Respeto, y lo saben todos aquellos que siguen este blog -con muchas visitas y casi huérfano de comentarios- esa manifestación maravillosa que es nuestra incomparable Semana Santa, única en el mundo y referente en el mundo cristiano, aunque, y no es por molestar, y lo he expresado en algunas ocasiones, como en el comentario del 22 de noviembre de 2016, creo que el tema procesional se está pasando de gordo en el tejido de la Ciudad. Ni todos los sevillanos somos semanasanteros, ni todos los valencianos falleros, ni todos los gaditanos carnavaleros. Todo tiene un justo medio, sin querer entrar, por no molestar, en el tema constitucional ni en el religioso, ni en el más importante: que es el tema ciudadano. ¿Molestan más los veladores que dan vida a la Ciudad y en cuyos bares, aunque en precario, se le da trabajo a mucha gente, que una cofradía que sale cada dos por tres, por pelito que voló en el calendario, que cierra las calles, que impide que los vecinos del área acotada puedan llegar a sus domicilios?
Recuerdo, era yo un jovencito, cuando el vasco monseñor Cirarda, obispo auxiliar de Sevilla, ofreció su Pregón en 1965, al que asistí por la insistencia de mi padre, tan preocupado en que llegara a hacerme cura. Él, el obispo, tuvo muchas dudas, grandes dudas de que su proclamación hubiese sido la adecuada por el anacronismo del puesto que ejercía con la manifestación de una Ciudad que todo lo basaba en la devoción a sus imágenes populares.Con una frase cesárea, se metió a toda una Sevilla fácil en el bolsillo: "Pero vine a Sevilla; y vi; y creí." El tristemente desaparecido Teatro San Fernando se caía abajo con la palabra cálida de este vasco al que no le gustaba la Semana Santa sevillana cuando llegó, ni de seguro que cuando se fue, aunque las formas son las formas.
Mi transformación ha sido la contraria: tanto y tanto me metió mi padre en el mundo de misas, rosarios, novenas, quinarios, triduos, predicaciones, misiones populares, cofradías y otras historias, que me convirtió en lo que hoy soy: un niño grande con casi 70 tacos de almanaque al que le gusta el arte que hicieron sus orfebres, sus bordadores/as, sus floristas, sus vestidores, sus miles de seguidores, su ambiente, su parafernalia..., pero niño rebelde al que jamás le ha gustado la Semana Santa, ni la Feria. Un sevillano atípico, que no es mejor ni peor al que siempre se considera cabal por ser fiel en su Semana Mayor, en su Feria y en su Rocío, o cuando tercie, que siempre está el sevillano -y yo lo soy por partida doble por mi nacencia trianera- dispuesto a la jarana.
Leo todos los días el ABC, y El Correo, y el Diario de Sevilla, y raro es el día que no me encuentre una fotografía en portada con alguna procesión pasando por las calles sevillanas. Mi primo, José Antonio Rodríguez Benítez, uno de los grandes expertos en esta materia, me va a echar una bronca cariñosa por mi desconfianza cofradíera. Espero que sea leve. Soy creyente como el que más, aunque ignoro si hay baremos para medir estas cosas que no deben medirse y, tal vez por mis creencias, creo que debemos llevar a nuestras imágenes en el amor popular y a Dios en nuestros corazones. Jamás es bueno que saquemos a nuestros ídolos cada dos por tres como antiguamente hacían los romanos con sus dioses.
Que no es por molestar, hermanos, de verdad que no. Pero creo que el respeto debe ser para todos, y no sólo para aquellos que, cuando les viene en ganas, rompen el ritmo de toda una Ciudad porque su Cristo o Virgen son los más importantes, más que la propia Constitución. ¿Se unirán alguna vez todas las hermandades, con capirotes o sin ellos, para salir sus miles y miles de hermanos a la calle reclamando una justicia social responsable, que es la que nos pertenece? Miles de estos nazarenos de una hermandad, probablemente, estén en el paro y apenas si les alcance la paga para vivir; están abandonados por parte de quienes tienen la obligación de velar por ellos: Gobierno, Junta, empresas..., pero sólo se manifiestan para fiar sus vidas en los días procesionales.
Cuando me demuestren lo contrario, posiblemente me una a ellos.
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