miércoles, 7 de febrero de 2018

DESDE MI TORRE: Y SEVILLA


Desde la diáspora, desde esta ciudad hermosa en la que habito, con tantas huellas de siglos, Córdoba, se me lagrimean los ojos cuando mis amigos, como regalo casi cotidiano, me envían, con sublime amor, fotografías y reportajes de la Ciudad de mi nacencia, a la que tanto he cantado y a la que amo de una manera sublime, como si sólo a mí  perteneciese.

Si Manuel Machado no quiso, o no pudo, o no supo definirla, dejándola sin adjetivaciones en su "Canto a Andalucía", cómo me atrevería yo a hacerlo. No se pueden definir los sentimientos profundos: la mirada de una madre; la primera sonrisa de un hijo; la muerte de un ser querido; la soledad de quien sigue sintiéndose solo a pesar de estar acompañado. Este desavecindarme de mi tierra por motivos de trabajo, de sobrevivir para que pudiera vivir mi familia, aunque no tuviera más remedio que abandonar mi brújula de siempre, me hizo un huérfano más de la sociedad que nos han impuesto.

Pero es doble la emoción cada vez que piso el suelo de mi ciudad, las calles de mi anciano arrabal, cuando me encuentro con mis caras de siempre, las aceras de mis juegos, las fachadas que me cobijaron: Torrijos, Pureza, Juan de Pineda, Santa Ana, Alfarería...

Me emociono, hasta contener el surco de mis lágrimas, cuando toco los sillares de la Giralda; cuando me acerco, para pedir mi regreso, si Ella quiere, con varias oraciones, a la que es Reina de reyes; cuando llego a Casa Moreno y mi tocayo y paisano Emilio me abre su amplia sonrisa y me pone sobre el gastado mostrador de la trastienda de ultramarinos el vino y la tapa que se le antoja y que él sabe que me gusta. Momento especial es cuando camino a pasos lentos y ojos avizores atravesando El Arenal que cantase Lope de Vega y acaricio el hierro forjado de la primera baranda de mi puente. Mi vida se espabila al observar a poco más de cien metros la capillita del Carmen que le construyó Aníbal González, y a otros cien la de la imagen alabastrina de mi Virgen de la Estrella. Miro mi cielo de Triana, su caserío, que disfruté durante 45 años, sus quicios y perfiles. Lloro por dentro aunque viaje una amplia sonrisa en mis labios. Disfruto como un niño que estrena pantalones nuevos en un Domingo de Ramos. Aspiro todo lo que puedo de su aire y del de sus viejas tabernas.

Esos paseos me dan la vida. Cuando vuelvo a la estación de Santa Justa -y la vida no me da otra solución que la de volver-, de nuevo me viene la tristeza al cuerpo, a pesar de que en Córdoba -ciudad a la que me atan mis dos nietos cordobeses y mi cordobesa compañera- disfrute de un paisaje idílico -toda Sierra Morena al costado desde el que escribo-, de unos excelentes amigos y de una gente ciertamente atenta y cariñosa. Pero mi obsesión no es otra que Sevilla, esa a la que Manuel Machado quiso dejar sin adjetivaciones.



3 comentarios:

  1. Yo también he estado con mi familia, por motivos laborales, en otra preciosa ciudad de nuestra amada Andalucía y te comprendo muy bien.
    Es todo un canto de amor a Sevilla, que has bordao, miarma.
    ¡Olé tu menda!

    Un abrazete.

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  2. No sé en qué ciudad estuvisteis viviendo, aunque toda Andalucía es especialmente hermosa. Pero vosotros volvisteis a la tierra de nacencia, al cordón umbilical del arraigo. Yo me quedé aquí anclado, y ya creo que para siempre por los lazos que me atan. Pero la vida es así. El 22 vuelvo a Sevilla, a acariciar esos sillares, a ver a mi Virgen de los Reyes, a andar por mi barrio, y, por la tarde, a disfrutar del Circo del Sol, regalo de Navidad de mis hijos. Lo malo es la vuelta.

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