto.

Cuando en 1932, en plena República, no salieron las cofradías de Semana Santa -tan sólo la Estrella lo hizo el Jueves Santo ganándose el apodo de "La Valiente"-, el Viernes, a la hora señalada de siempre, las dos de la madrugada, la Plaza de San Lorenzo era un hervidero. Cuando dieron las dos campanadas en la torre, Vallejo, en un momento de gran emoción y en cumplimiento de su promesa anual, cantó con un sentimiento fuera de lo común:

Descubrirse, hermanos míos,
vamos a hicarnos de rodillas
que ahí dentro está el Gran Poder
honra y gloria de Sevilla
que no nos lo dejan ver.

Honra y gloria de Sevilla.
¿Cuándo te volveré a ver?

Al año siguiente, el Viernes Santo, que coincidió con el 14 de Abril, aniversario de la República, tampoco salieron las cofradías, pero de nuevo se llenó la Plaza de San Lorenzo, donde cantaron Manuel Torre -que fallecería tres meses más tarde-, La Niña de los Peines, su marido Pepe Pinto, El Gloria y Las Pompis. De nuevo, Vallejo cumplió su promesa cantando esta saeta:

Asómate Gran Poé
siquiera por un momento
verás a Sevilla entera
a la puerta de tu templo
que con fervor te venera.

El año 1934 le cogió en Madrid para cumplir un contrato con una casa norteamericana que le pagaría treinta y dos mil pesetas por la grabación de cuatro discos. No pudiendo resistir que su Gran Poder estuviera saliendo -aunque no lo hizo porque el tiempo amenazaba lluvia-, de repente abrió el balcón del chalet de las afueras de Madrid, donde se encontraba en compañía del periodista Alardi, de su letrista y amigo Emilio Mezquita y de algunos incondicionales, y sin pensarlo dos veces cantó una saeta que hizo emocionar a todos y a una docena de vecinos. En esta ocasión, tampoco incumplió su promesa:

Este noche es Viernes Santo
Pare mío del Gran Poé,
como yo te quiero tanto
por muy lejos que yo esté
con la misma fe te canto.

Cuando todos terminaron de llorar y despertaron de ese sueño, Vallejo le dijo al periodista que escribiese una nota al ingeniero de la casa norteamericana. -Ponga usted ahí: "Muy señor mío. En este momento salgo en auto para Sevilla. Ni me importa mi contrato, ni mi informalidad, ni las pesetas. Puede usted llevarme a los tribunales o a donde quiera. A esta hora, la Esperanza está entrando en la calle Sierpes. A las doce de la mañana estoy yo en el Arco de la Macarena. Dígalo usted así en Norteamérica. Le saluda, Vallejo".

Por la tarde, ya que la Macarena había tenido que refugiarse en la Catedral a causa de la intensa lluvia, sí que Vallejo pudo ver cumplido su sueño cuando le cantó a su regreso al templo macareno:
La del color bronceao
la del mejor corazón
y la gitana más buena
del Tronco de Faraón
¡Virgen de la Macarena!

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