miércoles, 3 de febrero de 2010

EL TRANVÍA ELÉCTRICO: AMO Y TERROR DE LA CIUDAD

El tranvía -según pude comprobar a través de miles de páginas llenas de comentarios, anécdotas, quejas, accidentes e historia de la compañía explotadora, que dormían en los archivos de la cochera de Triana-, se erigió, desde los primeros años del siglo XX, recién estrenada su nueva fuerza motriz, en amo y terror de la ciudad de Sevilla; amo y terror que, por sus hazañas, mereció siempre la atención de los diarios y revistas de cada época.

Estas gestas gloriosas, en las que el tranvía era el principal protagonista, siempre estaban reflejadas en "El Liberal", "El Noticiero Sevillano", "El Progreso", "La Monarquía", "La Unión", "La Nación", "El Correo de Andalucía", "ABC", "El Sol", "Sevilla Independiente", "Don Basilio"...

Para que veamos claramente de qué forma el tranvía se erigió en dueño absoluto de la ciudad, sólo sería necesario recoger algunos sucesos que hablan por sí solos. Antes de morir el XIX -el mismo día en que se realiza la primera prueba-, el tranvía se estrella contra una casa de la Plaza de Santo Tomás, y dos meses más tarde se desprende un cable y electrocuta a una mula. Estos sucesos parecen vaticinar una larga serie que se producirá a partir de entonces y en la que, en más de una ocasión, la víctima será una de las muchas bestias que iban cargadas con los productos del comercio de antaño, bestias tan necesarias para el continuo trajín de la vida cotidiana. Difíciles años aquellos en los que las bestias que poblaban el casco histórico tenían que convivir, por calles estrechísimas, con aquel nuevo aparato de terror ciudadano. Ese miedo al tranvía comienza a sembrarse por Sevilla, así como la animadversión de los habitantes hacia este medio de transporte sobre el que se derramaban los más fuertes comentarios.

Mal inicio tuvo el siglo XX para la "The Seville Tranways Comany Limited". Mal comienzo porque, aparte de los iniciales y anteriores sucesos, el primer susto de 1900 se lo lleva un empleado de la propia compañía al caerse de la plataforma, a causa -decía la prensa- de la vertiginosa velocidad. El día 9 de enero fue atropellado un anciano, y el 14, tan sólo cinco días después, un popular tocaor de guitarra, Carlos Mateo Real, conocido por Carlos "El Tonto" -parece esta adjetivación no de retraso mental y sí de pamplina, cursi o supuesto-, es arrollado por un tranvía en la Correduría (hoy, Doctor Letamendi), quedando en muy grave estado.

Por si esto fuera poco, tres meses más tarde, el 14 de abril, por motivos salariales y por el trato inhumano de la compañía con sus trabajadores, se presenta en nuestra ciudad la primera huelga tranviaria conocida y, con ella, la interrupción de todos los servicios; huelga importante en este principio de siglo, como muy importantes fueron -ya hablaremos de ellas- las de 1930 y 1932.

Durante un mes, los familiares apedrean los coches, se despiden a algunos huelguistas implicados y muchos de los ciudadanos se agolpan ante la cochera de la Puerta Osario para impedir la salida de los tranvías hasta que se solucionen sus peticiones, bien por parte de la compañía o por la autoridad competente. Poco a poco, la compañía, a la que no le interesa la retirada de la concesión, va arreglando el difícil tema, que se repetiría en casi todos los años de la vida tranviaria por un motivo u otro.

Lo que nunca pudo solucionarse, desde la implantación del servicio, fue la evitación de accidentes. El 7 de mayo de este 1900, el más importante de ellos viene a sumarse a la lista de los ya registrados anteriormente. Este día, un tranvía descarrila en la pronunciada curva de la calle Venera (hoy, José Gestoso), dando muerte, aplastado contra la pared, a un joven estudiante de la cercana universidad. El suceso no queda en el silencio, y el pueblo sevillano, por primera vez, origina un bravo motín contra los tranvías, gritando al unísono que no soporta este tipo de artefacto, porque lo considera un auténtico y palpable peligro para los ciudadanos..., un peligro de amarillo chillón y aterrorizador. El "peligro amarillo" ratificó, una vez más, el mal augurio que los sevillanos, desde su implantación, habían descargado sobre él, tal vez por querer conservar su estado de tranquilidad sin pasión alguna por una vida acelerada y de sobresaltos.

(Mientras en Sevilla el tranvía es amo y terror de la ciudad, corre el año de la Exposición Universal de París y la inauguración del primer metropolitano. Zeppelín construye su célebre dirigible -que vendría varias veces a nuestra ciudad-, y Gaudí, muerto años más tarde bajo la rueda de un tranvía en Barcelona -exactamente el 10 de junio de 1926-, está plenamente trabajando en la construcción del célebre Parque Güell de la ciudad condal...)

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