La primera cochera para los tranvías que se construyó en nuestra ciudad fue la que todos los sevillanos han conocido por la de la Puerta Osario. Comenzó a construirse en el 1898, en una enorme explanada de terreno donde se celebraba la entonces tradicional Feria del Boquete, un mercadillo al estilo de nuestros días en el que se vendían toda clase de ropas usadas y objetos desechados de otros mercados.
En esa gran explanada trazó don Federico Guillermo Otto Engelhardt y Otto, primer director general de la Compañía de Electricidad y de Tranvías hasta 1917, la primitiva cochera de los tranvías eléctricos, siendo dirigidas las obras por un arquitecto alemán, de cuyo imperio era cónsul en nuestra ciudad el citado director de los dos monopolios sevillanos. Esta cochera, tras la retirada de los tranvías, y después de algunos años de auténtico abandono, sirvió, hasta 1972, de inmundo refugio por el que pasaron cientos de sevillanos que carecían de vivienda. A finales de los 70, en los amplios terrenos que ocupase la cochera, se edificó un moderno núcleo residencial.
La segunda y última que se construyó -por haber quedado insuficiente la de Osario para responder al incremento de los servicios que iba a necesitar la Exposición Iberoamericana, y con la mente muy puesta en las futuras concesiones interurbanas-, se edificó en Triana, en terrenos colindantes a la desaparecida Huerta de San Jacinto, al inicio de la Avenida de Coria. La construcción de esta cochera comenzó a finales de 1928, y se conservó, cuando desaparecieron los tranvías, como talleres y alojamiento de los autobuses de la empresa "Tranvías de Sevilla", durando en pie hasta casi la exposición de 1992, cayendo con la piqueta para dar paso a la nueva ronda norte de Triana.
Desde que comenzó a funcionar, se albergaron en ella todos los servicios corespondientes a Triana, el célebre tranvía de la Puerta Real, y los pertenecientes a las más tardías líneas de Puebla del Río, Tablada, Camas y Pañoleta, además de algunos autobuses de la compañía que pronto empezarían a circular por nuestra ciudad como "servicios complementarios". En esta cochera, hasta su desaparición, se guardaban tres ejemplares de las líneas interurbanas: el 177 y 179 de la línea Coria-Puebla del Río, y el 314 de la línea de Tablada, además de un viejo y desvencijado vagón taller que el pueblo tomó siempre como comparación de senectud en un dicho clásico sevillano, que aún se emplea en el lenguaje diario: -¡Anda, que eres más viejo que el tranvía de las jerramientas!
También, a principios de 1930 -concretamente el 21 de Enero-, se dan por terminadas las obras de las nuevas cocheras para la línea de pronta explotación desde Sevilla por San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria y Puebla del Río, con respectivas estaciones y subestaciones, cuyas fotos veremos en el álbum de imágenes que poco a poco iremos ofreciendo. Ya, con la modernidad del autobús, estas estaciones suburbanas que tenían una sencilla y simpática arquitectura regionalista sin demasiadas pretensiones, fueron desapareciendo. La de Gelves, sobria y campera, gozaba de un reloj vistoso y grande, con soporte de forja, que desapareció, misteriosamente, el año 1978.
Aparte de los muchos recuerdos y nostalgias que quedan de aquellos tranvías, muy pocos son los resquicios físicos que quedan de la antigua huella tranviaria en nuestra ciudad, a no ser que por alguna obra concreta, y como si se tratase de un resto arqueológico, aflore la huella de algunos de aquellos raíles que poblaban nuestra calles, salvándose hasta hace muy poco los de la línea número 13 en la glorieta de entrada al cementerio de San Fernando y los ya extraídos de la entrada a la cochera de Triana.
Cuando repaso la edición de este libro, digno es de alabar a aquellos hombres que reconstruyeron el 177 de aquellas cocheras, dejándolo tan nuevo que habrá levantado envidia a aquellos pobres usuarios de la antigua línea interurbana. Se encuentra estacionado, como testigo de la memoria de un siglo, en la nueva estación de autobuses de Sevilla, levantada junto a la añorada estación ferroviaria de Plaza de Armas -a la que siempre hemos llamado de Córdoba-, dentro del gran paquete de edificios de la Expo'92.
Yo sueño todavía cuando, por los años 50, mi padre me llevaba, como a manera de excursión, a la villa ribereña, lejanísima entonces, de Puebla del Río. Mi imaginación -como en aquellos recuerdos de Rafael Laffón- se desorbitaba contemplando el ancho cauce del Guadalquivir a la altura de Coria, siempre el río a mi izquierda como protagonista, y que los pocos kilómetros que me separaban de mi natural terruño trianero me parecían leguas y leguas de viaje llenas de impresumibles aventuras que, al día siguiente, narraba hiperbólicamente a mis habituales compañeros del colegio Procurador.
Todo quedó atrás. Y la mía no tuvo que ser la primera experiencia. Ya en 1933 -dieciseis años antes de yo nacer- la compañía insertaba en la prensa local unos anuncios substanciosos haciendo proselitismo de ese viaje "especial", gracias a la concesión otorgada por real orden en mayo de 1929 y puesta en servicio tres años más tarde, el 21 de mayo de 1932. La inefable publicidad, rezaba así: "LÍNEA DE SEVILLA A PUEBLA DEL RÍO. Viajes cómodos y rápidos, pudiéndose visitar San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria y Puebla del Río. Panorama delicioso. Salidas de la Plaza del Pacífico desde las cinco de la mañana, con intervalos de media hora, hasta las 21, y de 45 minutos desde dicha hora hasta la 1'45 en que se realiza la última salida. PRECIOS: Sevilla-Gelves o regreso, 0,50; Gelves-Coria o regreso, 0,55; y Coria-Puebla o regreso, 0'15".
Las vivencias de este medio de locomoción eran, sin duda, hereditarias. A la vista está.

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