Manuel Vallejo comenzó muy joven su profesión artística, a los 15 años de edad, adoptando en su debut el apodo de "Vallejillo", primera actuación que hizo en la célebre Alameda de Hércules, avispero de artistas, en el llamado Kiosko de Pinto. Ya, al terminar este verano de 1906, y sintiéndose valorado por el público a pesar de su edad, pasó al café cantante más prestigiosos de Sevilla, al Salón Novedades, ubicado en la céntrica plaza de La Campana, y que cayó ante la piqueta el 19 de marzo de 1923, después de haber pasado por él, desde 1897, las mejores figuras del cante y el baile. Sevilla recibió, como un luto, la muerte de tan querido y emblemático café, en el que había sentado su cátedra la genial Juana "La Macarrona".Más tarde llegó a Madrid, al llamado Edén Concert, cogiendo una afonía que le llevó a dejar de cantar durante cuatro años, y después de actuar en varios cafés sevillanos fue a Barcelona, donde cosechó tantos triunfos que se llevó trabajando en la ciudad condal, casi continuadamente, siete años. Pero no sería hasta iniciados los años veinte cuando Vallejo se va consolidando como una gran e indiscutible figura, después de haber pasado por el filtro de muchas reuniones privadas y de distintos salones. Hasta que llega la noche inolvidable para él de conquistar la Copa Pavón, el 24 de agosto de 1925, tras intervenir con los cantaores: Escacena, Angelillo, Niño de Madrid, El Macareno, Cojo de Málaga, El Mochuelo, Niño de Tetuán y Niño de Marchena, cantando después de ellos, y fuera de concurso, el presidente del jurado, don Antonio Chacón, quien le entregó el trofeo con el testimonio de don Ramón Montoya. De esa noche, le decía Vallejo a un periodista cuatro años más tarde: -"Aquella noche lloré de alegría, se lo juro. No fue sólo por el hecho del triunfo viéndome victorioso entre tantas eminencias como allí se habían presentado, no. Fue, también, el recibir la Copa de manos del propio don Antonio Chacón (que en santa gloria se halle), al que siempre consideré como el mejor de los cantaores".
Dicen que Chacón, en una fiesta que tuvieron en honor de Vallejo días más tarde en Villa Rosa, le dijo aludiendo a Marchena: -"Te he dao la Copa porque la mereces, pero la Vieja ganará más dinero que tú". Premonición, sin duda, de aquel al que alguien llamó, por su sabiduría, el Papa del Flamenco.
Quiso Vallejo repetir suerte, como todos sabemos, en el concurso de la Copa Pavón de 1926, ya que la anterior tanta fama y dinero le había dado, pero compitiendo, entre otros, con la Ciega de Jerez, Niño de Valdepeñas, Niño de Puertollano, Niño de Alcalá, Niño de Utrera, Angelillo y Manuel Centeno, fu este último quien la conquistó. Vallejo, recién llegado de Barcelona y con unas facultades y seguridad extraordinarias, alentado por el empresario siguió unos días en el Teatro Pavón, cantando de tal manera que los aficionados instaron a la empresa para que el día 5 de octubre se le rindiera un homenaje especial a Vallejo, en el que Manuel Torre le hizo entrega de la Llave de Oro del Cante, concedida por unanimidad de todo el público. Tras la célebre foto de rigor con Emilio El Faro, Villarrubia, Roldán, Niño de Valdepeñas, La Trianita, Niño de las Marianas, Antonio El Mellizo, José Cepero, Manuel Martell, Enrique Mariscal, Pepe Torre, José Ortega, Mariana hijo, Víctor Rojas, Pepe de Badajoz, Manolo Vico y los dos "Manueles" protagonistas: Torre y Vallejo, este entraba ya para siempre en la diminuta nómina de poseedores de esa "Llaves" que han hecho derramar ríos de tinta a partidarios y detractores de las cinco entregadas..., hasta ahora.
A Vallejo, tan sólo por no ser gitano, se le negó el pan y la sal de la memoria en una etapa que comenzaba a ser distinta y, lo más vergonzante, después, hasta días muy cercanos en los que vivimos. Fue un maestro consumado del compás, conocía todos los cantes a la perfección y con esa misma cualidad los ejecutaba, grabó infinidad de placas y más de veinticinco palos diferentes que son modelos para la historiografía flamenca... ¿Es que Vallejo no era un extraordinario cantaor después de las 23 seguiriyas grabadas, las 36 bulerías, los 62 fandangos, las 27 saetas, las 19 granaínas, las 17 tarantas, etc., etc.? ¿Es que Vallejo -siempre tan respetuoso con el público- no fue cabeza de cartel durante muchos años, entregándose en cuerpo y alma a su profesión y dignificándola al máximo? Si leemos y releemos una vez más "Mundo y formas", parece que no. De su arte hubiesen podido hablarnos don Ramón Montoya y Niño Pérez, Miguel Borrull, Antonio Moreno, Niño Ricardo, Paco Aguilera o el enigmático, y tan raro como él, Manolo de Huelva. Y sí nos hablan, nos gritan, nos envuelven las múltiples grabaciones con las firmas Odeón, Gramófono, Regal, La Voz de su Amo, Columbia, Supremo o Pathé.
Manuel fue injustamente relegado, aún antes de su muerte, al más necio de los olvidos. Vallejo no dejó escuela ni por su arte incopiable, ni por sus negadas dotes para la simpatía, que más adelante comentaremos. A Vallejo es necesariamente revivirlo por medio de su gran discografía y por medio de la emoción narrativa de aquellos que, como Manuel Centeno Fernández, tuvieron la oportunidad de saborear en vivo su amistad y el regusto inconfundible de sus cantes.
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